viernes, 27 de noviembre de 2009

Capítulo 4


IV
La puerta sonó con un sutil y tímido sonido; el día estaba cubierto por nubes que amenazaban con hacer caer la lluvia y pintaban la escena en grises. El joven padre Franco no esperaba que la respuesta a la puerta que golpeaba se demorara tanto, por un instante pensó en retirarse, pero la puerta sonó con un crujido violento y comenzó a abrirse, la madera hinchada no permitía que se abriese totalmente. Detrás de esta imagen comenzó a aparecer la silueta de un hombre delgado y erguido, era Aníbal con su extraña presencia que hacia un sutil gesto para entrar a Franco quien llevaba un par de bolsas con recipientes y fuentes de plástico así como un par de ollas pequeñas.

Al entrar, la escena era extraña, el trabajo de levantar una pequeña casa abandonada se notaba titánica, demasiado para solo un hombre, el piso aún parecía que fuera de tierra y la madera que alguna vez tuvo esa función aún no se asomaba por ningún lado. Había restos de bolsas, cajas, tetra packs, botellas de plástico y basura diversa por todos lados, el olor era insoportable, pero a pesar de eso el trabajo se estaba efectuando bastante bien. Aníbal estaba con un par de bolsas en las manos y estaba clasificando la basura. En una esquina estaban las botellas vacías y recipientes de plástico, en otro estaban las cajas tetra packs, en otro lugar las bolsas y en una bolsa gigante estaba un mal oliente conjunto de basura orgánica, diversas cosas que mostraban diferentes grados de descomposición. 

El padre Franco no pudo evitar taparse la nariz como pudo y dejar las bolsas a un costado. El olor le había golpeado de lleno, no estaba acostumbrado a eso, pero la mirada de Aníbal le hizo sentir que o era parte de la solución o simplemente era un estorbo como cualquier bolsa vieja tirada en el piso. Así que Franco dijo inmediatamente:

- Wow, es un trabajo impresionante el que llevas y el que te queda por hacer.

- Así es, no sé cuánto tiempo esta casa estuvo abandonada, pero juzgando por la cantidad de basura esto estuvo así por más de diez años. ¿Conoces a los dueños originales de este lugar?

- Llevo aquí siete años y esta casa ya estaba abandonada cuando llegue yo, según lo que dicen los lugareños llevaba mucho más desocupada, y nadie sabe puntualmente que paso con los dueños o quienes fueron los ocupantes de esta casa- dijo Franco mientras abría las bolsas con las cosas que había traido a su lado. 

- Entonces no creo que alguien se moleste por ocupar este lugar, además creo que debería ser temporal,- dijo Aníbal mientras comenzaba a revisar las cosas que había traído Franco.

- Traje recipientes de plástico, unos maceteros que habían olvidado en la parroquia, un poco de comida, una olla y no sé qué mas podría necesitar.

- Una pala, una grande y una pequeña,- dijo Aníbal sin dejar una pausa entre medio.

- ¿Pala?... puedo prestarle la que usamos en la iglesia, y creo que tengo una pala de jardinería también, pero causa demasiada curiosidad.

- Voy a hacer composta, necesito reciclar y reutilizar toda esta basura,- dijo Aníbal muy secamente.

- Pero aquí tenemos muchos dispensadores de basura, funcionan muy bien y la recogen todos los miércoles sin falta, te podría agilizar el trabajo…- dijo Franco inocentemente.

- El sacar la basura de aquí, juntarla y enviarla a otro lugar donde hay más basura y el pretender que ese lugar con basura no existe y olvidarse de eso… no es disponer de la basura, es simplemente ser inconsciente y vivir a expensas de su propia inconsciencia.- Las palabras de Aníbal sonaron más fuertes que cualquier sermón de misa.

- Oh, veo que es ambientalista,- dijo Franco sorprendido de tal reflexión.

- Si es así como le llaman, supongo que si. Ahora, no sé si realmente estás con la indumentaria adecuada pero me podrias ayudar clasificando la basura, entre orgánica, botellas de plástico, plástico en general y botellas, y los envases útiles déjalos en otro lugar.

El joven Franco dudó por instante y pensó en inventar una excusa para devolverse a la parroquia, pero al ver a Aníbal tan empecinado en sacar el lugar adelante, se arremangó su camisa negra y se soltó un poco el alzacuellos que sobresalía con el blanco típico y distintivo de los sacerdotes.

Aníbal sin querer también se habia dejado llevar por la curiosidad que le causaba Franco, el porqué le ayudaba sin grandes preguntas, aunque cada vez que hablaban pequeñas frases, él sabía que el joven párroco estaba pensando en su sagaz cabeza la manera más inteligente de preguntarle el más simple de los porqués. En un momento cuando Aníbal llevaba la segunda bolsa grande con restos de basura orgánica, trató de indagar en la curiosidad más básica.

-Señor Franco, ¿qué es lo que hizo que usted se dedicara por completo a la religión?,- dijo Aníbal mientras alineaba las bolsas en un patio lleno de maleza de una altura prominente, y volvía a entrar a seguir su labor.

Franco rió sutilmente ya que era una pregunta que todos le hacían en algun momento.

-No fue una visión divina ni un ataque de fe, sólo fue una opción, una alternativa… bastante valida. Cuando niño me di cuenta que me gustaba ayudar,- Franco respondió livianamente mientras lanzaba un par de botellas hacia un rincón,- me gusta ser sacerdote, ayudar a la comunidad, ayudar a la gente a que tenga esperanzas…

-¿Esperanzas?... ¿esperanzas de qué?

-Esperanzas de que todo puede mejorar,- dijo Franco mirando a Aníbal quien comenzaba a remover la tierra del piso con una botella de plastico partida en la mitad.

-Un ser debería poder mejorar sin la ayuda de una institución, pero me parece una idea noble.

-¿Por qué dice eso?,- preguntó Franco al procesar la respuesta.

-Porque en la naturaleza, las cosas mejoran por necesidad propia, una chita mejorará cuando trate de cazar y atrape una gacela, y una gacela mejorará cuando no la atrape una chita. No se nesecitan intermediarios, en la naturaleza no importa cómo estás, si tienes que correr, deberás hacerlo mejor cada vez.

-Pero eso es donde nosotros nos diferenciamos de los animales, tenemos la capacidad de amar, de discernir y tomar desiciones.

-Bueno, he escuchado una postura parecida en otro momento pero con otro enfoque y mucho más radical, pero el hecho es que el ser humano es parte de la naturaleza, que no se sienta parte de ella es donde radica el problema, y en vez de aceptarlo junta basura y la olvida en un algun lugar en común, y así sus propios desechos no les arruinan la postal de seres superiores y sofisticados,- Aníbal respondió como si se estuviera desahogando.

-No necesito indagar mucho para darme cuenta que tiene un poco de resentimiento en su respuesta, pero creo que tiene mucha razon,- dijo Franco tratando de tomar el tema desde un costado.

-Digamos que recién estoy haciendo las pases con una parte de mí que dejé hace mucho tiempo atrás.- Dijo Aníbal con cierta melancolía en su voz.

-Creo que eres una persona interesante, Anibal, me interesaría saber mas de esos ideales de los que hablas,- dijo Franco mientras tomaba un respiro.

-No son ideales, es una forma de vida. Pero creo que te hablare de esto en otro momento, cuando esto esté funcionando,- dijo Aníbal mientras miraba el rostro del joven párroco.

Aníbal sabía interiormente que Franco lo vería con cierta condescendecia y compasión cuando lo conociera, pero también sabía que interiormente, la única persona que lo podria ayudar y entederlo dentro de la comunidad era él.

-¿De dónde viene, señor Anibal?...- preguntó Franco con un tono leve.

-Desde muy lejos,- respondio Aníbal después de un fugaz momento de reflexión.

-¿Desde dónde?,- preguntó Franco, pero no obtuvo respuesta alguna, Aníbal sólo guardó silencio para mantenerse.

La mente de Franco era incapaz en ese entonces de creer en algo sobrenatural o fantastico. Así que los prejuicios afloraron en su mente, primero creyó que era un exconvicto, después pensó que era un fanático loco, pero después la imagen de su hermano mayor, aquel hippie idealista recalcitrante que falleció en la epoca de la dictadura varias décadas atrás, apareció en su mente. Todas esas voces rebotaron en la cabeza de Franco en una milésima de segundo. Su hermano perdido, el extrañarlo, la noticia de su muerte, el llanto de su madre, la rabia de su padre; el silencio, sobre todo el silencio en la cena. La mesa con platos con un puesto menos, el silencio aún allí durante años, como una visita podrida, y por esa milésima de segundo se sentó en esa mesa, y sintió en su cabeza todas esas preguntas que para un niño pequeño parecían lógicas pero no podía preguntar: ¿por qué no come con nosotros?, ¿murió?, ¿cómo?, ¿lo mataron?, ¿quién fue?, ¿por qué? Toda una batería de preguntas que eternamente chocó en un silencio sepulcral en su familia.
Los ojos de Franco se habian quedado mirando el vacío, perdido en su niñez de los años 80, cuando una mano amistosa se posó en su hombro.

-Se me habia olvidado agradecerte, eres un buen hombre,- dijo Aníbal.

Franco solo pudo responder con una sonrisa.

-Tengo que marcharme, ya va a ser hora de la cena en la iglesia, mañana traeré las palas que me pidió, sin falta.

-Está bien,- respondió Aníbal,- yo tengo que ver una manera rapida y efectiva de quitar el barro y la tierra del piso lo mas pronto posible.

-Bueno, yo me voy, tengo mucho qué hacer. y me esperan para cenar. Hasta mañana Don Aníbal.

-Dime Aníbal, no me trates de don.- dijo Aníbal mientras se rascaba la cabeza pensando en qué hacer con el piso con barro y tierra que no dejaba ver el verdadero piso de madera que había en la casa.

-Está bien, hasta luego Aníbal.

Al retirarse Franco, notó que el piso tomaria un trabajo infernal y de varios dias, y al ver a Franco cerrar la puerta se dio cuenta que estaba demasiado delgado, con un torso casi en los huesos.

Esa noche, Franco no pudo dormir tan facilmente como otras veces, había un demonio muy viejo azotándole en la cabeza, el silencio le volvia a azotar, se mezclaba con el silencio de Aníbal, era toda una mezcolanza de sensaciones, la fe, y la pregunta de porqué es sacerdote, su fe se estaba cayendo de a un grano de arena a la vez en una muralla de cien metros de altura, y Franco escuchaba el sonido de cada grano de arena golpeando el suelo de su conciencia como un tambor añejo.

Al día siguiente el sol golpeaba como era de costumbre en primavera, la brisa hacia que el dia fuera exquisito, ni muy caluroso ni muy fresco. Los colores naranjas que caían sobre la calle el Roble eran dignos de una fotografia, los niños jugaban como un día cualquiera, y el padre Franco sonreía junto a ellos y saludaba a las señoras que se le acercaban desde las puertas y las ventanas. Los cuchicheos no se dejaban esconder, viendo a un joven párroco, con su alzacuello medio suelto en una camisa holgada negra y con una pala en la espalda y guantes de jardinero. Era muy curioso, pero al llegar al final de la calle la atención se la robo inevitablemente la escena que se presentaba, fuera de la casa había al menos cinco perros callejeros durmiendo en la entrada de la casa con una fuente de agua pequeña hecha a partir de botellas. Se veía bastante bien y los perros parecían agradecidos dentro de la pereza que comunicaban en sus descuidadas poses en el suelo. Al mirar al techo de la casa se dio cuenta que había también alrededor de siete u ocho gatos durmiendo con la misma calma que sus camaradas caninos y uno color café lo miraba con rostro de desgano hacia abajo mientras se acicalaba la cola.

Franco no pudo evitar pensar en lo curioso que era que de todo un barrio de casas, muchas de las cuales eran más cómodas y con más comida que esta, ellos preferían pasar el calor aquí, en la más pobre. Llegó a pensar que habia algo sobrenatural en la presencia de los animales, pero ese sólo pensamiento le hizo aflorar una media sonrisa mientras llamaba a la puerta y acariciaba a un perro que desde su aún perezosa postura en el suelo levantaba la cabeza con las orejas hacia atrás, agradeciendo el gesto de cariño gratuito.

Al abrirse la puerta, su corazón dio un golpe demasiado fuerte, o estaba latiendo muy rápido, no sabía. De pronto, cuando la puerta estuvo completamente abierta, la imagen que vio le erizó los pelos hasta sus bases, al punto que se le cayeron ambas palas de las manos de la impresión y literalmente el mentón bajo quedó balanceándose idióticamente.

El suelo de tierra no estaba más y en su lugar había muchas raicillas saliendo entre las aberturas del piso de madera que se dejaba ver descaradamente, casi como si nunca hubiera estado cubierto con tierra o barro. Algunas raíces más gruesas se asomaban, y en el fondo, el lugar aún parecía una casa vieja, pero el aspecto daba la impresión de nunca haber estado deshabitada.  Era una labor que ha vista de cualquiera era sobrenatural.

-Pedí un poco de ayuda para terminar el trabajo,- dijo Aníbal mientras tomaba las palas que se cayeron al suelo.

La cabeza de Franco, al ser un hombre de fe cristiana, sólo giraba sobre un corto circuito gigante, todos los cálculos y ecuaciones que sacaba su cabeza terminaban en más preguntas y de entre todas sus posibilidades, la presencia de un hecho eventualmente inexplicable, sumado a la negación del mismo, sumado al inquisidor interior que todo humano activa cuando la ignorancia se aparea con el orgullo, le dieron como resultado una sola palabra que sonó con un profundo e ingenuo eco en su cabeza, “brujería”.

Click para capítulo 5

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Capítulo 3


III

La expresión en la cara de Mateo explicaba su perplejidad. A pesar de ser una persona que estaba acostumbrada a cosas extraordinarias, este suceso le sacudió los sesos al punto que dentro de su propia racionalidad no sabía qué ruta tomar. No sabía si realmente escuchó hablar una rana o si alguna parte de sus neuronas se confundieron.

-Hey, humano… si pones esa expresión cada vez que ves una rana, deberías hacer algo respecto a las moscas, este lugar es un banquete.- Era obvio que la rana tampoco se había dado cuenta que él podía escucharlo.

-¿Pu… pu… puedes hablar?...- Mateo quedó en shock.

La rana tenía sus gigantescos ojos color rojo girando distraidamente en las moscas que había en la casa para inmediatamente fijarse en el rostro de Mateo.

-¿Puedes entenderme?...- la rana estaba sorprendida dentro de su rígida expresión.

-¡Tú…puedes entenderme?...- respondió Mateo.

-Bah, mi primera conversación con uno de los que se auto proclaman seres inteligentes y lo único que obtengo es una conversación que va en círculos…- la rana dijo muy segura de sí misma.

-Pero, esto es… fantástico, puedes hablar…

-¿Hablar?... Todos hablan, humano, la cuestión es qué lengua hablan… las ranas hablamos en lengua rana, como los perros hablan en perro y los gatos en gato…

-Pero cómo es que tú puedes hablar un idioma que yo entiendo…- Mateo hablaba mientras dejó el bonsái con cuidado sobre la pequeña mesa que estaba junto a la ventana parchada de su casa y se sentó a verlo y examinarlo con miradas rápidas alrededor de su cuerpo que estaba en el fondo del macetero.

-Yo no estoy hablando en ningún lenguaje especial humano, yo estoy hablando en mi idioma nativo… eres tú el que puede entenderme de alguna manera paranormal.

-Pero si fuera así, podría entender a los perros y a los gatos del lugar…

-No me preguntes a mí, yo solo hago lo que una rana hace…

-¿Y cómo puedes entender lo que hablo yo?- preguntó Mateo inmediatamente.

-La mayoría de los animales podemos entender el idioma humano, su lenguaje es bastante arcaico y esencial, pero en lo personal, digamos que yo me he dedicado a instruirme en lo humano, soy una rana muy educada.

Mateo se quedó suspendido en sus pensamientos tratando de tragar esta anormal situación y a la vez intentando enteder de qué se trataría todo esto.

-Bueno, no sé qué tendrás que hacer ahora, pero yo tengo que comer, espero que no te moleste si la población de moscas disminuye,- dijo la rana, por lo que tuvo de respuesta un distraído silencio.

-¿Cómo te llamas?...- dijo Mateo mirando fijamente a la rana.

-Mi nombre es Mo, ¿cuál es el tuyo, humano?…

-Mateo…

-Un gusto en poder hablar contigo Mateo.

-Supongo que para mí también es un gusto,- dijo mateo mientras se rascaba el pelo desordenado, - ahora, supongo que te puedes quedar aquí mientras tengas cuidado, hay muchas plantas como para que vivas en ellas,- dijo Mateo mientras comenzaba a examinar el accidentado Bonsái con una pequeña lupa que guardaba en su bolsillo.

-Tiene unas ramas rotas, uhmmm una fisura mayor en el ápice principal, un poco de levantamiento en las raíces… me pregunto qué diablos estaban haciendo cuando sucedió esto.

-Estaban discutiendo, ella y su macho reproductor,- dijo Mo mientras comenzaba a buscar un buen lugar moviéndose a saltos cortos en la mesa.

-Macho reproductor te refieres a su novio, ¿no?- Dijo mateo poniéndole atención.

-Ah sí, eso, no entiendo muy bien cómo es el sistema de apareamiento humano, pero sé que él era su pareja,- dijo Mo mientras mantenía su mirada fija en una descuidada mosca en la ventana,-estaban discutiendo y gritando, y él trato de hacer algo medio brusco y ella lo empujó y él casi se sienta sobre el bonsái y sobre mí.

-Al parecer ese tipo es un imbécil, pero un imbécil con dinero… algo muy útil en este mundo,- dijo Mateo mientras buscaba una bolsa de plástico para picarla en pequeñas tiras.

-Bueno, el mundo es mucho más grande que tu cabeza, Mateo, pero sí te entiendo. Una vez estuve en una situación parecida, la rana que me gustaba se sentía atraída por una rana macho que lo único que tenía era un pie de color amarillo, maldito Pogo, farsante.

-Así es amigo mío, las hembras son inentendibles, es la parte más fea con que lidiar de la realidad.

-¿Feo?, feo será el día que te despiertes y veas un trasero humano gigante tratando de sentarse sobre el bonsái que escogiste como casa, ESO es feo,- dijo Mo mientras masticaba moscas, Mateo no pudo evitar soltar una carcajada.

-Metafóricamente, lo he visto, sobre todo en este lugar y el resto de lugares pobres,- dijo Mateo mientras ataba algunas de las tiritas de bolsa para reparar ramas separas y rotas y sostenerlas en el Bonsái. - ¿Cómo es que una rana como tú llegó hasta acá?, o sea conozco un poco sobre anfibios y tú no eres de esta área… o región.

-Así es, no fue un viaje corto ni un viaje tranquilo. Vengo desde muy al norte, llegué en una planta en la tienda donde estaba este bonsái,- dijo Mo mientras saltaba en la mesa donde Mateo trabajaba sobre el bonsái.


-Este bonsái se demorará un par de semanas en recuperarse, es bastante daño estético, pero sobrevivirá,- dijo Mateo mientras seguía amarrando el tronco partido y las ramas rescatables con la bolsa.

La situación no era de lo más común, por más que ambos sostuvieran largas conversaciones rana-humano, para Mateo algo estaba cambiando en su plácida rutina de cultivador y experto en plantas. El barrio comenzó nuevamente a hablar entre chismes y una vez más el blanco de esto fue él, esta vez por diversas ocasiones en las que fue visto hablándole a los gatos y perros del lugar. Lo peor de todo era que Mateo efectivamente estaba hablándole a un gato negro con manchas grises que tenía la costumbre de dormir descaradamente estirado a un lado de la puerta de su casa, allí donde el sol golpeaba todo el día. No lo hizo sólo una vez, fueron muchas veces, Intentaba hablarle y seguía intentado y el gato sólo lo quedaba mirando despreocupado para seguir acicalándose como si nada hubiera sucedido.

Los rumores habían vuelto y Mateo sabía que tenía que hacer algo para que las cosas dentro del barrio no se salieran de control. Sabía que podían decirle brujo, satánico o quizás alguna otra conclusión loca que hubieran sacado por verlo comportarse de maneras extrañas.

Pero fue un día miércoles en la tarde, una tarde soleada cuando las verdaderas complicaciones se comenzarían a presentar. Mateo estaba trabajando un poco de tierra orgánica que él mismo creaba enterrando restos de comida, llámese cáscaras de frutas y verduras y comida en descomposición en ciertos lugares de su apretado patio. Este proceso producía en dos meses composta, un componente esencial de cualquier tierra nutritiva para cultivar.


El sol golpeaba directamente sobre su cabellera castaña desordenada y sobre su camiseta roja que traía un estampado de “Mc Donald’s, I’m loving it.” Mateo se secaba el sudor de la frente y Mo estaba en la sombra de un árbol remojándose en un pequeño recipiente de vidrio con una piedra y agua, cuando algo en el ambiente, algo instintivo comenzó a llamarle la atención y provocó inmediatamente que levantara la vista y comenzara a mirar el horizonte completo. Algo estaba por suceder pero no sabía qué, así que decidió hacer caso omiso a su instinto y continuó haciendo sus labores y enterrar lo que debería convertirse en composta en un futuro.

La tarde transcurrió normal, Mo seguía chapoteándose en su improvisada pecera, hablando sobre las estrepitosas aventuras de su corta vida y Mateo hurgaba entre las plantas por maleza que quitar. Revisaba un pequeño invernadero creado sólo con bolsas de supermercado donde tenía algunos tomates y algunas legumbres para su propia comida. Dio mantenimiento a algunos de sus bonsáis que estaban dispuestos en una repisa hecha a mano en la pared que daba al patio de su casa. Cumplió su rutina diaria normal y por dentro se sentía satisfecho, así que fue a darse una ducha rápida, como era de esperarse, para poder cocinar la cena para la noche que estaba cayendo rápidamente con un color carmesí en el horizonte.

Después de la ducha, y mientras se vestía Mateo, alguien comenzó a llamar a la puerta. Mateo sabía que no era alguien conocido por la manera de tocar, algo dentro de sí comenzó a darle la corazonada de que no se trataba de alguien común y corriente tampoco. Se acercó lentamente a la puerta, mientras lograba concentrarse para hacer algo. Mateo tomó un viejísimo palo que tenía cerca de la ventana y se acercó a ella para poder ver algo y solo distinguió una extraña silueta que no estaba acostumbrado a encontrar, dio un par de pasos y se llenó de valor y lo llevo hacia su brazo, donde estiró la mano y abrió la puerta rápidamente.

Click Aqui para el capitulo 4

jueves, 19 de noviembre de 2009

Capítulo 2


II

“Cómo está su fe en estos días, padre”, era una frase que le daba vueltas en la cabeza a un joven párroco en la ciudad de Valparaíso. A pesar de que él había sentido el llamado de Dios a la temprana edad de 12 años, por esos días su fe estaba bajo un estricto régimen de cuestionamiento. Franco sentía la responsabilidad de una aferrada y muy leal comunidad cristiana que buscaba su consejo y auxilio siempre, lo cual, por otro lado, le mantenía la mente lo suficientemente ocupada para alejarlo de las grietas que se habían generado muy sutilmente en esa muralla en su cabeza llamada Fe en Dios.

El punto no era que la fe del padre Franco no viniese mal fundada desde un principio, en realidad todo había sucedido de repente, pero a la vez con un ritmo muy lento y sutil. Comenzó con la llegada de un extraño hombre, de hecho, nadie lo vio llegar. Simplemente comenzó a vivir en la casa abandonada que estaba al final de la calle El Roble, la vieja casa que durante décadas nadie reclamó y que a nadie le importaba, esa vieja casa que era tan pequeña que nadie se interesó en arreglar o siquiera tomar como propiedad. Él simplemente tomó esa casa y comenzó a arreglarla, la levantó casi de las ruinas.

Al poco tiempo la gente del vecindario comenzó a ver esa casa con extrañeza, todos los gatos y perros callejeros parecían querer dormir cerca de ahí, los pocos rumores que circulaban eran positivos porque Valparaíso en ese entonces ya era conocido por la cantidad de animales callejeros que tiene rondando en sus calles y que al menos una persona que simpatizara con ellos de alguna u otra manera hacía que la comunidad o una buena parte de ella lo viese como algo positivo.

Al poco tiempo el rumor de un hombre que ayudaba a los animales desde su pobreza comenzó a rebotar en boca de todo el mundo, hasta se decía que llegaban animales heridos por sí solos a su casa para ser curados. Unos comenzaron a llamarle santo, otros lo llamaban brujo, pero el resultado fue siempre el mismo silencio y enigma que generaba aquel hombre con su aspecto casi senil que salía rara vez de su casa para alimentar a los perros.

El padre Franco siempre fue reticente a involucrarse en los comentarios del vecindario, los rumores y chismes se paseaban demasiado a menudo y en una buena cantidad por su iglesia y su cocina de alimento de caridad. Todos los que llegaban allí traían sus propias historias, cada cual más extraordinaria y más increíble que la otra, así que Franco ya tenía la piel gruesa contra relatos extraordinarios. Pero había un rumor que le estaba golpeando la cabeza, y era el de un viejo que apareció de la nada en la calle El Roble, que de la nada apreció en la pequeña casa abandonada, casi en ruinas, y que la recuperó levantándola desde sus propios cimientos.

El joven párroco sentía unos deseos fervientes de conocer a tal hombre, pero sabía que si acercaba avista y paciencia* de sus feligreses a esa casa, solo encendería aún más la llama de los rumores de sucesos santos o venidos desde el cielo. Así que uso su afilada y aguda astucia, que ya desde su temprana edad se hacía ver de vez en cuando y aprovecho un día martes, ya que los martes su iglesia abría su cocina a los vagabundos y gente necesitada ayudándola con un plato de comida. Sabía que aquel misterioso hombre se aparecería, su instinto le decía que si.

La espera esa mañana de martes no fue demasiado prolongada, antes de abrir la cocina ya había una fila de gente pobre pero extrañamente feliz afuera de la iglesia, esperando entre risas y agasajos entre ellos, como si fueran una sola comunidad reunida por la adversidad.

A las 9 de la mañana en punto se abrieron las puertas de la iglesia. La gente entraba conversando y saludando de mano al padre Franco que se había instalado estratégicamente en la entrada del comedor para ver la cara de cada persona que llegaba. No fue difícil distinguir a la persona que buscaba del resto, entre todos los vagabundos había una persona que era a simple vista distinta a las demás. Era un hombre de pelo largo oscuro y una barba medianamente larga, bastante pulcro para lo que acostumbraba ver franco en los días de cocina abierta de la iglesia. Al entrar caminando su presencia era extraña, entre amenazadora pero a la vez pacífica, pero definitivamente una persona que se hacía notar por sí sola sin decir una sola palabra; su estatura era como de un metro ochenta, y en su rostro se podía distinguir un mapa marcado de futuras arrugas mostrando que tenía alrededor de cuarenta y cinco a cincuenta años. Sus ojos, profundamente cafés, no se fijaban en un punto, no miraba a nadie y trataba de no hacer contacto visual con nadie. Avanzó lentamente, vestido con unos pantalones muy rotos, con una camiseta bastante ajada y con visibles agujeros en ella, pero lo que más resaltaba era una frazada vieja de gran tamaño que usaba como capucha para cubrir todo su cuerpo y parte de cabeza y rostro. La frazada estaba bastante a mal traer, de hecho se podría confundir muy simplemente con una alfombra vieja o un tapete sobre usado, pero lo que era anormal para ese ambiente, era que los agujeros, que eran varios y algunos bastante grandes, estaban tapados con ramas entrelazadas entre sí con un orden muy preciso que funcionaba como una cubierta totalmente simple.

Doña Margot, la señora que voluntariamente se ofrecía para repartir la comida en platos desde la gran olla donde se cocinaba el alimento, se sorprendió de una manera muy evidente y se asustó al ver que este hombre se acercó con una bandeja con un plato vacio y un pan a un lado. Se quedó mirándolo. De entre el aspecto ella lo reconoció como la persona que ayudaba a los animales y le ofreció una sonrisa y ella le dijo “muchas gracias buen hombre, por todo lo que hace por las criaturas”, el hombre sólo entregó de vuelta una sonrisa tranquilizadora y pacifica que pronto se volvió a una mesa desocupada, para sentarse a comer.

Franco sabía que ese era el momento preciso para conocerlo, así que se acercó a él, tomó la silla de al lado y le dijo muy discretamente:

-En nombre de toda la comunidad, quería darle las gracias por lo que ha hecho por los animales callejeros- dijo Franco con una distancia prudente.

-No hay de que…- dijo el hombre parcamente.

-Mi nombre es Franco, soy el párroco de esta iglesia.

-Sé quién es, sé que es el representante en el sector de la religión del Dios cristiano…- estas palabras sonaron con un rasgo de rudeza, pero no asustaron a Franco.

-Suena un poco tosco llamarlo así, pero sí, soy representante de la fe cristiana.

-Mi nombre es Aníbal…- dijo tímidamente mientras sumergía un trozo de pan en la sopa.

-Un gusto conocerlo, Aníbal, me gustaría saber más de usted, de dónde viene, a qué se dedica.

-Preferiría decirle que vengo de lejos y me dedico a observar las cosas.

-Eso suena un poco volátil, verá, yo quiero ver la manera de ayudarlo…- Franco dijo muy confiadamente, pero fue rápidamente interrumpido.

-Se equivoca, soy yo quien ha venido a ayudarlos…- estas palabras produjeron un lapsus de confusión pero también le gatilló cierta impaciencia.

-Mire, usted no me parece un alcohólico, ni un drogadicto, ni un loco atemporal, he escuchado demasiadas cosas parecidas en esta cocina. Si quiere ayudar, me parece una muy noble tarea, pero lo que trato de decirle es que he escuchado muchas cosas de usted y esas cosas son buenas, ha ayudado animales y retomó una casa que estaba en ruinas y comenzó a reconstruirla y a darle forma y vida a la calle donde vive. Pero deje que lo ayudemos, si usted es un agente positivo, me encantaría ayudarle en lo que pueda…- el padre Franco dio un respiro al terminar esta frase.

-Está bien, le permitiré ayudarme, pero debe guardar silencio y no hacer demasiadas preguntas y creo que por su formación religiosa debe tener experiencia en esto.

-Así es, dígame qué necesita y yo veré la manera de ayudarlo.- Franco se sintió un poco mas aliviado al sentir un poco más de simpatía de parte de Aníbal.

-Sólo necesito ayuda para terminar mi casa. Si tiene algunos materiales para darme, sería de mucha ayuda… y recipientes, maceteros para la tierra… ah y cosas orgánicas, desechos, cáscaras de fruta que no ocupe y cosas así.

Aníbal quedó mirando muy fijamente y sin expresión a Franco, quien sólo dejó soltar una carcajada y darle unas palmadas en la espalda a Aníbal.

-Todo el mundo aquí quiere dinero, quiere dinero para todo, y usted me pide tierra y maceteros, sin duda lo ayudaré… definitivamente me parece un hombre singular.

Franco se puso de pie pero se dio vuelta con la mano en el mentón como recordando algo.

-Antes de que se vaya, le daré un poco de ropa que llega aquí cada cierto tiempo, muy poca gente la quiere, creo que el sentido de la moda influye incluso sobre los más necesitados. Pasaré por su casa más tarde si no le molesta, para que conversemos y le llevaré algunas cosas también para que comience con lo que tenga en mente hacer.

Tras esto, Franco se retira sonriente como si hubiera conversado con una celebridad. Al marcharse, Aníbal lo observa y siente que Franco tiene la necesidad de ser partícipe de algo extraordinario y eso lo hizo sentir bien, y sentir que había llegado al lugar preciso.


Click aqui para leer el capítulo 3

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Capítulo 1


I


Mateo trabajaba felizmente en su casa, para muchos era simplemente una persona huraña y pobre más que vive en otro más de los cerros de Valparaíso. Muchos de sus vecinos no sólo se preguntaban porqué el joven de alrededor veinticinco años de edad salía poco de casa, también se preguntaban porqué hacia poca vida social en su vecindario, siendo que la calle inclinada llamada “El Roble”, en la que la humilde casa de Mateo se sostenía, se caracterizaba por su unión y continua actividad social. La gente de esa calle se conocía muchísimo entre sí, se conocían durante generaciones. Incontables generaciones de hijos que jugaron en la calle juntos hasta que las mismas madres, que también jugaron en esa calle cuando niñas, los hacían entrar de un grito a casa. Era un vecindario realmente armonioso, la amistad y solidaridad era un vínculo heredado en la calle el Roble.

Otra cosa que todo el mundo se preguntaba era cómo demonios esa casa aún no se caía sobre sus propios cimientos.  Era una casa muy vieja, sostenida a simple vista solamente por parches y trozos de maderas variopintas clavados sobre sí. La única ventana que tenía en la pobre fachada era la típica ventana que todo niño de cuatro años dibujaría: un cuadrado dividido en cuatro cuadrados más, claro que en vez de cuatro vidrios, solo tenía dos. Los otros dos cuadros superiores ostentaban una bolsa extendida, dispuesta solamente para evitar que algún viento helado se colara a la casa.

 Existían muchos mitos sobre Mateo en el barrio. No frecuentaba misa, no hablaba mucho con los demás, solo lo estricto y necesario. Su aspecto, no del todo desagradable,  era dispuestamente desarreglado. Es decir, si bien no era un andrajoso,  tampoco sería la portada de ninguna revista de modas. Siempre usaba la ropa que llegaba a la iglesia, camisetas sueltas con algún estampado que realmente no tenía nada que ver con su vida, y aún así no era un total desastre dentro de su estilo en el barrio. Mateo siempre trataba de mantener su pelo corto pero extrañamente éste tendía a crecer rápidamente hasta ser suficientemente corto como para que una peineta no pudiera dominarlo pero lo bastante largo como para lucir despeinado.

 Durante mucho tiempo se habló de que Mateo era una figura demoníaca o que tenía tratos con Satanás por su constante ausencia en la misa dominical, a la que el 99% de su barrio asistía puntualmente (más como una reunión social, o una educada manera de compartir chismes que una búsqueda de bendición). Este mito se derrumbó cuando el padre Franco, párroco de la iglesia del vecindario, contó abiertamente en una fiesta del barrio que conocía desde la infancia a Mateo y que no deberían temer de él, puesto que el sólo era un joven tímido. Aún mas sorprendidos los vecinos estuvieron cuando el padre Franco comentó que la casa de Mateo albergaba un vivero y en su interior muchas plantas habían crecido por todo el lugar y además, para su temprana edad, Mateo concentraba una impresionante sabiduría respecto a plantas y animales.

Y era verdad, Mateo era un joven que sin tener una educación universitaria, conocía muchas cosas que un biólogo titulado no podría ni imaginarse valiéndose sólo de su método científico.  Ese conocimiento fascinaba al padre Franco, que para ser un hombre de Dios y de explicaciones dogmáticas a fenómenos naturales, se fascinaba escuchando las curiosidades que le contaba Mateo sobre la vida, la flora y la fauna.  Si bien la timidez de Mateo lo hacía obviamente una persona silenciosa y reservada con sus opiniones, con el padre Franco solía tener acaloradas discusiones dentro de su hogar.

A pesar de que no se sabía mucho de cómo vivía, era obvio que en las plantas encontraba todos los alimentos que necesitaba para vivir. Aún así de vez en cuando bajaba el cerro para vender algún bonsái cuidado y cultivado por él en la tienda de David Marpas, que se encontraba en el centro de la ciudad.

 David Marpas era dueño de una tienda vivero que vendía diversas plantas y utensilios de jardinería.  David era un viejo de alrededor de 55 años bastante famoso por su corazón duro y olfato para el dinero, así que no tenía reparos en comprarle los bonsáis a Mateo a precios ridículamente bajos, pero que irónicamente revendía a precios altísimos. Además,  los bonsáis de Mateo se vendían particularmente rápido y eran muy buscados no sólo debido a las especies raras que lograba cultivar si no que además, el macetero en el cual lograba una hermosa presentación del árbol era de una exquisita artesanía hecha por él mismo.

 David Marpas alguna vez fue un gran botánico, famoso por su conocimiento de los árboles. Le apasionaba treparlos desde niño y olerlos. Esa pasión tuvo que pasar a segundo plano cuando se convirtió en papá de Martina Marpas, quien era su tesoro más preciado, y que a la vez lo obligó a bajar sus sueños de los arboles, para plantarlos en su tienda,  llamada “Susana de los ojos negros” en honor a la fallecida esposa y madre de su familia. La relación que mantenía Mateo con David era curiosa. David siempre sentía que Mateo era un pobre hombre sin demasiadas aspiraciones y sentía pena al verlo hacer tratos a bajísimos precios por especies que ambos sabían que podrían ser bastante valiosas.

Aún así había cosas que le llamaban la atención a David de Mateo, no era sólo su humildad y falta de ambición, si no también su amplio conocimiento, además de la extraña habilidad de reconocer especies a simple vista sin necesidad de identificar el follaje de una planta. Reconocía enfermedades y padecimientos de las mismas casi con sólo acercarse a ellas. En el fondo, David disfrutaba hablando con Mateo, representaba más que un enigma, era alguien con quien discutir de aquello que más le apasionaba, de árboles y plantas. Mateo era el único que había resuelto el enigma del nombre de la tienda, que no sólo era el nombre de su amada esposa, también era el nombre de una planta trepadora de árboles, que en el fondo era la afición preferida de David cuando niño.

 Martina Marpas era una joven de veintitrés años, estudiante universitaria de Ingeniería Medioambiental.  A pesar de la influencia paternal, Martina siempre había tenido cierta apatía por la cercanía con las plantas que tenía su padre.   Ella llevaba una vida medianamente normal para el planeta en que vivimos, sus sueños eran prácticamente normales para cualquier ser humano, tener una carrera universitaria, tener un buen trabajo, ganar mucho dinero, tener un novio importante y casarse con él, tener hijos y vivir en ese mundo que cualquiera querría.

La relación entre Martina y Mateo era nula con tendencia al total fracaso, ella veía a Mateo simplemente como una persona pobre que mendigaba dinero con un par de plantas en las manos. No existían vestigios de simpatía entre Martina y Mateo, de hecho, Mateo nunca demostró demasiado interés en Martina, a pesar de que ella, con su pelo ondulado castaño claro casi a punto de ser rubio, su estatura media, o su figura delgada y fina, su nariz respingada o sus profundos ojos celestes tenía razones suficientes para que ningún hombre la ignorara. A pesar de esto,  Mateo parecía no sentir mayor interés por ella, por conocerla o conversar con ella, incluso cuando Martina trataba de entrar en las profundas charlas botánicas entre él  y su padre. Y era verdad, la timidez de Mateo podía ser vista externamente de manera muy fácil como el acto más simple de desinterés y desprecio.

 Tras el regreso a casa después de la jornada de venta de bonsáis y las interminables conversaciones con David Marpas, Mateo comenzaba el lento ascenso por las calles de Valparaíso con un ritmo lento y tranquilo. Su paso reflejaba paz, pero su mirada baja, de esas que tratan de no hacer contacto con la mirada de los demás, hacia ver a una persona que resaltaba curiosamente entre el resto, pero eran pocas las personas que lo conocían lo suficiente como para poder tomar aquello por un hecho.

 El regreso a casa era siempre igual y rutinario, al menos para Mateo, abría la puerta lentamente porque sabía que tenía algunas plantas que se molestarían al ver alguna de sus hojas comprometidas por el movimiento de la puerta.  La casa era bastante iluminada, llena de tragaluces construidos uno por uno en distintas épocas y con distintos materiales, la cantidad de especímenes impresionaría al más fanático de las plantas. La casa en sí estaba bastante llena de pequeños agujeros y de tablas torcidas y separadas entre sí, se notaba que era una casa vieja, pero las plantas en cierta manera crecieron y encontraron el lugar perfecto y armónico para vivir allí. Cada agujero que podría haber hecho entrar agua en una lluvia estaba cubierto por una planta que ocupaba esa filtración para llenarse de nutrientes, y cada tabla separada y torcida estaba cubierta con alguna humilde y frondosa enredadera o planta de flor para impedir la entrada de viento frio durante invierno.

El costado de la casa que daba hacia la ladera del cerro tenía una vista impresionante de Valparaíso y una vista genial hacia el mar que colinda con la ciudad puerto.  En ese mismo costado de la casa había un pequeño balcón que era usado comúnmente por los gatos callejeros que de alguna manera extraña siempre se refugiaban allí en las heladas, y muchas veces sin ellas también.

A pesar de todo, la zona en la que debería vivir un humano común estaba de alguna manera extraña, en armonía con el exhuberante ambiente natural de la casa. La cama de mateo, a pesar de la humildad, era bastante ordenada y limpia, estaba exenta de toda tierra, planta o agua. La mesa del comedor que muy a menudo hacia de escritorio y mesa de trabajo también estaba libre de la presencia de cualquier cosa que no fuera humana. El piso de madera, a pesar de la presencia vegetal, estaba reluciente y el baño también era común y corriente.

 La vida era feliz bajo esta básica pero extraña rutina para Mateo, su vecindario lo aceptaba e incluso sentía cariño por él y su extraña morada. Incluso los niños tendían a curiosear por allí. Pero fue una tarde de un nublado lunes cuando la vida de Mateo cambió para siempre, cuando de la nada, mientras él revisaba algunas de sus plantas, en medio de la lluvia que caía ruidosamente sobre el techo de la casa, Mateo escucho el golpear algo desesperado de la puerta de calle. Al abrir se encontró con Martina Marpas y en sus manos un bonsái roto por la mitad.

-Lo ha roto mi novio sin querer,- la expresión de Martina era inexplicablemente rara, sobre todo la mezcla de los profundos ojos celestes que se agudizaban con una extrañada pero curiosa mirada hacia el interior de la casa llena de plantas,- ¿puedes arreglarlo?,- replicó ella.

-Creo que sí, pasa, adelante- Mateo contestó, con su normal tinte de timidez.

–Déjame verlo,- dijo Mateo mientras lentamente tomaba el macetero con la planta dañada medio a medio.

-Si se entera mi padre que rompí ese bonsái, me mata- Martina hablaba, pero realmente estaba interesada en ver cómo el hogar de Mateo convivía con las plantas, que hacía que toda el agua pudiera entrar, llegase a alguna planta u otra. Era un espectáculo.

-Tendrás que dejarlo conmigo un par de días, hasta que vea que este bien y te lo devuelvo- dijo Mateo, dando un implacable diagnostico de la situación.

Martina se quedo mirándolo, más que todo con curiosidad de cómo alguien así de joven convivía con un ambiente tan armónicamente natural como ese, y en medio de la ciudad. Pero la atención de Martina quedo en un pequeño shock, cuando Mateo se dio la vuelta para revisar sus herramientas. La camiseta que llevaba puesta y que había recogido de la iglesia, mostraba el vestigio en la espalda de un estampado que decía “sex instructor”, cosa que causó entre gracia y repulsión a Martina que no estaba acostumbrada a ese tipo de estética y sentido de la moda.

-¿Tienes teléfono para preguntarte cuándo venir?,- preguntó Martina mientras buscaba en su bolso café claro su teléfono celular.

-No.- Mateo se quedo observándole muy sinceramente a Martina los ojos, y ella se detuvo en un instante de silencio en observar los ojos café claro que la escrutaban de una manera tan profunda que sintió que de una forma extraña la necesidad de quitar su mirada de allí y seguir buscando en su bolso.

-Entonces dame tu numero de celular.- Martina dijo mientras aún se escuchaba el movimiento de un montón de cosas en su interior.

-No tengo celular.- La mirada de Mateo aún se mantenía en pie observándola, y Martina nuevamente chocó su mirada con la de él sin darse cuenta. Ella pregunto:

-Entonces ¿cómo te ubican?, ¿o cómo te puedo ubicar yo?

- Yo siempre estoy aquí- dijo Mateo.

-Bueno, entonces  tendré que venir yo en un par de días. Supongo que te encontrare aquí mismo, hasta entonces, nos veremos, tengo que marcharme rápidamente.

-Hasta luego.- Mateo casi no había terminado de decir estas palabras, cuando Martina ya había cerrado su puerta.

Cualquiera diría que esto era un gesto de desprecio, pero Mateo en su interior comprendía la repulsión que en cierta manera sentía Martina en su interior, o el susto que le producía la curiosidad por la vida de Mateo.  Pero aún así, allí estaba él, haciendo cálculos mentales de la actitud de Martina cuando escucho un croar leve. Y pensó:

-¿Una rana?, ¿aquí?...

No pasaron muchos segundos para averiguar que el croar venia desde el bonsái roto que tenía en su mano, al acercarlo a su ojo, vio una rana de unos  5cm de un verde vivaz y profundos ojos rojos que lo observaba con mucho relajo desde la tierra mojada y el musgo del bonsái. El animal estaba totalmente fuera de lugar en la zona y lugar geográfico, así que esto generaba un enigma y un divertido ejercicio mental para Mateo.  Al verlo más de cerca y examinarlo, Mateo no pudo evitar esbozar una sonrisa y decir al viento:

-Eres un pequeño animalito bastante feo, pero simpático.

Pero de entre los croares, la rana le respondió claramente.

-Lo dices como si tu pelo hiciera juego con tu horrible cara

Capitulo 2

Créditos:

Historia original: Sebastián Leonardo