lunes, 11 de enero de 2010

Capítulo 13

XIII

Un par de días habían pasado con relativa calma por la vida de Mateo, a pesar de que su rutina había sido alterada definitivamente con la llegada de Vilú eso sin contar con la presencia de Mo. Vilú ya se sentía mas cómodo en su nueva vida, más urbanizada que la anterior, no le costó para nada insertarse en la rutina del cultivo de las plantas, conocía muchas de las que había allí y a través de su empatía druida podía percibir muy bien la manera de cultivarlas sanas y frondosas.

En cierta manera Mateo necesitaba un compañero para repartirse las tareas, ahora que contaba con más tiempo para sí mismo, dedicaba tiempo para pasear por el barrio, aprovechaba para visitar a Franco quien lo recibía siempre con una sonrisa y una grata conversación y discusiones terminológicas. Mateo siempre se mantuvo agnóstico por razones obvias, su capacidad de ver cosas en este plano que poca gente podía ver. A pesar de eso, durante mucho tiempo Franco trató de convertirlo al catolicismo, pero Mateo se negó, no porque lo encontrara malo, netamente porque le era imposible creer en ese Dios sabiendo que había muchas otras cosas más en el universo que él podía ver.

Esa tarde todo era tranquilo y como de costumbre, el silencio viajaba a través de la calle sin que nadie lo interrumpiera, todo era paz; sólo el calor exageradamente fuerte caía desde un sol implacable. Vilú y Mateo disfrutaban de lo poco de brisa que había en el patio de la casa.

-Este calor no es normal - comentaba Mateo - he vivido aquí toda mi vida y este calor, sé que no es normal - dijo mientras se limpiaba el sudor de la frente tendido a los pies del castaño de la entrada a la casa.
-No puedo decirte nada, todo esto para mí aún es novedad; para mí que soy del sur, sentir calor es casi una bendición - respondió Vilú que se secaba el sudor de la frente y tomaba un vaso de agua.

Desde el horizonte una fuerte y grande cortina de humo se comenzó a levantar, al rato el humo había tapado el sol totalmente, haciendo que todo se viera color anaranjado.

-Un incendio forestal - dijo Mateo.
-Es normal con este calor - respondió Vilú.
-¿No deberías hacer algo?, digo, eres druida y se supone que proteges la naturaleza y todo eso - preguntó Mateo quien tomaba agua de una botellita previamente llenada.
-No soy un protector de la naturaleza per se, soy un comunicador y nexo de ella; además los incendios forestales se pueden producir por sí solos con o sin humanos en el planeta – contestó Vilú relajadamente – es más, los incendios son parte de ciclos para los bosques, de muerte y renovación.
-Pero aquí hay muchos incendios provocados por el humano, directa e indirectamente - dijo Mateo.
-Aún así es difícil hacer algo, no soy lo suficientemente fuerte como para poder controlar el fuego - dijo Vilú.
-¿El fuego es difícil de controlar? - pregunto Mateo, interesado.
-Mucho, el fuego es pura energía, por lo tanto se requiere una gran cantidad de la misma para poder controlarlo.

La conversación se vio interrumpida con el sonido de la puerta siendo golpeaba agitadamente a lo que Mateo se levantó inmediatamente para poder abrirla a los jalones como era de costumbre.

Martina Marpas apareció detrás de la puerta con una sonrisa y con lentes de sol, en su mano sostenía las llaves del auto que estaba justo afuera de la casa.

-Mateo, vengo a molestarte con lo del bonsái - dijo Martina con su voz amable.
-Ah sí, aquí lo tengo, adelante, - dijo Mateo invitando a pasar a Martina.
-No puedo quedarme mucho, tengo que ir al lugar del incendio, necesito sacar fotografías para el proyecto anual de un ramo de análisis de impacto medio ambiental.

Mateo recogió un bonsái en pleno proceso de brote, las ramas quebradas se habían soldado casi totalmente y el bonsái relucía un nuevo macetero un poco más espacioso.
Martina estaba por despedirse cuando de la nada apareció en escena el zorro chilote moviendo la cola, con la lengua afuera y las orejas atrás. Martina quedo impactada con tal desplante de cariño y no pudo evitar ser tocada en el corazón con la ternura prefabricada de Vilú.

-¿Y quién es esta belleza? - dijo Martina haciéndole cariño en la cabeza.
- Es el perro de un amigo - contestó Mateo con una obvia cara de incomodidad.
- Parece una raza muy rara, ¿cuál es?- preguntó Martina mirando a Mateo.

Mateo después de unos segundos de pensarlo dijo:

-Retriever Snauser.
-Es muy lindo y tierno - replicó Martina.
-Es todo un amor,- dijo Mateo mientras asomaba una sonrisa irónica por su boca,- ¿tienes que ir a fotografiar las zonas del incendio? - preguntó Mateo cambiando el tema.
-Netamente a las zonas ya quemadas, las que aún arden están cerradas, ¿te gustaría ir conmigo? - preguntó Martina amablemente.
Antes de que Mateo emitiera su clásico “no”, Martina sacó de su bolso una bolsita de tela roja y se la extendió a Mateo.
-Se me había olvidado, te quería dar esto, son semillas raras que he coleccionado por ahí, creo que tu podrás darle mejor uso que yo.
La imagen de Martina entregándole las semillas se le repitió como un flash en la memoria a Mateo, en conjunto con la imagen del sueño que tenía almacenada en la memoria aún fresca. Todo le pareció extraño pero de una manera rara, lógico.
-Iré contigo, deja que cierre la puerta de la cocina - Mateo dijo esto mientras corría al fondo de la casa a cerrar la puerta que daba al patio.
Al pasar junto a la pecera de Mo escuchó una frase que lo congeló por una milésima de segundo.
-Ten cuidado hacia dónde vas Mateo - dijo la rana.

Mateo sabía que en esa circunstancia no podía establecer una mesa de discusión con una rana, así que decidió mejor actuar como si no la escuchara y pasar hacia el fondo.

Cuando salía, se dio cuenta que no podía avanzar porque Vilú le estaba mordiendo el pantalón en las pantorrillas. Sabía lo que quería decir Vilú con esto.

-¿Puedo llevar el perro?- preguntó Mateo, - es que si lo dejo solo se puede escapar.

Martina lo pensó por un instante, pero al ver la cara de tierno del perro-zorro no pudo evitar decir que sí.

Mateo dejó la puerta bien cerrada y Martina encendió su auto, un típico citycar compacto color blanco de cuatro puertas; Mateo se sentó en el asiento del copiloto y Vilú tomó los asientos traseros.

El camino no fue muy largo, solo media hora de viaje en auto y desde la ventanilla trasera se asomaba la cabeza de Vilú como zorro, con la lengua al aire y las orejas al viento. Por su parte Martina cantaba muy animada y contenta la música que salía por la radio, lo cual ciertamente no era del todo agradable para la gente que la rodeaba, la verdad es que el canto no era su don. Aún así la mente de Mateo estaba demasiado ocupada tratando de resolver el acertijo que se le había presentado en el sueño, y con todo, estos ecos de situaciones no se interpusieron para que disfrutase el viaje.

Todos notaron la cercanía del incendio con el humo que se hacía presente y el profundo olor a madera quemada que se deja percibir fácilmente. Tomaron unos cuantos senderos alternativos de tierra hasta que llegaron a un camino que estaba atiborrado de carros bombas y cisternas a la orilla.

Eligieron un buen lugar para estacionarse, a la sombra de un eucalipto que se alzaba triunfante por haber sobrevivido al incendio, se internaron unos metros a campo traviesa hasta que, luego escalaron una pequeña colina y observaron cómo en la cima el paisaje mutaba impresionantemente. Se dejaba ver lo que hace poco era un bosque, total y completamente quemado, el suelo era negro con manchones cafés, y sólo se levantaban restos de troncos completamente carbonizados por doquier como marcas para recordar que ahí alguna vez se alzó un bosque majestuoso.

Los tres viajeros no pudieron evitar quedar sin aliento a ver tal sendero de destrucción, el fuego ciertamente ya no estaba ahí, pero su paso había sido cruel e implacable. El descenso de la colina fue lento y pensativo, nadie quería decir mucho, sólo se atenían a observar y Martina sacaba fotos implacablemente de todo lo que podría servirle.

Mateo se quedó de pie, mirando el escenario, totalmente paralizado, cualquier cosa que hubiera pensado antes sobre un incendio forestal había sido totalmente derrotada por la realidad. Vilú se paseaba aletargado también, imaginándose lo que había sido este bosque y qué habrá pasado con todo el ecosistema que contenía.

De pronto, al fondo de la vista de Mateo, pudo distinguir una figura familiar; era una forma felina que lo miraba desde muy lejos, Mateo sabía que lo había visto en su sueño.

-Vuelvo en seguida, - dijo Mateo caminando rápidamente en dirección a la extraña figura, sin dejar espacio para alguna respuesta de Martina que sólo lo vio marcharse con Vilú tras de él.

Cuando Mateo estaba cerca del felino, éste se movió, como instándole a seguirla. La curiosidad de Mateo estaba totalmente encendida, mientras más se acercaba podía distinguir su figura, era un felino ciertamente, pero de tamaño medio, no era grande como un león pero tampoco era pequeño como gato, mostraba un pelaje moteado que casi no se podía distinguir entre los destellos que desprendía su contorno.
-¿Dónde vas? - preguntó Vilú- pareciera que buscas algo.

-Hace un par de noches tuve un sueño, que una figura felina se me presentaba, muchas cosas hoy se han dado muy parecidas a lo que soñé y acabo de distinguir la figura felina entre los restos del bosque.
-Espera, ¿sueño?,- Vilú se alarmó muy de golpe- ¿una figura felina?... Detente Mateo.

Mateo se detuvo pero ya estaban en un claro de lo que quedaba del bosque, en cuyo centro estaba majestuosa esa forma felina observando sagazmente.
La escena se detuvo por un instante, Mateo pudo recordar de pronto cómo terminaba el sueño, lo cual lo aterró muy rápidamente. El felino se acerco paso a paso, muy lentamente y mostrando mucha seguridad.

-Eres Mateo, ¿no? - de pronto habló el felino.
-¿Quién quiere saberlo?- respondió Mateo.
-Sólo contesta - dijo el felino agazapándose sobre sus patas delanteras.
-Idiota, nos trajiste a una trampa - gritó Vilú.
-¿Cómo puede ser esto una trampa, si lo soñé?- preguntó Mateo totalmente convencido.
-Los druidas pueden manipular los sueños, bueno, no todos, pero algunos pueden predecir el futuro o tener visiones o algo así, no recuerdo bien… la cuestión es que pueden aparecer en los sueños de otras personas a voluntad, y mezclado con el futuro, ahí tienes una trampa muy común entre los druidas.
-Yo no sabía - dijo Mateo.

En ese momento el felino se lanzó sobre Mateo pero antes de llegar sobre su víctima, fue interceptado por el zorro que se lanzó sobre él, botándolo de costado, la situación se había vuelto rápidamente peligrosa.

El felino de inmediato se puso de pie y se lanzó sobre el zorro, el cual se lanzó hacia atrás pero sin lograr evitar ser arañado en el pecho.

-Un brujo, esto no lo tenía contemplado - dijo el felino.
-Es un ocelote, Mateo, haz algo - gritó Vilú mientras se retraía.
Mateo estaba en estado de shock, no sabía qué hacer.
-Sé que tienes un vínculo con Aníbal,- dijo el felino mientras se acercaba hacia Mateo - quiero verlo.

Mateo se concentró, se paró sobre sus pies y comenzó a reunir todo lo que podía para defenderse pero extrañamente no pudo hacer nada.

-Idiota, ¿qué raíces vas a mover en un bosque muerto?- gritó Vilú que se abalanzaba nuevamente sobre el ocelote.

Mateo estaba inmóvil, paralizado en su mente sin poder solucionar el problema de qué hacer en una situación así. Era verdad, no era un druida, no había sido entrenado formalmente como tal, solo sabía improvisar. Mientras, el zorro peleaba con el ocelote como podía, el ocelote era un felino demasiado ágil aún para la gran rapidez del zorro, pero éste tampoco quedaba atrás. Usaba todo lo que tenia para luchar, se sentó calmadamente y espero el ataque del felino, que se lanzó corriendo con todas sus fuerzas, con garras y dientes sobre el zorro, y éste en el último momento se hizo a un lado y dejo ver que tras de él escondía los restos de un tronco, donde el ocelote atasco sus garras por un buen momento.

Vilú aprovecho esos segundos para transformarse en humano y coger un palo del suelo, corriendo sobre el ocelote, pero este se liberó en último momento y forzando su propia velocidad se lanzó sobre el humano que no alcanzó a asestarle el golpe. En ese instante, Vilú se transformó en cormorán para tratar de hacerse un espacio volando, aún le quedaban cartas bajo la manga, pero debía saber usarlas, sentía que este no era un druida común y ordinario, era algo con lo que no estaba acostumbrado a luchar.

Ya en los cielos, el brujo debía plantear una estrategia rápida, sabía que no podía dejar a Mateo solo con el felino, entonces se transformo y dividió en alrededor de diez pájaros distintos que atacaron desde el cielo como una bandada, era un ataque fuerte y muy eficaz.

El felino sólo vio que le rodeaban y picaban pequeños pájaros que eran muy rápidos, y reaccionaban demasiado bien a sus zarpazos. El ocelote peleaba como podía contra las aves, cuando en su mente se dio cuenta que esto podía ser una estratagema, y al mirar hacia el cielo, vio la silueta de un hombre cayendo con un bastón de madera listo a asestar un gran golpe.

El druida sorprendido logró hacerse a un lado, y el golpe sacudió la tierra y las cenizas del lugar.

-Mateo, ¡reacciona!, no podré hacer esto sin ti. – gritó Vilú.

Mateo en su interior comenzó a escuchar voces, voces de su pasado, sabía que había algo que le sería útil, algo que recordar.

-Me trajiste a un suelo estéril a combatir - dijo Mateo de pronto- pero lo que no sabes es que Aníbal era un druida de tierra.

Mateo comenzó a hacer un agujero en la tierra, primero con el pie y luego, cuando había despejado las cenizas, levantó la mano derecha, se concentró y cerró los ojos. Con todas sus fuerzas enterró su brazo hasta la altura del codo, sintió el calor de la tierra y la muerte que trajo el fuego.

Con los ojos cerrados comenzó a concentrarse, la tierra comenzó a temblar levemente. Por su parte, Vilú aún trataba de zafarse de la presión del ocelote, que ahora estaba cerrado en atacar a Mateo, sentía que podía ir algo mal.

En el último instante, Vilú se interpuso en su forma de zorro, como escudo frente a Mateo, sabía que fuese lo que fuera que hacía Mateo, estaba en una posición vulnerable. El ocelote se detuvo un instante, estaba midiendo la jugada y sabía qué hacer. Sin aviso alguno se lanzó en carrera contra el brujo, sentía que debía eliminar la guardia para poder acceder a su víctima principal.

Dio un salto fuerte hacia el zorro, pero en el momento que debería haber caído sobre su presa, un gran golpe lo levantó desde el suelo, era una mano gigante hecha de tierra, de unos tres metros. El druida quedó choqueado por el primer impacto. La mano era la mano de Mateo, pero creada de tierra, y mucho más grande; podía desplazarse por la tierra como si esta fuera hielo. Vilú quedó estupefacto, era algo que nunca antes había visto, pero no se dio el tiempo para paralizarse, rápidamente fue corriendo hacia el felino que aún estaba aturdido, pero éste no se dejaría vencer tan rápidamente, y esquivó con presteza la mordida del zorro, sin embargo, cuando trató de contraatacar, nuevamente la mano gigante apareció protegiendo a Vilú.

Esto se había vuelto en contra del druida ocelote, la mano crecía y se movía más rápidamente a medida que Mateo se concentraba. Entonces el felino supo que debía atacar a Mateo directamente para romper su concentración, fue corriendo hacia el joven que tenia medio brazo enterrado. Al tratar de llegar a su presa, se dio cuenta que era una trampa, y se vio rodeado rápidamente por cinco grandes dedos de tierra que se levantaban alrededor simulando una jaula, y sin darse cuenta estaba en la palma de la mano gigante, Vilú subía por la mano de tierra rápidamente en un formidable trabajo en equipo para asestarle el golpe de gracia.

-Definitivamente tienes la línea de Aníbal,- dijo la voz felina muy decidida – pero no vine hasta acá para ser derrotada tan fácilmente.

El ocelote cerró los ojos y en un instante todo alrededor de ellos se volvió verde oscuro con destellos blancos, y se escucharon miles de voces y gritos.

-Estas son las voces de los ancestros de estas tierras, y los ancestros animales y los ancestros de los arboles, escuchen su llanto…

Mateo perdió totalmente la concentración, sacando su brazo de la tierra para taparse los oídos que no podían dejar de escuchar el fuerte ruido que se hacía alrededor. Vilú se había transformado en humano sólo para hacer lo mismo, el ruido era ensordecedor.

-Volveremos a vernos, joven Mateo, porque tú me buscaras a mí – dijo el ocelote.
-¡Qué crees que yo pueda necesitar de ti?- gritó Mateo- tú quieres matarme.
-Te equivocas, sólo quería probarte - dijo el felino que sonaba a esas alturas dentro de la mente de Mateo y Vilú. - Yo sé quién mató a Aníbal.
-¿Quién?, ¡dime!- gritó Mateo.
Pero en el instante que lo dijo, todo había vuelto a la normalidad. Mateo tenía lágrimas en los ojos, de rabia y pena mezclada. Al abrir los ojos, no había rastros del ocelote, solo estaban él y Vilú, mirándose fijamente.
-Eso no es un druida común y corriente - dijo Vilú mientras se ponía de pie.

Mateo permaneció en silencio, muchas cosas pasaron por su cabeza, y aún estaban pasando cuando su taciturna reflexión fue rota por el medio cuando en el fondo de la escena pudo distinguir a Martina, parada estupefacta con los ojos llorosos que solamente dijo.

-¡Qué eres? - entre gritos y sollozos.

miércoles, 6 de enero de 2010

Capitulo 12

XII

La mañana era fresca y liviana, el aire era fácil de respirar y la sensación que había en el ambiente era clara. Habían pasado varios días desde la última vez que Franco visitara a Aníbal, la cabeza del joven párroco estaba muy despejada pero en constante transformación, por dentro aún digería a pedazos la información que le había entregado Aníbal. Le costaba un poco estar de acuerdo con una idea ecológica, siendo que su religión no era de lo más acorde con el tema.
Era domingo, día de misa, todo estaba preparado como de costumbre, Franco estaba muy confundido respecto a la homilía, no tenía muy claro de qué hablaría, pero no le tenía miedo a la improvisación. Vestía su hábito como era la costumbre, el alba de color blanco bajo la casulla verde, y tomó la estola del mismo color, diciendo:
-Devuélveme, Señor, la túnica de la inmortalidad, que perdí por el pecado de los primeros padres; y, aunque me acerco a tus sagrados misterios indignamente, haz que merezca, no obstante, el gozo eterno, - respetando la oración que debía pronunciar al ponerse la prenda.
La iglesia estaba llena, pero lo suficiente para que haya asiento para todos, como era habitual. Inició la ceremonia normalmente con, Pedro, un niño de doce o trece años, pecoso y de pelo corto castaño claro como su monaguillo.
La ceremonia se inició como de costumbre, cuando llegó la lectura del evangelio, escogió algunos pasajes de la vida de Jesús como modelo, pero mientras se acercaba a los últimos párrafos, se preguntaba de qué trataría su sermón y no lograba tener una idea clara, estaba todavía bastante confundido con todo lo sucedido. Por momentos sentía que perdía la fe, pero cuando levantó la vista al terminar la última frase de la lectura, logró divisar a un hombre al fondo de la iglesia, de pelo largo tomado, aseado y vestido lo más elegante que podía dentro de su miseria, mirándolo sonriente. En ese momento se dio cuenta de lo que tenía que decir:
- Somos todos, personas que viven en la modernidad, llena de comodidades. Lejos de que esa comodidad sea buena o mala, rica o pobre, estamos todos viviendo aquí por gracia del Señor de la misma manera, - Franco comenzó a atar cabos entre lo que había presenciado con Aníbal y la persona que era, - pero nos hemos olvidado de algo muy importante, nuestro hogar, el hogar que nos prestaron para recorrer nuestro camino de regreso a los cielos; no hemos sido los mejores visitantes en nuestro paso aquí, hemos quitado y destruido lo hermoso de este mundo y su naturaleza en nombre de nuestra propia comodidad, y esa comodidad está matando el planeta. Caminan soberbios por la calle ignorando no sólo la miseria humana, si no la miseria de sus hermanos menores, los animales, las plantas, las flores, el aire y todo aquello que el Señor creó para mejorar nuestras vidas.
Aníbal y la multitud que visitaba la iglesia estaban impactados con la pasión con la que Franco decía estas palabras.
-Nuestro Señor, y no sólo él, nuestros hijos, sus nietos, y generaciones futuras nos juzgarán a nosotros y a nuestra época por la manera como tratamos a nuestros hermanos menores, por cómo ocupamos y destruimos todo lo que quisimos en pos de una insaciable ansiedad por comodidad – Franco se dio una pausa para respirar y ordenar mejor las ideas.
- Jesús dijo “ámense unos a los otros” y el mensaje ha sido traspasado de todas las maneras hacia ustedes que lo han adoptado de gran forma, pero qué poco se habla del otro mensaje, el mensaje que entiendes cuando ves a Jesús, que prefería predicar en espacios abiertos, rodeado de naturaleza, que hablaba de un Dios que tenía espacio no sólo para nosotros, sino también para todas las criaturas que habitan este planeta. Así que no se olviden de que no sólo son hijos de Dios, recuerden que son hermanos de todo lo que existe en este planeta, así que vivan bien, pero vivan pensando en aquellos que no tienen nada más que su propio pelaje, pero que incondicionalmente viven con ustedes, moviéndoles la cola aunque en su hogar estén pasándolo mal, aquellos que brindan una caricia incondicional sin siquiera pedir nada a cambio, sólo su afecto, cariño y cuidados.
Franco alargó su sermón hablando del lugar del humano en el planeta de maneras muy sutiles, porque en el fondo comenzaba a entender que si Aníbal lograba mover las plantas, él podía mover a las personas. No había mucha diferencia entre ellos dos a final de cuentas, ambos eran nexos entre elementos, si Aníbal era un nexo entre la vida, la fuente y los animales y plantas, Franco era un nexo entre la gente, su fe y su Dios.
Al terminar la ceremonia, se notaba que había causado efecto en la gente, muchos hablaban entre ellos sobre el sermón, existían detractores, como en todas las cosas, pero de esos no vale la pena hablar. Aníbal se retiró silenciosamente, y con agrado vio cómo la gente que salía comenzaba a acercarse a los perros callejeros, y los niños les acariciaban y los peros respondían con la más humilde postura de cariño, con las orejas atrás y la cola moviéndose a cien por cien. La gente comenzó a reflexionar sobre el lugar de los animales y las plantas en su vida, claro que no fue un cambio drástico ni fuerte, pero se fue gestando de a poco.
Aníbal se retiró caminando muy sutil y tranquilamente hacia su casa, estaba muy feliz con la mirada y perspectiva que veía que Franco había adoptado. La tarde pasó en calma, Aníbal se dedicaba a recolectar semillas, hurgueteaba en la basura y buscaba en los rincones por restos de manzanas, tomates, o frutas para plantar. Encontró varias que le ayudarían, tenía ya dispuestos muchos maceteros hechos a partir de botellas desechables, cajas de cartón y otros recipientes. Fue plantando las semillas cuidadosamente, haciendo un agujero en la tierra con la punta del dedo índice previamente humedecida, luego depositó las semillas una por una en la cantidad de maceteros que tenía preparados.
La noche llegó callada, casi imperceptible, Aníbal solamente levantó la vista por la ventana y notó el tono oscuro de la noche paseándose en la calle. Hacia su rutina como siempre, cosas como limpiar el piso con una escoba improvisada con ramas amarradas a un palo más grande, que a pesar de todo, en funcionamiento no tenía nada que envidiarle a cualquier escoba tradicional.
Ya cuando eran alrededor de las once de la noche, Aníbal se sentía agotado y las ganas de dormir comenzaban a susurrarle en el oído que debería ir al rincón de la casa que ocupaba como cama; aún quedaba demasiado trabajo en la casa para que pueda parecer una casa.
Repentinamente la escena fue resquebrajada por el ruido desesperante de golpes en la puerta, al abrirse, mostró el rostro del padre Franco con la respiración agitada y una expresión de urgencia muy fuerte:
-Tienes que venir conmigo, Aníbal, creo que sólo tú puedes ayudarme,- la voz del padre Franco sonaba resquebrajada entre la respiración entrecortada de alguien que obviamente había llegado corriendo.
-¿Qué sucede? - preguntó Aníbal, asustado.
-Sucedió algo, ven conmigo, creo que sólo tú puedes ver esto,- dijo Franco con una mirada que urgía a Aníbal a acompañarle.
-Pero, explícame,- respondió Aníbal.
-Ven conmigo y te explicarás tú sólo cuando veas lo que tengo que mostrarte, es urgente - replicó Franco como pudo, mientras intentaba recuperar el aliento.
De inmediato, Aníbal tomó una frazada larga color café que le había regalado anteriormente Franco y se la puso en el cuerpo como túnica para protegerse del frío que traía la noche. Aníbal cerró la puerta con los jalones que requería, no se preocupaba de la ausencia de la cerradura, no había nada para robarse dentro de su casa.
Ambos hombres caminaron apresuradamente, Aníbal sentía mucha curiosidad por la urgencia de Franco, no alcanzaba a dilucidar qué cosa podría un padre católico necesitar de él.
Al llegar a la iglesia que se erguía imponente por entre las pequeñas casas que la acompañaban, no habían hablado una sola palabra, Aníbal buscaba alguna respuesta externa, pero sólo podía ver la cara de preocupación en Franco.
Franco le dijo a Aníbal que pasara silenciosamente, y Franco también lo hizo al tiempo que cerraba cuidadosamente la puerta de la iglesia para mantener el silencio reinante. La iglesia podía ser un lugar bastante siniestro en la oscuridad de la noche, la luz de la luna y la calle entraban tímidamente por los ventanales y vitrales que decoraban la iglesia.
-¿Qué es lo que tengo que ver? - preguntó Aníbal inmediatamente al estar adentro, lo que Franco inmediatamente interrumpió haciendo “shhh” y llevándose el dedo índice a la boca con una mirada severa.
-Está por aquí en algún lado - respondió Franco.
-¿Qué cosa? - aún la curiosidad mataba a Aníbal, que no dejaba de escudriñar a su alrededor.
-Hoy, mientras barría la iglesia en la tarde, comencé a escuchar ruidos que venían desde el confesionario - comentó Franco mientras caminaba lentamente hacia al altar mirando hacia todos lados.
De pronto ambas miradas se dirigieron hacia el repentino sonido de pisadas corriendo por el lateral oscuro de la iglesia.
- Cuando abrí el confesionario me encontré con esto.
Entre las sombras y lugares oscuros se perfiló la silueta pequeña y muy andrajosa de una persona.
-¿Un niño?,- preguntó Aníbal - un niño jugando en el confesionario no es algo muy anormal, ¿o sí?
- No es eso lo extraño,- respondió Franco susurrando- lo que me llamó la atención en ese momento es que no quería salir de ahí.
La silueta se acercó un poco más al punto en que la luz de la luna le dio en la cara y la figura de un niño de seis o siete años se hizo evidente, su rostro estaba completamente sucio, pero en las mejillas se dejaba ver una línea limpia que mostraba que había estado llorando mucho. El pelo lo tenía completamente blanco y medianamente largo, pero notablemente sucio, y sus ropas estaban muy rotas e inmundas.
El niño inmediatamente se tapó los ojos cuando la luz le pegó en el rostro, y emitió un sutil quejido con pena, retirándose inmediatamente hacia la pared oscura de la iglesia.
-Eso es anormal, debo revisarlo- dijo Aníbal.
-Es eso lo que quiero que hagas.
-¿Te dijo de dónde es? - preguntó Aníbal en voz baja.
-Es otra cosa que quiero que hagas, pregúntaselo tú mismo.
Aníbal se acercó muy lentamente donde el niño que estaba evidentemente asustado, por lo que Aníbal dijo inmediatamente:
-Hola amiguito, mi nombre es Aníbal y no quiero hacerte daño, sólo quiero acercarme para ver qué es lo que te sucede.
El niño no emitió sonido alguno desde su oscura silueta, Aníbal entonces se acercó decidido, e impactado pudo percibir que el niño gritaba y lloraba desesperadamente, pero de su boca no salía sonido alguno. Aníbal inmediatamente le tomó las manos y percibió que las tenía hinchadas.
-Mírale los ojos,- dijo Franco, acercándose cautelosamente a su vez.
Aníbal se paró junto al niño y se arrodilló para verle los ojos, el niño parecía sentirse un poco más tranquilo y trataba de hablar pero no salían sonidos de su boca.
Al observar los ojos detenidamente, un humano cualquiera no habría visto nada, pero para Franco y Aníbal había algo mas, dentro podían verse destellos de luces, sutiles, golpeándose, líneas corriéndose entre sí.
-Es peor que cualquier cosa que te hayas imaginado, Franco,- dijo Aníbal.
Inmediatamente Franco haló a Aníbal hacia atrás y le dijo silenciosamente.
-Ten más cuidado con tu diagnóstico, no lo asustes más de lo que está,- reprendió Franco a Aníbal.- Es un bicho, ¿verdad?, no quise enviarlo a un hospital u orfanato porque sabía que nadie lo entendería.
-Hiciste bien, nadie entendería lo que tiene y su vida estaría destinada en ser un caso medico para que la medicina de ustedes disecara en nombre de la ciencia,- dijo Aníbal crudamente,- pero te equivocas, no es un bicho, son muchos, quizás lo peor que he visto en mi vida, está infestado.
-¿Tú crees que se pueda recuperar?- dijo Franco.
-No sé si totalmente, pero tomará tiempo, deberemos hacer algo con él.
-¿Qué propones? - dijo Franco.
-No es bueno que se quede en la iglesia, es demasiado oscura, hay un par de bichos que se harán más fuertes con mantenerlo aquí,- dijo Aníbal.- Tendrás que enviarlo a otra casa donde lo reciban.
-¿Quién lo querrá recibir? - dijo Franco acertadamente, reprimiendo a Aníbal y dejando caer sobre él una severa mirada.
-¿Mi casa? - dijo Aníbal aterrado, leyendo las intenciones de Franco, - estás loco, yo no tengo paciencia para niños, además mi casa no es un lugar habitable para un humano aún.
-Te das cuenta que si envío a este niño a cualquier lado lo condenaran de por vida, y nosotros tenemos que vivir sabiendo que fuimos los únicos que pudimos ayudarlo, de hecho, que tú podrías ayudarlo, - dijo Franco con una mirada más severa,- y no hacer nada, pudiendo hacer todo, te acerca a la responsabilidad de la desdicha de este niño.
Ambos hombres se miraron fijamente, y Franco desde su posición dura, golpeaba con la mirada a Aníbal, quien lo miraba pensativamente.
-Está bien, que se quede conmigo, pero sólo hasta que se recupere,- cedió Aníbal, pataleando como niño.
-Muy bien, tengo un par de colchones que llevaremos y unas frazadas, mañana le llevaré la ropa que encuentre.
-¿Tienes algo de flor de lavanda? – lo interrumpió Aníbal.
-No es el mejor momento para que pienses en la fragancia de tu casa Aníbal,- contestó duramente Franco a lo que Aníbal no pudo evitar reírse.
-Es para curar al niño, me ayudaría con un par de bichos.
-Creo que tengo un poco en el jardín de la iglesia, mañana lo llevo.
-Sería bueno que lo trajeras ahora, Franco, es bastante simple y podríamos ayudarlo en este momento- explicó Aníbal quien era ahora el que miraba con dureza a Franco.
-Voy por ello entonces, no tardo,- dijo Franco saliendo de inmediato hacia el jardín de la iglesia a buscar lo que necesitaba.
Aníbal se acerco al niño y siguió observándolo, y al verlo nuevamente a los ojos descubrió algo que le quitó el aliento, una silueta púrpura paseándose por ambos ojos y girando en forma elíptica. Era un bicho del cual conocía muy poco, pero sabía que podía ser peligroso si no se controla, aunque realmente no tenía muchos estudios sobre él.
Al momento regresó Franco, sosteniendo varias flores de lavanda en su mano, cerró suavemente la puerta de la iglesia y se acercó rápidamente a Aníbal, quien recibió de inmediato el encargo.
-Aquí están,- dijo Franco- ¿para qué las usarás?
-Para ver si puedo combatir contra un bicho,- dijo Aníbal, quien comenzó a aplastarlas y juntarlas haciendo una bola - desde ahora, necesito que no digas nada, pero nada, estrictamente nada, ¿me oíste? Mantén la boca cerrada, pase lo que pase- sentenció Aníbal más severo que nunca.
Se acercó al niño lentamente y puso la lavanda cerca de su nariz.
-Necesito que huelas esta bolita de lavanda muy fuertemente.
El niño, temblando, acercó obedientemente su nariz a la mano de Aníbal con la bolita de lavanda que despedía su fuerte fragancia. Respiró varias veces y cuando inhaló por quinta vez, el niño comenzó a temblar fuertemente.
-No dejes de respirar pase lo que pase – le indicó Aníbal.
El niño continuó aspirando la lavanda de la mano de Aníbal, aunque mostraba evidentes signos de dolor; de pronto encogió sus brazos sobre su vientre y comenzó a tener arcadas muy fuertes, y que iban en aumento. Franco estaba asustadísimo, pensaba que el niño caería muerto en cualquier momento al ver que tenía los ojos en blanco y la evidencia de dolor era conmovedora para cualquiera, pero sabía que debía dejar esto en manos de Aníbal.
Finalmente, el niño levantó la cabeza y abrió la boca como si un gran vómito fuera a salir de él, pero en su lugar comenzaron a asomarse tentáculos y líneas muy finas de color ambarino por su boca, eran muchos, Franco dio un par de pasos hacia atrás de la impresión.
Aníbal giró para recordarle severamente a Franco, con un gesto de su dedo, que no debía abrir la boca.
El ser que comenzaba a salir desde la boca del niño era bastante grande, era un de color amarillento muy brillante y de entre sus tentáculos comenzaba a salir algo muy parecido a un pulpo, que emitía un sonido ensordecedor que asemejaba a un chillido vibrante.
Al salir totalmente, cubrió toda la cabeza del niño y sin aviso alguno saltó hacia la cara de Aníbal, quien permaneció inmóvil y firme, al tiempo que se acercaba la bola de lavanda al rostro. El bicho parecía odiar rabiosamente el olor de la lavanda, e inmediatamente se desprendió y quedó flotando en el aire, girando sobre su propio eje. Franco estaba atónito pero sabía que no debía abrir la boca por razones obvias.
El objeto permaneció ahí girando y chillando hasta que de pronto dejó de emitir sonido alguno. y se desvaneció lentamente en el aire. El niño estaba tendido, muy débil, en el suelo.
-Ese bicho se llama Chitetaro, y se alimenta asiduamente de la voz de un humano, ahora el niño debería poder ser capaz de hablar- explicó Aníbal, mientras guardaba la bolita de lavanda en su bolsillo.
El niño evidentemente estaba casi durmiendo, pero se podían escuchar sus leves quejidos, signo que su voz estaba regresando. Aníbal le puso su frazada para cubrirlo y le hizo una suave caricia en el inmundo cabello.
-¿Cómo se llaman tus padres?- preguntó Franco.
-No sé,- respondió el niño muy débilmente entre sollozos.
-¿Eres de aquí?- volvió a insistir Franco.
-No lo sé.
-Tiene un bicho muy raro que se llama Minmenio - dijo Aníbal, interrumpiendo el interrogatorio - y se traga los recuerdos de una persona, pero es muy exótico, nadie ha podido estudiarlo muy acabadamente.
-¿Y cuál es la cura? - preguntó Franco.
-Ese es el problema, no la tiene,- dijo Aníbal.- pero eso lo veré en su momento, ahora hay que curar sus ojos, no puede ver la luz, porque tiene un bicho alimentándose en los ojos -llevémoslo a mi casa para que duerma, hoy ha tenido demasiado para su cuerpo, todo será un proceso lento.
Cubrieron la cara del niño con una frazada para evitar que le llegara luz y salieron de la iglesia camino a casa de Aníbal quien cargaba a la criatura en brazos, mientras ésta comenzaba a dormir. Franco llevaba algunas frazadas extras para improvisarle una cama por esta noche en el lugar.
-Si no recuerda de dónde viene, ¿cómo podremos reubicarlo en algún lugar?- preguntó Aníbal caminando a paso rápido.
-Yo puedo encontrarle un lugar para vivir o un hogar substituto una vez que este más estable y pueda integrarse al resto del mundo - respondió Franco mientras caminaban.
-¿Y si no puede integrarse? - dijo Aníbal,- piensa que él desde ahora podrá ver bichos y cosas de otros planos que el resto no puede percibir.
-Lo resolveremos a medida que los problemas se presenten,- dijo Franco, a lo que Aníbal lanzó una mirada comprensiva.
Aníbal estaba sorprendido de la madurez con la que Franco había tomado todo este problema, tomando en cuenta que el joven párroco recién alcanzaba los treinta años. Pero ya había demostrado con creces ser una persona lo suficientemente inteligente como para poder tomar las decisiones correctas en momentos oportunos.
-¿Cómo le llamaremos mientras? - preguntó Aníbal - tenemos que llamarlo de alguna manera, no le diremos “niño” por siempre.
-Buen punto - dijo Franco, reflexivo- ¿tienes alguna idea?
-Llamémoslo Aníbal, me gusta mi nombre - dijo Aníbal, a lo que Franco no pudo dejar de reírse y a la vez lanzarle un inevitable,
-No, pensemos algo nuevo.
-Tú tienes más nombres en la mente, digo, te sabes la biblia al revés y al derecho, ahí hay miles de nombres que puedes ponerle.
-Bueno, lo llamaremos Mateo, porque significa hombre de Dios,- dijo Franco tras pensarlo un poco - además vino a nosotros de manera única, y no sabemos de dónde viene, así que es un buen nombre.
-No me gusta, Aníbal segundo habría sido mejor - rezongó Aníbal, - pero tú sabes más de estas cosas, así que mejor que sea así, que se llame Mateo.




Créditos:

Historia original: Sebastián Leonardo