
IV
La puerta sonó con un sutil y tímido sonido; el día estaba cubierto por nubes que amenazaban con hacer caer la lluvia y pintaban la escena en grises. El joven padre Franco no esperaba que la respuesta a la puerta que golpeaba se demorara tanto, por un instante pensó en retirarse, pero la puerta sonó con un crujido violento y comenzó a abrirse, la madera hinchada no permitía que se abriese totalmente. Detrás de esta imagen comenzó a aparecer la silueta de un hombre delgado y erguido, era Aníbal con su extraña presencia que hacia un sutil gesto para entrar a Franco quien llevaba un par de bolsas con recipientes y fuentes de plástico así como un par de ollas pequeñas.Al entrar, la escena era extraña, el trabajo de levantar una pequeña casa abandonada se notaba titánica, demasiado para solo un hombre, el piso aún parecía que fuera de tierra y la madera que alguna vez tuvo esa función aún no se asomaba por ningún lado. Había restos de bolsas, cajas, tetra packs, botellas de plástico y basura diversa por todos lados, el olor era insoportable, pero a pesar de eso el trabajo se estaba efectuando bastante bien. Aníbal estaba con un par de bolsas en las manos y estaba clasificando la basura. En una esquina estaban las botellas vacías y recipientes de plástico, en otro estaban las cajas tetra packs, en otro lugar las bolsas y en una bolsa gigante estaba un mal oliente conjunto de basura orgánica, diversas cosas que mostraban diferentes grados de descomposición.
El padre Franco no pudo evitar taparse la nariz como pudo y dejar las bolsas a un costado. El olor le había golpeado de lleno, no estaba acostumbrado a eso, pero la mirada de Aníbal le hizo sentir que o era parte de la solución o simplemente era un estorbo como cualquier bolsa vieja tirada en el piso. Así que Franco dijo inmediatamente:
- Wow, es un trabajo impresionante el que llevas y el que te queda por hacer.
- Así es, no sé cuánto tiempo esta casa estuvo abandonada, pero juzgando por la cantidad de basura esto estuvo así por más de diez años. ¿Conoces a los dueños originales de este lugar?
- Llevo aquí siete años y esta casa ya estaba abandonada cuando llegue yo, según lo que dicen los lugareños llevaba mucho más desocupada, y nadie sabe puntualmente que paso con los dueños o quienes fueron los ocupantes de esta casa- dijo Franco mientras abría las bolsas con las cosas que había traido a su lado.
- Entonces no creo que alguien se moleste por ocupar este lugar, además creo que debería ser temporal,- dijo Aníbal mientras comenzaba a revisar las cosas que había traído Franco.
- Traje recipientes de plástico, unos maceteros que habían olvidado en la parroquia, un poco de comida, una olla y no sé qué mas podría necesitar.
- Una pala, una grande y una pequeña,- dijo Aníbal sin dejar una pausa entre medio.
- ¿Pala?... puedo prestarle la que usamos en la iglesia, y creo que tengo una pala de jardinería también, pero causa demasiada curiosidad.
- Voy a hacer composta, necesito reciclar y reutilizar toda esta basura,- dijo Aníbal muy secamente.
- Pero aquí tenemos muchos dispensadores de basura, funcionan muy bien y la recogen todos los miércoles sin falta, te podría agilizar el trabajo…- dijo Franco inocentemente.
- El sacar la basura de aquí, juntarla y enviarla a otro lugar donde hay más basura y el pretender que ese lugar con basura no existe y olvidarse de eso… no es disponer de la basura, es simplemente ser inconsciente y vivir a expensas de su propia inconsciencia.- Las palabras de Aníbal sonaron más fuertes que cualquier sermón de misa.
- Oh, veo que es ambientalista,- dijo Franco sorprendido de tal reflexión.
- Si es así como le llaman, supongo que si. Ahora, no sé si realmente estás con la indumentaria adecuada pero me podrias ayudar clasificando la basura, entre orgánica, botellas de plástico, plástico en general y botellas, y los envases útiles déjalos en otro lugar.
El joven Franco dudó por instante y pensó en inventar una excusa para devolverse a la parroquia, pero al ver a Aníbal tan empecinado en sacar el lugar adelante, se arremangó su camisa negra y se soltó un poco el alzacuellos que sobresalía con el blanco típico y distintivo de los sacerdotes.
Aníbal sin querer también se habia dejado llevar por la curiosidad que le causaba Franco, el porqué le ayudaba sin grandes preguntas, aunque cada vez que hablaban pequeñas frases, él sabía que el joven párroco estaba pensando en su sagaz cabeza la manera más inteligente de preguntarle el más simple de los porqués. En un momento cuando Aníbal llevaba la segunda bolsa grande con restos de basura orgánica, trató de indagar en la curiosidad más básica.
-Señor Franco, ¿qué es lo que hizo que usted se dedicara por completo a la religión?,- dijo Aníbal mientras alineaba las bolsas en un patio lleno de maleza de una altura prominente, y volvía a entrar a seguir su labor.
Franco rió sutilmente ya que era una pregunta que todos le hacían en algun momento.
-No fue una visión divina ni un ataque de fe, sólo fue una opción, una alternativa… bastante valida. Cuando niño me di cuenta que me gustaba ayudar,- Franco respondió livianamente mientras lanzaba un par de botellas hacia un rincón,- me gusta ser sacerdote, ayudar a la comunidad, ayudar a la gente a que tenga esperanzas…
-¿Esperanzas?... ¿esperanzas de qué?
-Esperanzas de que todo puede mejorar,- dijo Franco mirando a Aníbal quien comenzaba a remover la tierra del piso con una botella de plastico partida en la mitad.
-Un ser debería poder mejorar sin la ayuda de una institución, pero me parece una idea noble.
-¿Por qué dice eso?,- preguntó Franco al procesar la respuesta.
-Porque en la naturaleza, las cosas mejoran por necesidad propia, una chita mejorará cuando trate de cazar y atrape una gacela, y una gacela mejorará cuando no la atrape una chita. No se nesecitan intermediarios, en la naturaleza no importa cómo estás, si tienes que correr, deberás hacerlo mejor cada vez.
-Pero eso es donde nosotros nos diferenciamos de los animales, tenemos la capacidad de amar, de discernir y tomar desiciones.
-Bueno, he escuchado una postura parecida en otro momento pero con otro enfoque y mucho más radical, pero el hecho es que el ser humano es parte de la naturaleza, que no se sienta parte de ella es donde radica el problema, y en vez de aceptarlo junta basura y la olvida en un algun lugar en común, y así sus propios desechos no les arruinan la postal de seres superiores y sofisticados,- Aníbal respondió como si se estuviera desahogando.
-No necesito indagar mucho para darme cuenta que tiene un poco de resentimiento en su respuesta, pero creo que tiene mucha razon,- dijo Franco tratando de tomar el tema desde un costado.
-Digamos que recién estoy haciendo las pases con una parte de mí que dejé hace mucho tiempo atrás.- Dijo Aníbal con cierta melancolía en su voz.
-Creo que eres una persona interesante, Anibal, me interesaría saber mas de esos ideales de los que hablas,- dijo Franco mientras tomaba un respiro.
-No son ideales, es una forma de vida. Pero creo que te hablare de esto en otro momento, cuando esto esté funcionando,- dijo Aníbal mientras miraba el rostro del joven párroco.
Aníbal sabía interiormente que Franco lo vería con cierta condescendecia y compasión cuando lo conociera, pero también sabía que interiormente, la única persona que lo podria ayudar y entederlo dentro de la comunidad era él.-¿De dónde viene, señor Anibal?...- preguntó Franco con un tono leve.
-Desde muy lejos,- respondio Aníbal después de un fugaz momento de reflexión.
-¿Desde dónde?,- preguntó Franco, pero no obtuvo respuesta alguna, Aníbal sólo guardó silencio para mantenerse.
La mente de Franco era incapaz en ese entonces de creer en algo sobrenatural o fantastico. Así que los prejuicios afloraron en su mente, primero creyó que era un exconvicto, después pensó que era un fanático loco, pero después la imagen de su hermano mayor, aquel hippie idealista recalcitrante que falleció en la epoca de la dictadura varias décadas atrás, apareció en su mente. Todas esas voces rebotaron en la cabeza de Franco en una milésima de segundo. Su hermano perdido, el extrañarlo, la noticia de su muerte, el llanto de su madre, la rabia de su padre; el silencio, sobre todo el silencio en la cena. La mesa con platos con un puesto menos, el silencio aún allí durante años, como una visita podrida, y por esa milésima de segundo se sentó en esa mesa, y sintió en su cabeza todas esas preguntas que para un niño pequeño parecían lógicas pero no podía preguntar: ¿por qué no come con nosotros?, ¿murió?, ¿cómo?, ¿lo mataron?, ¿quién fue?, ¿por qué? Toda una batería de preguntas que eternamente chocó en un silencio sepulcral en su familia.
Los ojos de Franco se habian quedado mirando el vacío, perdido en su niñez de los años 80, cuando una mano amistosa se posó en su hombro.
-Se me habia olvidado agradecerte, eres un buen hombre,- dijo Aníbal.
Franco solo pudo responder con una sonrisa.
-Tengo que marcharme, ya va a ser hora de la cena en la iglesia, mañana traeré las palas que me pidió, sin falta.
-Está bien,- respondió Aníbal,- yo tengo que ver una manera rapida y efectiva de quitar el barro y la tierra del piso lo mas pronto posible.
-Bueno, yo me voy, tengo mucho qué hacer. y me esperan para cenar. Hasta mañana Don Aníbal.
-Dime Aníbal, no me trates de don.- dijo Aníbal mientras se rascaba la cabeza pensando en qué hacer con el piso con barro y tierra que no dejaba ver el verdadero piso de madera que había en la casa.
-Está bien, hasta luego Aníbal.
Al retirarse Franco, notó que el piso tomaria un trabajo infernal y de varios dias, y al ver a Franco cerrar la puerta se dio cuenta que estaba demasiado delgado, con un torso casi en los huesos.
Esa noche, Franco no pudo dormir tan facilmente como otras veces, había un demonio muy viejo azotándole en la cabeza, el silencio le volvia a azotar, se mezclaba con el silencio de Aníbal, era toda una mezcolanza de sensaciones, la fe, y la pregunta de porqué es sacerdote, su fe se estaba cayendo de a un grano de arena a la vez en una muralla de cien metros de altura, y Franco escuchaba el sonido de cada grano de arena golpeando el suelo de su conciencia como un tambor añejo.
Al día siguiente el sol golpeaba como era de costumbre en primavera, la brisa hacia que el dia fuera exquisito, ni muy caluroso ni muy fresco. Los colores naranjas que caían sobre la calle el Roble eran dignos de una fotografia, los niños jugaban como un día cualquiera, y el padre Franco sonreía junto a ellos y saludaba a las señoras que se le acercaban desde las puertas y las ventanas. Los cuchicheos no se dejaban esconder, viendo a un joven párroco, con su alzacuello medio suelto en una camisa holgada negra y con una pala en la espalda y guantes de jardinero. Era muy curioso, pero al llegar al final de la calle la atención se la robo inevitablemente la escena que se presentaba, fuera de la casa había al menos cinco perros callejeros durmiendo en la entrada de la casa con una fuente de agua pequeña hecha a partir de botellas. Se veía bastante bien y los perros parecían agradecidos dentro de la pereza que comunicaban en sus descuidadas poses en el suelo. Al mirar al techo de la casa se dio cuenta que había también alrededor de siete u ocho gatos durmiendo con la misma calma que sus camaradas caninos y uno color café lo miraba con rostro de desgano hacia abajo mientras se acicalaba la cola.
Franco no pudo evitar pensar en lo curioso que era que de todo un barrio de casas, muchas de las cuales eran más cómodas y con más comida que esta, ellos preferían pasar el calor aquí, en la más pobre. Llegó a pensar que habia algo sobrenatural en la presencia de los animales, pero ese sólo pensamiento le hizo aflorar una media sonrisa mientras llamaba a la puerta y acariciaba a un perro que desde su aún perezosa postura en el suelo levantaba la cabeza con las orejas hacia atrás, agradeciendo el gesto de cariño gratuito.
Al abrirse la puerta, su corazón dio un golpe demasiado fuerte, o estaba latiendo muy rápido, no sabía. De pronto, cuando la puerta estuvo completamente abierta, la imagen que vio le erizó los pelos hasta sus bases, al punto que se le cayeron ambas palas de las manos de la impresión y literalmente el mentón bajo quedó balanceándose idióticamente.
El suelo de tierra no estaba más y en su lugar había muchas raicillas saliendo entre las aberturas del piso de madera que se dejaba ver descaradamente, casi como si nunca hubiera estado cubierto con tierra o barro. Algunas raíces más gruesas se asomaban, y en el fondo, el lugar aún parecía una casa vieja, pero el aspecto daba la impresión de nunca haber estado deshabitada. Era una labor que ha vista de cualquiera era sobrenatural.
-Pedí un poco de ayuda para terminar el trabajo,- dijo Aníbal mientras tomaba las palas que se cayeron al suelo.
La cabeza de Franco, al ser un hombre de fe cristiana, sólo giraba sobre un corto circuito gigante, todos los cálculos y ecuaciones que sacaba su cabeza terminaban en más preguntas y de entre todas sus posibilidades, la presencia de un hecho eventualmente inexplicable, sumado a la negación del mismo, sumado al inquisidor interior que todo humano activa cuando la ignorancia se aparea con el orgullo, le dieron como resultado una sola palabra que sonó con un profundo e ingenuo eco en su cabeza, “brujería”.









