
I
Mateo trabajaba felizmente en su casa, para muchos era simplemente una persona huraña y pobre más que vive en otro más de los cerros de Valparaíso. Muchos de sus vecinos no sólo se preguntaban porqué el joven de alrededor veinticinco años de edad salía poco de casa, también se preguntaban porqué hacia poca vida social en su vecindario, siendo que la calle inclinada llamada “El Roble”, en la que la humilde casa de Mateo se sostenía, se caracterizaba por su unión y continua actividad social. La gente de esa calle se conocía muchísimo entre sí, se conocían durante generaciones. Incontables generaciones de hijos que jugaron en la calle juntos hasta que las mismas madres, que también jugaron en esa calle cuando niñas, los hacían entrar de un grito a casa. Era un vecindario realmente armonioso, la amistad y solidaridad era un vínculo heredado en la calle el Roble.
Otra cosa que todo el mundo se preguntaba era cómo demonios esa casa aún no se caía sobre sus propios cimientos. Era una casa muy vieja, sostenida a simple vista solamente por parches y trozos de maderas variopintas clavados sobre sí. La única ventana que tenía en la pobre fachada era la típica ventana que todo niño de cuatro años dibujaría: un cuadrado dividido en cuatro cuadrados más, claro que en vez de cuatro vidrios, solo tenía dos. Los otros dos cuadros superiores ostentaban una bolsa extendida, dispuesta solamente para evitar que algún viento helado se colara a la casa.
Existían muchos mitos sobre Mateo en el barrio. No frecuentaba misa, no hablaba mucho con los demás, solo lo estricto y necesario. Su aspecto, no del todo desagradable, era dispuestamente desarreglado. Es decir, si bien no era un andrajoso, tampoco sería la portada de ninguna revista de modas. Siempre usaba la ropa que llegaba a la iglesia, camisetas sueltas con algún estampado que realmente no tenía nada que ver con su vida, y aún así no era un total desastre dentro de su estilo en el barrio. Mateo siempre trataba de mantener su pelo corto pero extrañamente éste tendía a crecer rápidamente hasta ser suficientemente corto como para que una peineta no pudiera dominarlo pero lo bastante largo como para lucir despeinado.Durante mucho tiempo se habló de que Mateo era una figura demoníaca o que tenía tratos con Satanás por su constante ausencia en la misa dominical, a la que el 99% de su barrio asistía puntualmente (más como una reunión social, o una educada manera de compartir chismes que una búsqueda de bendición). Este mito se derrumbó cuando el padre Franco, párroco de la iglesia del vecindario, contó abiertamente en una fiesta del barrio que conocía desde la infancia a Mateo y que no deberían temer de él, puesto que el sólo era un joven tímido. Aún mas sorprendidos los vecinos estuvieron cuando el padre Franco comentó que la casa de Mateo albergaba un vivero y en su interior muchas plantas habían crecido por todo el lugar y además, para su temprana edad, Mateo concentraba una impresionante sabiduría respecto a plantas y animales.
Y era verdad, Mateo era un joven que sin tener una educación universitaria, conocía muchas cosas que un biólogo titulado no podría ni imaginarse valiéndose sólo de su método científico. Ese conocimiento fascinaba al padre Franco, que para ser un hombre de Dios y de explicaciones dogmáticas a fenómenos naturales, se fascinaba escuchando las curiosidades que le contaba Mateo sobre la vida, la flora y la fauna. Si bien la timidez de Mateo lo hacía obviamente una persona silenciosa y reservada con sus opiniones, con el padre Franco solía tener acaloradas discusiones dentro de su hogar.
David Marpas era dueño de una tienda vivero que vendía diversas plantas y utensilios de jardinería. David era un viejo de alrededor de 55 años bastante famoso por su corazón duro y olfato para el dinero, así que no tenía reparos en comprarle los bonsáis a Mateo a precios ridículamente bajos, pero que irónicamente revendía a precios altísimos. Además, los bonsáis de Mateo se vendían particularmente rápido y eran muy buscados no sólo debido a las especies raras que lograba cultivar si no que además, el macetero en el cual lograba una hermosa presentación del árbol era de una exquisita artesanía hecha por él mismo.
David Marpas alguna vez fue un gran botánico, famoso por su conocimiento de los árboles. Le apasionaba treparlos desde niño y olerlos. Esa pasión tuvo que pasar a segundo plano cuando se convirtió en papá de Martina Marpas, quien era su tesoro más preciado, y que a la vez lo obligó a bajar sus sueños de los arboles, para plantarlos en su tienda, llamada “Susana de los ojos negros” en honor a la fallecida esposa y madre de su familia. La relación que mantenía Mateo con David era curiosa. David siempre sentía que Mateo era un pobre hombre sin demasiadas aspiraciones y sentía pena al verlo hacer tratos a bajísimos precios por especies que ambos sabían que podrían ser bastante valiosas.
Aún así había cosas que le llamaban la atención a David de Mateo, no era sólo su humildad y falta de ambición, si no también su amplio conocimiento, además de la extraña habilidad de reconocer especies a simple vista sin necesidad de identificar el follaje de una planta. Reconocía enfermedades y padecimientos de las mismas casi con sólo acercarse a ellas. En el fondo, David disfrutaba hablando con Mateo, representaba más que un enigma, era alguien con quien discutir de aquello que más le apasionaba, de árboles y plantas. Mateo era el único que había resuelto el enigma del nombre de la tienda, que no sólo era el nombre de su amada esposa, también era el nombre de una planta trepadora de árboles, que en el fondo era la afición preferida de David cuando niño.
Martina Marpas era una joven de veintitrés años, estudiante universitaria de Ingeniería Medioambiental. A pesar de la influencia paternal, Martina siempre había tenido cierta apatía por la cercanía con las plantas que tenía su padre. Ella llevaba una vida medianamente normal para el planeta en que vivimos, sus sueños eran prácticamente normales para cualquier ser humano, tener una carrera universitaria, tener un buen trabajo, ganar mucho dinero, tener un novio importante y casarse con él, tener hijos y vivir en ese mundo que cualquiera querría.
La relación entre Martina y Mateo era nula con tendencia al total fracaso, ella veía a Mateo simplemente como una persona pobre que mendigaba dinero con un par de plantas en las manos. No existían vestigios de simpatía entre Martina y Mateo, de hecho, Mateo nunca demostró demasiado interés en Martina, a pesar de que ella, con su pelo ondulado castaño claro casi a punto de ser rubio, su estatura media, o su figura delgada y fina, su nariz respingada o sus profundos ojos celestes tenía razones suficientes para que ningún hombre la ignorara. A pesar de esto, Mateo parecía no sentir mayor interés por ella, por conocerla o conversar con ella, incluso cuando Martina trataba de entrar en las profundas charlas botánicas entre él y su padre. Y era verdad, la timidez de Mateo podía ser vista externamente de manera muy fácil como el acto más simple de desinterés y desprecio.
Tras el regreso a casa después de la jornada de venta de bonsáis y las interminables conversaciones con David Marpas, Mateo comenzaba el lento ascenso por las calles de Valparaíso con un ritmo lento y tranquilo. Su paso reflejaba paz, pero su mirada baja, de esas que tratan de no hacer contacto con la mirada de los demás, hacia ver a una persona que resaltaba curiosamente entre el resto, pero eran pocas las personas que lo conocían lo suficiente como para poder tomar aquello por un hecho.
El regreso a casa era siempre igual y rutinario, al menos para Mateo, abría la puerta lentamente porque sabía que tenía algunas plantas que se molestarían al ver alguna de sus hojas comprometidas por el movimiento de la puerta. La casa era bastante iluminada, llena de tragaluces construidos uno por uno en distintas épocas y con distintos materiales, la cantidad de especímenes impresionaría al más fanático de las plantas. La casa en sí estaba bastante llena de pequeños agujeros y de tablas torcidas y separadas entre sí, se notaba que era una casa vieja, pero las plantas en cierta manera crecieron y encontraron el lugar perfecto y armónico para vivir allí. Cada agujero que podría haber hecho entrar agua en una lluvia estaba cubierto por una planta que ocupaba esa filtración para llenarse de nutrientes, y cada tabla separada y torcida estaba cubierta con alguna humilde y frondosa enredadera o planta de flor para impedir la entrada de viento frio durante invierno.
El costado de la casa que daba hacia la ladera del cerro tenía una vista impresionante de Valparaíso y una vista genial hacia el mar que colinda con la ciudad puerto. En ese mismo costado de la casa había un pequeño balcón que era usado comúnmente por los gatos callejeros que de alguna manera extraña siempre se refugiaban allí en las heladas, y muchas veces sin ellas también.
A pesar de todo, la zona en la que debería vivir un humano común estaba de alguna manera extraña, en armonía con el exhuberante ambiente natural de la casa. La cama de mateo, a pesar de la humildad, era bastante ordenada y limpia, estaba exenta de toda tierra, planta o agua. La mesa del comedor que muy a menudo hacia de escritorio y mesa de trabajo también estaba libre de la presencia de cualquier cosa que no fuera humana. El piso de madera, a pesar de la presencia vegetal, estaba reluciente y el baño también era común y corriente.
La vida era feliz bajo esta básica pero extraña rutina para Mateo, su vecindario lo aceptaba e incluso sentía cariño por él y su extraña morada. Incluso los niños tendían a curiosear por allí. Pero fue una tarde de un nublado lunes cuando la vida de Mateo cambió para siempre, cuando de la nada, mientras él revisaba algunas de sus plantas, en medio de la lluvia que caía ruidosamente sobre el techo de la casa, Mateo escucho el golpear algo desesperado de la puerta de calle. Al abrir se encontró con Martina Marpas y en sus manos un bonsái roto por la mitad.
-Lo ha roto mi novio sin querer,- la expresión de Martina era inexplicablemente rara, sobre todo la mezcla de los profundos ojos celestes que se agudizaban con una extrañada pero curiosa mirada hacia el interior de la casa llena de plantas,- ¿puedes arreglarlo?,- replicó ella.
-Creo que sí, pasa, adelante- Mateo contestó, con su normal tinte de timidez.
–Déjame verlo,- dijo Mateo mientras lentamente tomaba el macetero con la planta dañada medio a medio.
-Si se entera mi padre que rompí ese bonsái, me mata- Martina hablaba, pero realmente estaba interesada en ver cómo el hogar de Mateo convivía con las plantas, que hacía que toda el agua pudiera entrar, llegase a alguna planta u otra. Era un espectáculo.
-Tendrás que dejarlo conmigo un par de días, hasta que vea que este bien y te lo devuelvo- dijo Mateo, dando un implacable diagnostico de la situación.
Martina se quedo mirándolo, más que todo con curiosidad de cómo alguien así de joven convivía con un ambiente tan armónicamente natural como ese, y en medio de la ciudad. Pero la atención de Martina quedo en un pequeño shock, cuando Mateo se dio la vuelta para revisar sus herramientas. La camiseta que llevaba puesta y que había recogido de la iglesia, mostraba el vestigio en la espalda de un estampado que decía “sex instructor”, cosa que causó entre gracia y repulsión a Martina que no estaba acostumbrada a ese tipo de estética y sentido de la moda.
-¿Tienes teléfono para preguntarte cuándo venir?,- preguntó Martina mientras buscaba en su bolso café claro su teléfono celular.
-No.- Mateo se quedo observándole muy sinceramente a Martina los ojos, y ella se detuvo en un instante de silencio en observar los ojos café claro que la escrutaban de una manera tan profunda que sintió que de una forma extraña la necesidad de quitar su mirada de allí y seguir buscando en su bolso.
-Entonces dame tu numero de celular.- Martina dijo mientras aún se escuchaba el movimiento de un montón de cosas en su interior.
-No tengo celular.- La mirada de Mateo aún se mantenía en pie observándola, y Martina nuevamente chocó su mirada con la de él sin darse cuenta. Ella pregunto:
-Entonces ¿cómo te ubican?, ¿o cómo te puedo ubicar yo?
- Yo siempre estoy aquí- dijo Mateo.
-Bueno, entonces tendré que venir yo en un par de días. Supongo que te encontrare aquí mismo, hasta entonces, nos veremos, tengo que marcharme rápidamente.
-Hasta luego.- Mateo casi no había terminado de decir estas palabras, cuando Martina ya había cerrado su puerta.
Cualquiera diría que esto era un gesto de desprecio, pero Mateo en su interior comprendía la repulsión que en cierta manera sentía Martina en su interior, o el susto que le producía la curiosidad por la vida de Mateo. Pero aún así, allí estaba él, haciendo cálculos mentales de la actitud de Martina cuando escucho un croar leve. Y pensó:
-¿Una rana?, ¿aquí?...
No pasaron muchos segundos para averiguar que el croar venia desde el bonsái roto que tenía en su mano, al acercarlo a su ojo, vio una rana de unos 5cm de un verde vivaz y profundos ojos rojos que lo observaba con mucho relajo desde la tierra mojada y el musgo del bonsái. El animal estaba totalmente fuera de lugar en la zona y lugar geográfico, así que esto generaba un enigma y un divertido ejercicio mental para Mateo. Al verlo más de cerca y examinarlo, Mateo no pudo evitar esbozar una sonrisa y decir al viento:
-Eres un pequeño animalito bastante feo, pero simpático.
Pero de entre los croares, la rana le respondió claramente.
-Lo dices como si tu pelo hiciera juego con tu horrible cara
Capitulo 2
2 comentarios:
Esa no me la esperaba, una rana parlante y grosera jajaja, buenísimo, aquí esperando la siguiente parte.
Saludos!
Una rana? además tiene actitud.
A leer la siguiente parte
Esta genial
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