XIV

“No te toques las vendas”, “no te rasques eso”, “no juegues con el plato” eran frases que inundaban la casa de Aníbal en aquella época, se entrelazaban en el aire con el resto de las frases repetitivas como “come con la boca cerrada” y “duérmete ya”. Definitivamente la vida con un niño no sería fácil para un druida experimentado, tomando en cuenta que a un niño al cual un bicho le había robado la voz durante semanas, quizás meses… tenía mucho que decir, mucho, y el único para oír toda esa montaña exorbitante de palabras que no muchas veces eran coherentes, era Aníbal.
Habían pasado un par de semanas, Mateo se había estabilizado, Aníbal había curado sus ojos inesperadamente con compresas de manzanilla, pero debía andar con los ojos vendados aun varios días más, por la sensibilidad a la luz de los ojos recién sanos; el tratamiento para los diversos bichos que tenía Mateo estaba marchando mejor de lo que esperaban.
Mateo pasaba todo el día sentado en un cojín, en la esquina de la sala, hablaba esporádicamente, pero cuando hablaba lo hacía en gran cantidad y de una manera que parecía que se hubiera estado conteniendo durante mucho tiempo; la imagen para Aníbal era triste, pero trataba de evitar sentir pena por el niño, no quería encariñarse ni sentir dolor cuando se marchara, así que inevitablemente trataba con dureza a Mateo para generar una distancia entre ambos.
-¿Te gustan los tomates?- preguntó Aníbal mientras preparaba una improvisada ensalada en lo que aun prometía ser una cocina.
-Si - dijo mateo con un tono de voz muy suave.
-Aquí tienes.- Aníbal le entregó en las manos un plato hondo con varias rodajas de tomates y una improvisada cuchara.
Aníbal tomó asiento en la caja de frutas que tenía cerca y aprovechó para comer de su propio plato de tomates.
-Dime, Mateo ¿qué es lo que recuerdas antes de lo que sucedió en la iglesia?
Después de tragar un poco, Mateo respondió:
-No lo sé, sólo puedo recordar manchas y siluetas difusas sobre un fondo blanco.
Aníbal conservó su silencio por un instante observando al niño y pensando en Minmenio, el bicho devorador de recuerdos y en cómo éste había devorado todos los recuerdos de pobre niño. En el fondo, el druida sabía que luchar para expulsar al devorador de recuerdos de la cabeza de Mateo era casi imposible. Aún así el druida estaba sorprendido con la capacidad para conservar la cordura, los pocos datos que Aníbal manejaba sobre Minmenio eran vagos pero en todos los casos que había escuchado o manejado, la victima parecía volverse totalmente loca e incoherente, pero Mateo parecía estar tranquilo, a pesar de sus episodios de verborrea, siempre mantenía una postura cuerda.
- Hoy debes tomarte tus remedios Mateo, no te olvides - dijo Aníbal.
-Está bien - dijo Mateo muy sutil como conteniendo la pena, debido a que el remedio o la medicina para los bichos era bastante desagradable.
Las medicinas para ciertos bichos se basaban en sabores, por ejemplo en entregar algo de sabor muy amargo, o muy dulce; lo cual no siempre dejaba muy bien el estomago de Mateo.
Otras medicinas eran más tradicionales y ocupadas por sus propiedades. La menta y la manzanilla eran las favoritas de Aníbal, pero nunca podía abandonar el te Ceylan, el común de toda casa, como herramienta para relajar a Mateo un poco.
Mateo recibió una bolita de algo pegajoso café envuelta en hojitas verdes. Como no podía verlas, las palpo con la lengua cuando se la llevo a la boca, y tomo coraje para masticarla ya que en ese momento debía saborear la medicina de Aníbal. El sabor era espantoso, mucho peor que cualquier cosa que se imaginara un niño normal de ocho años, además la viscosidad lo convertía en una sensación espantosa que se escurría por la garganta y que se quedaba allí bastante rato. No podía evitar el niño soltar lágrimas por la sensación.
Aunque Mateo estaba tristemente sometido a un tratamiento bastante duro, sobre todo para un niño de su edad, lo estaba llevando bastante bien. Pero el niño y el druida sabían de muy buena manera que lo terrible de todo el asunto no era el tratamiento o las medicinas duras, la peor parte del tratamiento eran siempre la expulsión de los bichos. El dolor al que era sometido cada vez que los bichos se marchaban de su cuerpo era insostenible.
Era un día lunes cuando el último bicho malicioso salió, era tarde, alrededor de las tres de la mañana, y Aníbal había despertado alertado por los gritos de dolor del Mateo. El niño estaba en el suelo, en su improvisada cama hecha de frazadas, tirado en el sueño con los ojos abiertos hacia la nada. Los gritos eran desgarradores, el niño trataba de tomarse el estómago mientras hacía arcadas con la lengua casi estallándole de la presión; los ojos estaban fijos a la nada, como si se concentrara lo máximo posible en aplacar su infantil cuerpo del dolor. Aníbal estaba muy asustado, realmente sentía que esta crisis de expulsión podía ser la más terrible y que la vida del niño podía peligrar.
Sin aviso alguno comenzó a salir de los ojos, boca y nariz del niño una sustancia cristalina, como una masa sin forma, viscosa y muy brillante. Esta masa al principio salía muy tímidamente, el niño había dejado de gritar, pero su cuerpo comenzó a tiritar, y de los tiritones pasó a fuertes sacudidas al punto de convulsionarse sin control en el suelo. Aníbal se acercó tímidamente, con los ojos cerrados y aguantando la respiración, sabía que el bicho que estaba expulsando Mateo era Lieviel, un bicho común pero muy difícil de combatir, y a la vez muy agresivo, cuyo objetivo era alimentarse de cualquier sensación de alegría del cuerpo de su víctima, dejando el estado de ánimo de esa persona por el suelo, y en una depresión permanente sin demasiado aviso que podía terminar hasta en intentos de suicidio; de todos los bichos que conocía Aníbal, descartando a Minmenio, Lieviel era uno de los más peligrosos netamente por los daños colaterales de su presencia. El purgamiento de este bicho era por mucho uno de los más terribles, al parecer, el desconectarse de toda las partes sensibles y anímicas de su víctima hacia que la partida del bicho fuera terrible y muy dolorosa.
La materia viscosa comenzó a reunirse y aferrarse en la pared, Aníbal presentía que algo peor podía pasar, así que fue inmediatamente a romper un nylon que estaba improvisando y protegiendo la ventana, buscaba desesperadamente una manera en que el bicho pudiera salir de allí. El bicho comenzó a salir como un rio desde el cuerpo de Mateo, y al concentrarse en la pared tomo una forma mucho más definida que parecía una gota redonda y perfecta.
El cuerpo de Mateo permanecía en el suelo, inconsciente y con algunos pequeños movimientos involuntarios que hacían ver que se encontraba con vida. Pero el bicho estaba como una gran gota perfecta pegado en la pared. Aníbal por su parte permanecía inmóvil, con los ojos entrecerrados y con los brazos abiertos, sabía que ante un ataque del bicho hacia él, tendría que usar todas sus fuerzas y aun así sería difícil de derrotarlo.
El momento era tenso, Aníbal sabía que cualquier habilidad que requiriera de su energía elemental y habilidad druida despertaría el hambre básica del bicho, y por otro lado estaba a una distancia demasiado peligrosa del bicho que lo convertía inmediatamente en una posible victima para el mismo. Muy lentamente Aníbal comenzó a cerrar el ojo derecho y a abrir el izquierdo, sabía que la mayoría de los bichos tenían más dificultades para asaltar un cuerpo por el ojo izquierdo. Después, muy lentamente movió las manos hacia adelante con la palma mirando el suelo.
Sin mucho aviso, la criatura se lanzó sobre Aníbal en una forma bastante liquida, moviéndose de un lugar de la sala a otro a través del aire, como un chorro de agua o algo más viscoso de eso. La velocidad del bicho era muy rápida, pero Aníbal en el último instante antes del impacto se concentró con mucha pericia y desde el suelo, en una milésima de segundo apareció un báculo de madera, rompiendo el suelo y llegando instantáneamente a su mano. El báculo parecía ser una raíz o una rama, con una forma muy retorcida en su parte superior y en su parte inferior era angosta pero muy dura, como si tuviera una punta naturalmente crecida. Con este elemento en su mano, Aníbal logró crear una especie de campo protector muy sutil e invisible, pero que hacia brillar el choque con el bicho que trataba de penetrar esta barrera y llegar hacia el ojo de Aníbal.
El druida azotó su báculo contra la ventana, tratando de que el bicho se asustara y saliera por allí, pero no, el parasito ya había encontrado una presa, y se había aferrado a la punta del báculo, lo que significaba que la barrera había cedido. En ese momento Aníbal se concentró nuevamente en un último esfuerzo y desde la punta de su báculo salió una luz incandescente que parpadó tres veces fuertemente, en esas tres veces el bicho se retrajo y se encogió casi a la mitad de su gigantesco tamaño.
Aníbal estaba asustado de muerte, el bicho había sobrevivido y por su consistencia sabía que no podía hacer demasiados hechizos para destruirlo. Al instante el bicho se lanzó nuevamente sobre Aníbal, quien nuevamente antepuso su báculo entre él y el bicho, y ahora Aníbal pensaba en alguna alternativa más fuerte, se concentró y comenzó a observar fijamente la punta de su báculo donde estaba el bicho. De repente este lanzó una pequeña explosión y mostró fuego. El fuego parecía danzar muy tranquilamente en la punta del báculo, y el bicho parecía odiarlo ya que se bajó de este y se quedo en el suelo.
Aníbal, que tenía una mano con su báculo y con la otra con dos dedos apuntando al bicho, sabía que usar fuego era un privilegio para Druidas de muy alta sabiduría, pero aun así era muy difícil de controlarlo, el fuego no se regía por las leyes del balance, como él mismo había aprendido “el fuego cuando aparece solo piensa en quemar”, entonces sabía que si utilizaba mal ese hechizo, podría terminar con la casa incendiada o quizás la cuadra o el cerro completo; para él era difícil de prever el fuego ya que cuando era invocado por un druida, el fuego tomaba conciencia de sí mismo, y esta conciencia no era pacifica.
En un instante, Aníbal hizo detonar la zona donde exactamente apuntaban sus dedos, como si se tratara de una pistola, rompiendo las tablas del piso. Pero lamentablemente el bicho había saltado a una velocidad impresionante y se había alojado en el techo donde se disponía a atacar, pero no tenía mucha salida. En su lucha, Aníbal se percató que el fuego en su báculo se había extendido, entonces sabía que la pelea debía terminar pronto, o el fuego podría descontrolarse; abrió su palma y en el lugar donde estaba posado el bicho comenzó a salir humo y pronto un par de llamas.
El bicho ya se había reducido a más de la mitad de su tamaño original, pero parecía no querer darse por vencido, de manera abrupta se lanzó sobre Aníbal en un último esfuerzo por abatirlo, pero esta vez, el bicho apagó el fuego en el báculo y se lanzó sobre el rostro de Aníbal quien lo detuvo con su mano izquierda alejándolo del rostro, mientras el bicho se alargaba en forma de pequeños hilos cristalinos de brillos purpuras hacia su ojo izquierdo que Aníbal mantenía cerrados en un esfuerzo fútil de no ser afectado por él.
Muchas cosas pasaron por la mente de Aníbal, entre ellas, por qué no haber pedido más ayuda a Franco en estas cosas, realmente no sabía que esto terminaría tan mal y nada podría haberlo hecho pensar eso.
En el último instante, cuando el bicho ya casi alcanzaba el ojo de Aníbal, Mateo se levantó y quedó mirando fijamente a Aníbal, al percatarse de la situación, Mateo levantó la vista y mostró unos ojos llenos de rabia. Aníbal no podía percatarse de eso porque no podía abrir los ojos. De pronto Mateo lanzó un grito, y su ojo izquierdo se volvió totalmente negro, y desde ese mismo lugar comenzaron a salir miles de líneas negras con brillos rojos, con un sonido sutil y a la vez muy perturbador que se asemejaba a la voz más grave de un hombre agonizante. En ese momento, Aníbal abrió los ojos y la escena lo asusto hasta los huesos. Minmenio estaba envolviendo a Lieviel muy rápidamente, y este ultimo trataba de escapar lanzando chillidos muy fuertes mientras era arrastrado hacia el interior del ojo de mateo y allí mismo era extinguido y devorado por una extraña masa negra que se asomaba y lo envolvía.
Al terminar esto, Mateo cayó desplomado al suelo y Aníbal corrió a ayudarlo, tomando su pequeña y ligera cabeza con la mano izquierda y lanzando su báculo hacia cualquier parte. En ese momento, Mateo lanza una leve sonrisa a Aníbal y le dijo:
-Lo siento por enojarme tanto, no quería hacerlo - y con estas palabras Mateo cayó rendido, durmiendo profundamente, pero de manera distinta, con una sonrisa en su rostro.
Estas palabras cayeron como agua sobre Aníbal, quien se dio cuenta que Minmenio de alguna manera extraña, estaba reaccionando en demanda de la voluntad de Mateo.
Aníbal no pudo dormir esa noche, pensando en los fenómenos que él, siendo un druida de fama mundial, aún no entendía. Sabía que lo que vio era Minmenio devorándose a Lieviel, había escuchado que bichos podían devorar y consumir otros bichos, pero lo que le llamaba muy pesadamente la atención, era la simbiosis de Mateo con Minmenio. De todo lo que sabía, nunca había escuchado o se habría imaginado que un bicho podría simbiotizar con un humano, o podría ser utilizado o usado como herramienta por él.
La mañana siguiente fue inesperadamente tranquila, la día amaneció algo frio y con una cortina blanca de nubes que hacia un día fresco y agradable. Aníbal estaba bastante curioso aún, observando lo que hacía Mateo muy atentamente, pero a una distancia prudente.
Mateo ya podía usar sus ojos nuevamente y estaba feliz de eso, y también podía expresar su ánimo jugando en el patio ante la mirada del druida. La sonrisa que se asomaba en Mateo, algo totalmente nuevo para todo el mundo, parecía venir a dar un soplo de aliento ante tanto dolor y sufrimiento concentrado en un pequeño ser. Aníbal esperaba que la situación de Mateo mejorara con los días, y así fue sucediendo, los días avanzaban y Mateo jugaba libremente mañana y tarde en el patio de la casa.
Toda mejoría parcial parecía hacerse latente a cada minuto de la vida del niño, pero Aníbal aún estaba demasiado curioso y alarmado con la presencia de Minmenio, el devorador de recuerdos, y su supuesta simbiosis con Mateo. Aparte de eso, había una nueva señal en Mateo que Aníbal encontraba extraña, cada cierto tiempo, y sin aviso, Mateo se quedaba paralizado mirando el cielo, o también se quedaba paralizado mirando el paisaje con una mirada perdida en el vacío; pero al minuto recobraba su sonrisa de niño y seguía corriendo con un palito que encontraba por ahí.
La relación entre el druida y el niño se estaba haciendo cada vez más estrecha, inevitablemente, a causa quizás de todas las adversidades que pasaron juntos. Aníbal no podía evitar reír a carcajadas con algunas de las locuras de Mateo, quien ya sentía a Aníbal como su familia más cercana. Aníbal quería volver a ver la reacción de Minmenio, pero presentía que para invocar la ayuda del bicho, Mateo tendría que estar en una circunstancia de mucho estrés, rabia, ira o alguna emoción fuerte, al menos esa era la hipótesis de Aníbal.
Todo comenzó a desdibujarse y a la vez a dibujarse en un paisaje aún más grande, una tarde, casi al atardecer, cuando el cielo se pintó de rojo carmesí, pero se mezclaba con tonos azules, cuando Aníbal estaba bajo el castaño mordisqueando una hierba y observando con distancia a Mateo, que corría riéndose con un palo, jugando a que era Aníbal y peleaba con bichos imaginarios. En ese instante, Mateo se detuvo mirando al cielo, y con una cara de asombro muy marcada; Aníbal ya había visto esa reacción, incluso ya le daba risa esa reacción.
Y en ese instante, Mateo apunto con su dedo en la cima de los cerros que se veía de donde estaban, y le dijo a Aníbal:
- La serpiente está durmiendo sobre la punta de ese cerro, Aníbal - decía mientras sonreía con alegría.
Aníbal no entendió mucho el comentario, pero decidió no dejarlo pasar por alto. Se acercó rápidamente a la posición del niño y comenzó a mirar la cima de los distintos cerros que se veían desde allí. Y no pudo divisar nada:
-¿De qué serpiente estás hablando, Mateo?- preguntó Aníbal.
-De esa, la serpiente grande de color blanco, que esta ahí en ese cerro - Mateo gritaba maravillado.
Aníbal estaba tentado en dejar pasar esto como otra locura más de un niño y su imaginación, pero decidió enfocarse un poco más. Al concentrarse un poco, logro ver un par de destellos provenientes de los cerros que conformaban el horizonte majestuoso de Valparaiso. Entonces Aníbal entendió que esto no era algo simplemente superficial, y fijo su vista ahí en parte del cerro donde había visto algo extraño, concentrándose mucho, logro comenzar a divisar la silueta de una serpiente gigante, muy gigante, de un tamaño inconmensurable, que dormía enrollada tapando totalmente la cima de un cerro completo de Valparaíso.
Esta visión perturbó inmediatamente a Aníbal, estaba choqueado no sólo por la visión de una serpiente gigante, que no era perceptible al ojo común de un humano; y que probablemente se tratara de un bicho errante que decidió descansar en ese cerro por esta noche. Lo que le perturbaba era la alta capacidad de Mateo, a su corta edad, de poder ver planos invisibles para los humanos, y prácticamente invisibles para él como druida; la idea de su desarrollo se le hizo gigante. Respecto a la serpiente, Aníbal sabía que se llamaba Porta y que era un bicho gigante, volador y con forma de serpiente blanca, pero también sabía que solo algunos druidas experimentados y afamados habían logrado un grado de conexión tal como para poder verlo, muchos lo intentaron y se volvieron dementes al no poder controlar la cantidad de imágenes que podían ver.
-Mateo, creo que tu estadía aquí se prolongará un poco más de lo esperado.
Habían pasado un par de semanas, Mateo se había estabilizado, Aníbal había curado sus ojos inesperadamente con compresas de manzanilla, pero debía andar con los ojos vendados aun varios días más, por la sensibilidad a la luz de los ojos recién sanos; el tratamiento para los diversos bichos que tenía Mateo estaba marchando mejor de lo que esperaban.
Mateo pasaba todo el día sentado en un cojín, en la esquina de la sala, hablaba esporádicamente, pero cuando hablaba lo hacía en gran cantidad y de una manera que parecía que se hubiera estado conteniendo durante mucho tiempo; la imagen para Aníbal era triste, pero trataba de evitar sentir pena por el niño, no quería encariñarse ni sentir dolor cuando se marchara, así que inevitablemente trataba con dureza a Mateo para generar una distancia entre ambos.
-¿Te gustan los tomates?- preguntó Aníbal mientras preparaba una improvisada ensalada en lo que aun prometía ser una cocina.
-Si - dijo mateo con un tono de voz muy suave.
-Aquí tienes.- Aníbal le entregó en las manos un plato hondo con varias rodajas de tomates y una improvisada cuchara.
Aníbal tomó asiento en la caja de frutas que tenía cerca y aprovechó para comer de su propio plato de tomates.
-Dime, Mateo ¿qué es lo que recuerdas antes de lo que sucedió en la iglesia?
Después de tragar un poco, Mateo respondió:
-No lo sé, sólo puedo recordar manchas y siluetas difusas sobre un fondo blanco.
Aníbal conservó su silencio por un instante observando al niño y pensando en Minmenio, el bicho devorador de recuerdos y en cómo éste había devorado todos los recuerdos de pobre niño. En el fondo, el druida sabía que luchar para expulsar al devorador de recuerdos de la cabeza de Mateo era casi imposible. Aún así el druida estaba sorprendido con la capacidad para conservar la cordura, los pocos datos que Aníbal manejaba sobre Minmenio eran vagos pero en todos los casos que había escuchado o manejado, la victima parecía volverse totalmente loca e incoherente, pero Mateo parecía estar tranquilo, a pesar de sus episodios de verborrea, siempre mantenía una postura cuerda.
- Hoy debes tomarte tus remedios Mateo, no te olvides - dijo Aníbal.
-Está bien - dijo Mateo muy sutil como conteniendo la pena, debido a que el remedio o la medicina para los bichos era bastante desagradable.
Las medicinas para ciertos bichos se basaban en sabores, por ejemplo en entregar algo de sabor muy amargo, o muy dulce; lo cual no siempre dejaba muy bien el estomago de Mateo.
Otras medicinas eran más tradicionales y ocupadas por sus propiedades. La menta y la manzanilla eran las favoritas de Aníbal, pero nunca podía abandonar el te Ceylan, el común de toda casa, como herramienta para relajar a Mateo un poco.
Mateo recibió una bolita de algo pegajoso café envuelta en hojitas verdes. Como no podía verlas, las palpo con la lengua cuando se la llevo a la boca, y tomo coraje para masticarla ya que en ese momento debía saborear la medicina de Aníbal. El sabor era espantoso, mucho peor que cualquier cosa que se imaginara un niño normal de ocho años, además la viscosidad lo convertía en una sensación espantosa que se escurría por la garganta y que se quedaba allí bastante rato. No podía evitar el niño soltar lágrimas por la sensación.
Aunque Mateo estaba tristemente sometido a un tratamiento bastante duro, sobre todo para un niño de su edad, lo estaba llevando bastante bien. Pero el niño y el druida sabían de muy buena manera que lo terrible de todo el asunto no era el tratamiento o las medicinas duras, la peor parte del tratamiento eran siempre la expulsión de los bichos. El dolor al que era sometido cada vez que los bichos se marchaban de su cuerpo era insostenible.
Era un día lunes cuando el último bicho malicioso salió, era tarde, alrededor de las tres de la mañana, y Aníbal había despertado alertado por los gritos de dolor del Mateo. El niño estaba en el suelo, en su improvisada cama hecha de frazadas, tirado en el sueño con los ojos abiertos hacia la nada. Los gritos eran desgarradores, el niño trataba de tomarse el estómago mientras hacía arcadas con la lengua casi estallándole de la presión; los ojos estaban fijos a la nada, como si se concentrara lo máximo posible en aplacar su infantil cuerpo del dolor. Aníbal estaba muy asustado, realmente sentía que esta crisis de expulsión podía ser la más terrible y que la vida del niño podía peligrar.
Sin aviso alguno comenzó a salir de los ojos, boca y nariz del niño una sustancia cristalina, como una masa sin forma, viscosa y muy brillante. Esta masa al principio salía muy tímidamente, el niño había dejado de gritar, pero su cuerpo comenzó a tiritar, y de los tiritones pasó a fuertes sacudidas al punto de convulsionarse sin control en el suelo. Aníbal se acercó tímidamente, con los ojos cerrados y aguantando la respiración, sabía que el bicho que estaba expulsando Mateo era Lieviel, un bicho común pero muy difícil de combatir, y a la vez muy agresivo, cuyo objetivo era alimentarse de cualquier sensación de alegría del cuerpo de su víctima, dejando el estado de ánimo de esa persona por el suelo, y en una depresión permanente sin demasiado aviso que podía terminar hasta en intentos de suicidio; de todos los bichos que conocía Aníbal, descartando a Minmenio, Lieviel era uno de los más peligrosos netamente por los daños colaterales de su presencia. El purgamiento de este bicho era por mucho uno de los más terribles, al parecer, el desconectarse de toda las partes sensibles y anímicas de su víctima hacia que la partida del bicho fuera terrible y muy dolorosa.
La materia viscosa comenzó a reunirse y aferrarse en la pared, Aníbal presentía que algo peor podía pasar, así que fue inmediatamente a romper un nylon que estaba improvisando y protegiendo la ventana, buscaba desesperadamente una manera en que el bicho pudiera salir de allí. El bicho comenzó a salir como un rio desde el cuerpo de Mateo, y al concentrarse en la pared tomo una forma mucho más definida que parecía una gota redonda y perfecta.
El cuerpo de Mateo permanecía en el suelo, inconsciente y con algunos pequeños movimientos involuntarios que hacían ver que se encontraba con vida. Pero el bicho estaba como una gran gota perfecta pegado en la pared. Aníbal por su parte permanecía inmóvil, con los ojos entrecerrados y con los brazos abiertos, sabía que ante un ataque del bicho hacia él, tendría que usar todas sus fuerzas y aun así sería difícil de derrotarlo.
El momento era tenso, Aníbal sabía que cualquier habilidad que requiriera de su energía elemental y habilidad druida despertaría el hambre básica del bicho, y por otro lado estaba a una distancia demasiado peligrosa del bicho que lo convertía inmediatamente en una posible victima para el mismo. Muy lentamente Aníbal comenzó a cerrar el ojo derecho y a abrir el izquierdo, sabía que la mayoría de los bichos tenían más dificultades para asaltar un cuerpo por el ojo izquierdo. Después, muy lentamente movió las manos hacia adelante con la palma mirando el suelo.
Sin mucho aviso, la criatura se lanzó sobre Aníbal en una forma bastante liquida, moviéndose de un lugar de la sala a otro a través del aire, como un chorro de agua o algo más viscoso de eso. La velocidad del bicho era muy rápida, pero Aníbal en el último instante antes del impacto se concentró con mucha pericia y desde el suelo, en una milésima de segundo apareció un báculo de madera, rompiendo el suelo y llegando instantáneamente a su mano. El báculo parecía ser una raíz o una rama, con una forma muy retorcida en su parte superior y en su parte inferior era angosta pero muy dura, como si tuviera una punta naturalmente crecida. Con este elemento en su mano, Aníbal logró crear una especie de campo protector muy sutil e invisible, pero que hacia brillar el choque con el bicho que trataba de penetrar esta barrera y llegar hacia el ojo de Aníbal.
El druida azotó su báculo contra la ventana, tratando de que el bicho se asustara y saliera por allí, pero no, el parasito ya había encontrado una presa, y se había aferrado a la punta del báculo, lo que significaba que la barrera había cedido. En ese momento Aníbal se concentró nuevamente en un último esfuerzo y desde la punta de su báculo salió una luz incandescente que parpadó tres veces fuertemente, en esas tres veces el bicho se retrajo y se encogió casi a la mitad de su gigantesco tamaño.
Aníbal estaba asustado de muerte, el bicho había sobrevivido y por su consistencia sabía que no podía hacer demasiados hechizos para destruirlo. Al instante el bicho se lanzó nuevamente sobre Aníbal, quien nuevamente antepuso su báculo entre él y el bicho, y ahora Aníbal pensaba en alguna alternativa más fuerte, se concentró y comenzó a observar fijamente la punta de su báculo donde estaba el bicho. De repente este lanzó una pequeña explosión y mostró fuego. El fuego parecía danzar muy tranquilamente en la punta del báculo, y el bicho parecía odiarlo ya que se bajó de este y se quedo en el suelo.
Aníbal, que tenía una mano con su báculo y con la otra con dos dedos apuntando al bicho, sabía que usar fuego era un privilegio para Druidas de muy alta sabiduría, pero aun así era muy difícil de controlarlo, el fuego no se regía por las leyes del balance, como él mismo había aprendido “el fuego cuando aparece solo piensa en quemar”, entonces sabía que si utilizaba mal ese hechizo, podría terminar con la casa incendiada o quizás la cuadra o el cerro completo; para él era difícil de prever el fuego ya que cuando era invocado por un druida, el fuego tomaba conciencia de sí mismo, y esta conciencia no era pacifica.
En un instante, Aníbal hizo detonar la zona donde exactamente apuntaban sus dedos, como si se tratara de una pistola, rompiendo las tablas del piso. Pero lamentablemente el bicho había saltado a una velocidad impresionante y se había alojado en el techo donde se disponía a atacar, pero no tenía mucha salida. En su lucha, Aníbal se percató que el fuego en su báculo se había extendido, entonces sabía que la pelea debía terminar pronto, o el fuego podría descontrolarse; abrió su palma y en el lugar donde estaba posado el bicho comenzó a salir humo y pronto un par de llamas.
El bicho ya se había reducido a más de la mitad de su tamaño original, pero parecía no querer darse por vencido, de manera abrupta se lanzó sobre Aníbal en un último esfuerzo por abatirlo, pero esta vez, el bicho apagó el fuego en el báculo y se lanzó sobre el rostro de Aníbal quien lo detuvo con su mano izquierda alejándolo del rostro, mientras el bicho se alargaba en forma de pequeños hilos cristalinos de brillos purpuras hacia su ojo izquierdo que Aníbal mantenía cerrados en un esfuerzo fútil de no ser afectado por él.
Muchas cosas pasaron por la mente de Aníbal, entre ellas, por qué no haber pedido más ayuda a Franco en estas cosas, realmente no sabía que esto terminaría tan mal y nada podría haberlo hecho pensar eso.
En el último instante, cuando el bicho ya casi alcanzaba el ojo de Aníbal, Mateo se levantó y quedó mirando fijamente a Aníbal, al percatarse de la situación, Mateo levantó la vista y mostró unos ojos llenos de rabia. Aníbal no podía percatarse de eso porque no podía abrir los ojos. De pronto Mateo lanzó un grito, y su ojo izquierdo se volvió totalmente negro, y desde ese mismo lugar comenzaron a salir miles de líneas negras con brillos rojos, con un sonido sutil y a la vez muy perturbador que se asemejaba a la voz más grave de un hombre agonizante. En ese momento, Aníbal abrió los ojos y la escena lo asusto hasta los huesos. Minmenio estaba envolviendo a Lieviel muy rápidamente, y este ultimo trataba de escapar lanzando chillidos muy fuertes mientras era arrastrado hacia el interior del ojo de mateo y allí mismo era extinguido y devorado por una extraña masa negra que se asomaba y lo envolvía.
Al terminar esto, Mateo cayó desplomado al suelo y Aníbal corrió a ayudarlo, tomando su pequeña y ligera cabeza con la mano izquierda y lanzando su báculo hacia cualquier parte. En ese momento, Mateo lanza una leve sonrisa a Aníbal y le dijo:
-Lo siento por enojarme tanto, no quería hacerlo - y con estas palabras Mateo cayó rendido, durmiendo profundamente, pero de manera distinta, con una sonrisa en su rostro.
Estas palabras cayeron como agua sobre Aníbal, quien se dio cuenta que Minmenio de alguna manera extraña, estaba reaccionando en demanda de la voluntad de Mateo.
Aníbal no pudo dormir esa noche, pensando en los fenómenos que él, siendo un druida de fama mundial, aún no entendía. Sabía que lo que vio era Minmenio devorándose a Lieviel, había escuchado que bichos podían devorar y consumir otros bichos, pero lo que le llamaba muy pesadamente la atención, era la simbiosis de Mateo con Minmenio. De todo lo que sabía, nunca había escuchado o se habría imaginado que un bicho podría simbiotizar con un humano, o podría ser utilizado o usado como herramienta por él.
La mañana siguiente fue inesperadamente tranquila, la día amaneció algo frio y con una cortina blanca de nubes que hacia un día fresco y agradable. Aníbal estaba bastante curioso aún, observando lo que hacía Mateo muy atentamente, pero a una distancia prudente.Mateo ya podía usar sus ojos nuevamente y estaba feliz de eso, y también podía expresar su ánimo jugando en el patio ante la mirada del druida. La sonrisa que se asomaba en Mateo, algo totalmente nuevo para todo el mundo, parecía venir a dar un soplo de aliento ante tanto dolor y sufrimiento concentrado en un pequeño ser. Aníbal esperaba que la situación de Mateo mejorara con los días, y así fue sucediendo, los días avanzaban y Mateo jugaba libremente mañana y tarde en el patio de la casa.
Toda mejoría parcial parecía hacerse latente a cada minuto de la vida del niño, pero Aníbal aún estaba demasiado curioso y alarmado con la presencia de Minmenio, el devorador de recuerdos, y su supuesta simbiosis con Mateo. Aparte de eso, había una nueva señal en Mateo que Aníbal encontraba extraña, cada cierto tiempo, y sin aviso, Mateo se quedaba paralizado mirando el cielo, o también se quedaba paralizado mirando el paisaje con una mirada perdida en el vacío; pero al minuto recobraba su sonrisa de niño y seguía corriendo con un palito que encontraba por ahí.
La relación entre el druida y el niño se estaba haciendo cada vez más estrecha, inevitablemente, a causa quizás de todas las adversidades que pasaron juntos. Aníbal no podía evitar reír a carcajadas con algunas de las locuras de Mateo, quien ya sentía a Aníbal como su familia más cercana. Aníbal quería volver a ver la reacción de Minmenio, pero presentía que para invocar la ayuda del bicho, Mateo tendría que estar en una circunstancia de mucho estrés, rabia, ira o alguna emoción fuerte, al menos esa era la hipótesis de Aníbal.
Todo comenzó a desdibujarse y a la vez a dibujarse en un paisaje aún más grande, una tarde, casi al atardecer, cuando el cielo se pintó de rojo carmesí, pero se mezclaba con tonos azules, cuando Aníbal estaba bajo el castaño mordisqueando una hierba y observando con distancia a Mateo, que corría riéndose con un palo, jugando a que era Aníbal y peleaba con bichos imaginarios. En ese instante, Mateo se detuvo mirando al cielo, y con una cara de asombro muy marcada; Aníbal ya había visto esa reacción, incluso ya le daba risa esa reacción.
Y en ese instante, Mateo apunto con su dedo en la cima de los cerros que se veía de donde estaban, y le dijo a Aníbal:
- La serpiente está durmiendo sobre la punta de ese cerro, Aníbal - decía mientras sonreía con alegría.
Aníbal no entendió mucho el comentario, pero decidió no dejarlo pasar por alto. Se acercó rápidamente a la posición del niño y comenzó a mirar la cima de los distintos cerros que se veían desde allí. Y no pudo divisar nada:
-¿De qué serpiente estás hablando, Mateo?- preguntó Aníbal.
-De esa, la serpiente grande de color blanco, que esta ahí en ese cerro - Mateo gritaba maravillado.
Aníbal estaba tentado en dejar pasar esto como otra locura más de un niño y su imaginación, pero decidió enfocarse un poco más. Al concentrarse un poco, logro ver un par de destellos provenientes de los cerros que conformaban el horizonte majestuoso de Valparaiso. Entonces Aníbal entendió que esto no era algo simplemente superficial, y fijo su vista ahí en parte del cerro donde había visto algo extraño, concentrándose mucho, logro comenzar a divisar la silueta de una serpiente gigante, muy gigante, de un tamaño inconmensurable, que dormía enrollada tapando totalmente la cima de un cerro completo de Valparaíso.
Esta visión perturbó inmediatamente a Aníbal, estaba choqueado no sólo por la visión de una serpiente gigante, que no era perceptible al ojo común de un humano; y que probablemente se tratara de un bicho errante que decidió descansar en ese cerro por esta noche. Lo que le perturbaba era la alta capacidad de Mateo, a su corta edad, de poder ver planos invisibles para los humanos, y prácticamente invisibles para él como druida; la idea de su desarrollo se le hizo gigante. Respecto a la serpiente, Aníbal sabía que se llamaba Porta y que era un bicho gigante, volador y con forma de serpiente blanca, pero también sabía que solo algunos druidas experimentados y afamados habían logrado un grado de conexión tal como para poder verlo, muchos lo intentaron y se volvieron dementes al no poder controlar la cantidad de imágenes que podían ver.
-Mateo, creo que tu estadía aquí se prolongará un poco más de lo esperado.







