jueves, 19 de noviembre de 2009

Capítulo 2


II

“Cómo está su fe en estos días, padre”, era una frase que le daba vueltas en la cabeza a un joven párroco en la ciudad de Valparaíso. A pesar de que él había sentido el llamado de Dios a la temprana edad de 12 años, por esos días su fe estaba bajo un estricto régimen de cuestionamiento. Franco sentía la responsabilidad de una aferrada y muy leal comunidad cristiana que buscaba su consejo y auxilio siempre, lo cual, por otro lado, le mantenía la mente lo suficientemente ocupada para alejarlo de las grietas que se habían generado muy sutilmente en esa muralla en su cabeza llamada Fe en Dios.

El punto no era que la fe del padre Franco no viniese mal fundada desde un principio, en realidad todo había sucedido de repente, pero a la vez con un ritmo muy lento y sutil. Comenzó con la llegada de un extraño hombre, de hecho, nadie lo vio llegar. Simplemente comenzó a vivir en la casa abandonada que estaba al final de la calle El Roble, la vieja casa que durante décadas nadie reclamó y que a nadie le importaba, esa vieja casa que era tan pequeña que nadie se interesó en arreglar o siquiera tomar como propiedad. Él simplemente tomó esa casa y comenzó a arreglarla, la levantó casi de las ruinas.

Al poco tiempo la gente del vecindario comenzó a ver esa casa con extrañeza, todos los gatos y perros callejeros parecían querer dormir cerca de ahí, los pocos rumores que circulaban eran positivos porque Valparaíso en ese entonces ya era conocido por la cantidad de animales callejeros que tiene rondando en sus calles y que al menos una persona que simpatizara con ellos de alguna u otra manera hacía que la comunidad o una buena parte de ella lo viese como algo positivo.

Al poco tiempo el rumor de un hombre que ayudaba a los animales desde su pobreza comenzó a rebotar en boca de todo el mundo, hasta se decía que llegaban animales heridos por sí solos a su casa para ser curados. Unos comenzaron a llamarle santo, otros lo llamaban brujo, pero el resultado fue siempre el mismo silencio y enigma que generaba aquel hombre con su aspecto casi senil que salía rara vez de su casa para alimentar a los perros.

El padre Franco siempre fue reticente a involucrarse en los comentarios del vecindario, los rumores y chismes se paseaban demasiado a menudo y en una buena cantidad por su iglesia y su cocina de alimento de caridad. Todos los que llegaban allí traían sus propias historias, cada cual más extraordinaria y más increíble que la otra, así que Franco ya tenía la piel gruesa contra relatos extraordinarios. Pero había un rumor que le estaba golpeando la cabeza, y era el de un viejo que apareció de la nada en la calle El Roble, que de la nada apreció en la pequeña casa abandonada, casi en ruinas, y que la recuperó levantándola desde sus propios cimientos.

El joven párroco sentía unos deseos fervientes de conocer a tal hombre, pero sabía que si acercaba avista y paciencia* de sus feligreses a esa casa, solo encendería aún más la llama de los rumores de sucesos santos o venidos desde el cielo. Así que uso su afilada y aguda astucia, que ya desde su temprana edad se hacía ver de vez en cuando y aprovecho un día martes, ya que los martes su iglesia abría su cocina a los vagabundos y gente necesitada ayudándola con un plato de comida. Sabía que aquel misterioso hombre se aparecería, su instinto le decía que si.

La espera esa mañana de martes no fue demasiado prolongada, antes de abrir la cocina ya había una fila de gente pobre pero extrañamente feliz afuera de la iglesia, esperando entre risas y agasajos entre ellos, como si fueran una sola comunidad reunida por la adversidad.

A las 9 de la mañana en punto se abrieron las puertas de la iglesia. La gente entraba conversando y saludando de mano al padre Franco que se había instalado estratégicamente en la entrada del comedor para ver la cara de cada persona que llegaba. No fue difícil distinguir a la persona que buscaba del resto, entre todos los vagabundos había una persona que era a simple vista distinta a las demás. Era un hombre de pelo largo oscuro y una barba medianamente larga, bastante pulcro para lo que acostumbraba ver franco en los días de cocina abierta de la iglesia. Al entrar caminando su presencia era extraña, entre amenazadora pero a la vez pacífica, pero definitivamente una persona que se hacía notar por sí sola sin decir una sola palabra; su estatura era como de un metro ochenta, y en su rostro se podía distinguir un mapa marcado de futuras arrugas mostrando que tenía alrededor de cuarenta y cinco a cincuenta años. Sus ojos, profundamente cafés, no se fijaban en un punto, no miraba a nadie y trataba de no hacer contacto visual con nadie. Avanzó lentamente, vestido con unos pantalones muy rotos, con una camiseta bastante ajada y con visibles agujeros en ella, pero lo que más resaltaba era una frazada vieja de gran tamaño que usaba como capucha para cubrir todo su cuerpo y parte de cabeza y rostro. La frazada estaba bastante a mal traer, de hecho se podría confundir muy simplemente con una alfombra vieja o un tapete sobre usado, pero lo que era anormal para ese ambiente, era que los agujeros, que eran varios y algunos bastante grandes, estaban tapados con ramas entrelazadas entre sí con un orden muy preciso que funcionaba como una cubierta totalmente simple.

Doña Margot, la señora que voluntariamente se ofrecía para repartir la comida en platos desde la gran olla donde se cocinaba el alimento, se sorprendió de una manera muy evidente y se asustó al ver que este hombre se acercó con una bandeja con un plato vacio y un pan a un lado. Se quedó mirándolo. De entre el aspecto ella lo reconoció como la persona que ayudaba a los animales y le ofreció una sonrisa y ella le dijo “muchas gracias buen hombre, por todo lo que hace por las criaturas”, el hombre sólo entregó de vuelta una sonrisa tranquilizadora y pacifica que pronto se volvió a una mesa desocupada, para sentarse a comer.

Franco sabía que ese era el momento preciso para conocerlo, así que se acercó a él, tomó la silla de al lado y le dijo muy discretamente:

-En nombre de toda la comunidad, quería darle las gracias por lo que ha hecho por los animales callejeros- dijo Franco con una distancia prudente.

-No hay de que…- dijo el hombre parcamente.

-Mi nombre es Franco, soy el párroco de esta iglesia.

-Sé quién es, sé que es el representante en el sector de la religión del Dios cristiano…- estas palabras sonaron con un rasgo de rudeza, pero no asustaron a Franco.

-Suena un poco tosco llamarlo así, pero sí, soy representante de la fe cristiana.

-Mi nombre es Aníbal…- dijo tímidamente mientras sumergía un trozo de pan en la sopa.

-Un gusto conocerlo, Aníbal, me gustaría saber más de usted, de dónde viene, a qué se dedica.

-Preferiría decirle que vengo de lejos y me dedico a observar las cosas.

-Eso suena un poco volátil, verá, yo quiero ver la manera de ayudarlo…- Franco dijo muy confiadamente, pero fue rápidamente interrumpido.

-Se equivoca, soy yo quien ha venido a ayudarlos…- estas palabras produjeron un lapsus de confusión pero también le gatilló cierta impaciencia.

-Mire, usted no me parece un alcohólico, ni un drogadicto, ni un loco atemporal, he escuchado demasiadas cosas parecidas en esta cocina. Si quiere ayudar, me parece una muy noble tarea, pero lo que trato de decirle es que he escuchado muchas cosas de usted y esas cosas son buenas, ha ayudado animales y retomó una casa que estaba en ruinas y comenzó a reconstruirla y a darle forma y vida a la calle donde vive. Pero deje que lo ayudemos, si usted es un agente positivo, me encantaría ayudarle en lo que pueda…- el padre Franco dio un respiro al terminar esta frase.

-Está bien, le permitiré ayudarme, pero debe guardar silencio y no hacer demasiadas preguntas y creo que por su formación religiosa debe tener experiencia en esto.

-Así es, dígame qué necesita y yo veré la manera de ayudarlo.- Franco se sintió un poco mas aliviado al sentir un poco más de simpatía de parte de Aníbal.

-Sólo necesito ayuda para terminar mi casa. Si tiene algunos materiales para darme, sería de mucha ayuda… y recipientes, maceteros para la tierra… ah y cosas orgánicas, desechos, cáscaras de fruta que no ocupe y cosas así.

Aníbal quedó mirando muy fijamente y sin expresión a Franco, quien sólo dejó soltar una carcajada y darle unas palmadas en la espalda a Aníbal.

-Todo el mundo aquí quiere dinero, quiere dinero para todo, y usted me pide tierra y maceteros, sin duda lo ayudaré… definitivamente me parece un hombre singular.

Franco se puso de pie pero se dio vuelta con la mano en el mentón como recordando algo.

-Antes de que se vaya, le daré un poco de ropa que llega aquí cada cierto tiempo, muy poca gente la quiere, creo que el sentido de la moda influye incluso sobre los más necesitados. Pasaré por su casa más tarde si no le molesta, para que conversemos y le llevaré algunas cosas también para que comience con lo que tenga en mente hacer.

Tras esto, Franco se retira sonriente como si hubiera conversado con una celebridad. Al marcharse, Aníbal lo observa y siente que Franco tiene la necesidad de ser partícipe de algo extraordinario y eso lo hizo sentir bien, y sentir que había llegado al lugar preciso.


Click aqui para leer el capítulo 3

5 comentarios:

Marian dijo...

Qué hermoso está quedando todo con las imágenes.

Sebastardo dijo...

¬¬, puto template, me la puso dificil con el header, pero supongo que le gane... ahora espero que nadie se pierda con los giros de la historia

Marian dijo...

de eso me tengo que encargar yo :S tú te peleas con el template...yo me peleo contigo :p

Hely dijo...

Omaigot! La historia me está dejando con muchas dudas, me comen las ansias por leer el siguiente.

Las imágenes complementan la historia y se ve hermoso, muchas gracias por el esfuerzo.

Saludos!

PD: -o- Niñooos!

Karasu dijo...

O_O esta fenomenal!!.

EL banner y la primer imagen del capitulo 2 estan muy chidas

y si, no se peleen, hasta que les pongamos el ring :P

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Créditos:

Historia original: Sebastián Leonardo