VII
El ave no era fácil de distinguir, pero al mirar con más minuciosidad, Mateo pudo distinguir que se trataba de un cormorán negro; un ave algo común en la zona, pero era muy raro que llegara hasta el cerro y justamente junto a su ventana. La cabeza de Mateo giraba en suposiciones, todo esto estaba pasando por algo, pero aún no estaba muy claro qué podía ser. ¿Por qué podía entenderse con Mo?, ¿por qué solamente con Mo?, ¿un cormorán negro? Estaba ciertamente acostumbrado a cosas extraordinarias, pero esta vez las cosas se estaban saliendo de control.
La noche había llegado y el ave continuaba observando inmutada desde el castaño que se asomaba por la ventana de la cocina. Mateo había preparado un guiso de verduras para cenar y había dado algunos insectos muertos a Mo, quien ciertamente ya no exhibía rasgos de ser una rana introvertida.
Antes de pensar en prepararse para a ir a la cama, en aquel momento en el que lavaba los platos y ollas de la cena, ya no aguanto más y tomó la escoba, abrió la puerta del patio y se paró a las faldas del árbol, pero no alcanzó siquiera a levantar la escoba y ya el pájaro salía volando por detrás del techo de la casa.
-¿Ya se fue?- fue la única pregunta que escuchó Mateo desde la casa.
-Así es- dijo Mateo, con cierta mirada perdida en la luna que estaba a punto de hacerse llena.
- ¿No volverá?- preguntó un atemorizado Mo, mientras Mateo entraba con la mirada en ninguna parte, pensando en qué podría significar todo esto.
Mateo distrajo su mente lo suficiente como para no poder responder esa pregunta, aunque dentro de sí, fácilmente podía sentir que no sería la última vez que vería ese pájaro. Había escuchado que en el sur de Chile, a esas aves, los cormoranes, se les asociaba con un mensajero de malas noticias.
La noche pasó suave a pesar de las dudas que tenía Mateo en la cabeza y la mañana llegó suave, con el típico olor a mar que caracteriza a la zona de Valparaíso. Mateo se levantó como de costumbre a las 10 de la mañana, para saludar a Mo que dormía plácidamente en la roca que había en su pecera.
El regar las plantas que requerían agua ese día no fue nada complejo, sólo la rutina de tomar del patio su elaborado set de botellas desechables llenas con agua y destapadas, esperando que se esfumara el cloro del agua de la cañería para regar las plantas que necesitaban agua más seguido que las demás. Al pasar frente al castaño, notó que no había cormorán. La presión se le había aliviado por un momento, y en ese momento fue que escuchó sonar la puerta con fuerza.
Martina Marpas esperaba al otro lado de la entrada, estaba algo inquieta, pero más que todo estaba llena de curiosad. Todo se había vuelto un manto divertido de descorrer, Mateo significaba algo que no podía entender y ese enigma la atraía demasiado visceralmente. En realidad no tenía una excusa clara para estar allí, pero sabía que tenía que hacerle sólo una pregunta.
-Hola Mateo,- dijo Martina mirando fijamente a Mateo a los ojos, mientras él se restregaba los mismos como un niño levantándose de la cama.
-Hola Martina, ¿qué te trae por aquí?- dijo Mateo mientras tironeaba la puerta para que se abriera bien- pasa, adelante.
Martina entró con una pregunta que no pudo calmar en su cabeza.
La vida de Martina no había sido fácil, la pérdida de su madre cuando niña le marcó la adolescencia y la manera en que se desenvolvía en el mundo. Había aprendido a generar una máscara de calma e indiferencia que se le había incrustado más y más en su carácter, al punto que le costaba demasiado sacársela para mostrar la persona que era realmente.
Martina fue una niña muy inquieta y de imaginación muy volátil, siempre sentía que mamá la observaba, que estaba en alguna parte junto a ella; solía tener un amigo imaginario al cual llamaba “Manu” pero a medida que creció y se expuso al ambiente de su escuela y el colegio, fue desapareciendo. En su adolescencia, a pesar de ser una chica muy sociable y normal, internamente le gustaba creer en extraterrestres, ovnis, fantasmas, duendes, gnomos, en toda clase de cosas paranormales. Creía que todas las cosas tenían vida, sentía que lo sobrenatural estaba en todas partes pero sólo estaba a un centímetro de descubrirlas. Sin embargo fue la crianza científica que le dio su padre la que se tomó la paciencia de matar una por una las creencias que atesoraba desde la niñez, al punto que un día cualquiera, sin que sucediera nada particular que lo produjera, decidió dejar de lado todo lo extraño de su persona. Asumió que creer en cosas que el resto de las personas no creen era un signo de inmadurez, no podría decirse que eso la hizo madurar, pero la hizo mimetizarse con mayor precisión en el mundo que buscaba, o al menos ella creía que buscaba. Es aquí donde Mateo cumplía un extraño papel, porque a simple vista simbolizaba todo lo que ella había dejado atrás, una comunicación directa con el núcleo que necesitaba creer en algo.
-¿Cómo pudiste hacer crecer café aquí?- dijo Martina sin pelos en la lengua, la pregunta le había carcomido lo suficiente como para tratar fútilmente de disfrazarla con cortesía.
A pesar de eso, no obtuvo respuesta de Mateo, quien sólo continuó regando las plantas que había en el living de la casa.
-Es que no hay manera que alguien obtenga una semilla de café sin pagar por ella, y no venden café a puñados en ni una parte, no aquí, no en Chile, y si aún así fuera, tendrías que mandar a comprar semillas lejos, a Cuba, Colombia, y te venderían sacos- siguió Martina mientras Mateo continuaba haciendo lo suyo,- la única solución que se me ocurre es que, de todo el café que se pueda comprar, un grano de café este mal tostado, y para eso me imagino que tendría que ser café de mala calidad, y que de los miles de millones de granos que se procesan, el único grano de café apto para ser plantado haya llegado a tus manos, un experto en plantas.
Mateo se detuvo y quedó mirando a Martina.
-No es algo posible,- concluyó Martina, con una mirada sincera de querer saber la verdad.
-… es magia, Martina- dijo Mateo sin demasiada emoción.
-Explícame- replicó Martina.
-Es como dijiste, de alguna manera el único grano de café que quedo mal tostado, el único que se salvo de varios procesos que lo habrían matado, el único que podría servir como semilla, llegó a mis manos, en eso estas en lo correcto- Mateo hablaba mientras se rascaba el pelo que tenia medio desordenado.
-Pero, como, ¿cómo pudiste levantar una planta de una semilla que aún de llegar a tus manos, está prácticamente muerta?- Martina ya se había tranquilizado.
-Esa es la parte donde entra la magia a jugar.
-¿Magia?
-Técnicamente, escuchar, escuchar a las plantas, comunicarte con ellas,- explicó Mateo con tranquilidad mientras acariciaba una de las enredaderas.
- ¿Escuchar?, ¿cómo puedes escuchar a las plantas?- dijo Martina, a punto de menospreciar el argumento de Mateo.
-Comunicarte, seria la manera más sensata de llamarle a eso, cuando puedes saber que cada una quiere algo, cuidado, riego, luz y estar rodeadas de otras plantas,- dijo Mateo- nosotros los humanos estamos demasiado sordos o ciegos, no podemos escuchar nuestro entorno, nos autoproclamamos los más inteligentes, y nos decimos que estamos solos en este planeta, pero este planeta está lleno de vida, en todas partes, y todas y cada una de las manifestaciones de este mundo nos quiere comunicar algo, cada una tiene emociones, ambiciones, pero nosotros nos apresuramos en asumir de que son menores, sólo porque no las entendemos, todo se basa en eso, exigimos que el mundo nos entienda, pero no podemos entenderlo a él siquiera.
Martina se quedo en un lapsus de silencio, su niña interior danzaba en las frases de Mateo, pero la adolecente forzada solo encontraba que todo esto era solo fanatismo hippie.
-Cuando entiendes eso, cuando ves una semilla herida, te darás cuenta inmediatamente que esa semilla quiere salvarse, y salvar una semilla significa sólo hacerla crecer,- Mateo parecía extasiado y nostálgico al decir estas palabras- sé que me llamaras demente, pero, cuando logras ver… realmente ver lo que existe en este planeta, es cuando realmente eres parte de él.
Martina sin duda tenia la respuesta que buscaba, pero ciertamente no era lo que esperaba. Ella esperaba cálculos, mezclas de tierra, métodos y procesos para lograr algo tan simple y cotidiano como el café, pero sin darse cuenta la serendipia le había entregado algo mucho más grande, un trozo de reflexión tan grande, pero aún así una muestra, que se demoraría días en digerir.
-Pero ¿cómo averiguaste el tipo de tierra?- Martina trataba de aun encontrar la respuesta precisa que encajara en su pequeño esquema.
-Fácil, el mejor instrumento para conseguir resultados es la boca,- dijo Mateo, que continuó regando las plantas.
- ¿Te comiste la semilla?-preguntó Martina que no sabía qué preguntar a esas alturas, a lo que Mateo soltó una sonrisa muy sincera.
-No, cuando tomas café, puedes distinguir la acidez que requiere un café, no es totalmente ácido; por otro lado, el café usado sirve como fertilizante, así que asumo que una semilla necesita una cantidad grande de nitrógeno, pero aún así, lo más útil es…-
-Hacer tierra de composta enterrando café podrido,-intervino Martina muy sagazmente.
-Asi es, y bueno, el resto es magia,- dijo Mateo.
Martina estaba más que satisfecha, pero maravillada por la respuesta en su forma básica, pero quería averiguar más, había algo que le llamaba a averiguar más de esta perspectiva de la vida. Mateo por su lado, seguía relajadamente con su rutina, y sólo agradecía internamente no escuchar a Mo gritando cosas desde su pecera, y esto se debía solamente a que aún dormía plácidamente.
-¿Magia?- repitió Martina inocentemente, pero sólo recibió el silencio típico de Mateo a esas alturas, que le decía que no obtendría más respuestas de él por hoy.
-Bueno creo que no te molestare más por hoy, pero me gustaría platicar más sobre lo de las plantas, me causa curiosidad tu método,- dijo Martina quien se retiraba educadamente hacia la puerta.
- Ya sabes que sólo debes golpear fuerte la puerta,- dijo Mateo mientras le abría la puerta cortésmente a Martina.
-Espero que me invites otro café pronto,- dijo Martina mientras salía por la puerta, pero algo le llamo la atención al pasear la vista por la casa,- ¿por qué hay un pájaro mirando desde la ventana de tu patio?
Al voltear la vista, Mateo se percató con un escalofrió en las vertebras, que el cormorán negro había vuelto y estaba mirándolo desde la ventana.
-No es nada, pasa todo el tiempo,- sonrío tan falsamente Mateo al decir esto, que Martina no pudo dejar de darse cuenta que algo sucedía con el pájaro, pero sabía que su tiempo allí se había terminado por hoy.
Bueno, adiós.
-Adiós Martina.
Al cerrar la puerta, Mateo giró decidido a encarar su amenaza con toda la valentía que tenia, dio los pasos de manera decidida hacia el patio, abrió la puerta y se instaló directamente bajo el pájaro.
- ¡Sé que vienes por algo, manifiéstate!- increpó al pájaro que lo miraba fijamente,- ¡déjanos en paz!-
- Eres valiente para desafiarme así,- contestó el pájaro con una voz humana medianamente grave.
El pájaro extendió sus amplias alas y voló hasta el suelo, a unos pasos de Mateo, el cual retrocedió abruptamente un poco ante este movimiento brusco. En el suelo, el pájaro extendió las alas hacia atrás y comenzó a torcer la cabeza hacia su interior, pero una extraña aura de color entre gris y café comenzó a envolverlo, y comenzó a crecer, y en un par de segundos el ave se había transformado en una figura humana.
La persona que Mateo tenía enfrente parecía a simple vista joven, de alrededor de unos 25 años, la edad de Mateo, pero vestía solo una piel grande que le cubría la cabeza como una túnica, un ropaje muy arcaico. Llevaba el pelo largo, suelto, que caía por su cara y un poco de barba sobre una tez morena. El hombre sostenía un trozo de madera añoso como báculo, pero era una madera retorcida, como un trozo de árbol escogido.
Mateo estaba en shock pero no fuera de sí, retrocedió unos pasos y su espalda dio con la pared de la casa. El hombre de aspecto ermitaño, levantó la mano izquierda y la apunto hacia Mateo, quien en pocos segundos veía como varias enredaderas comenzaban a treparle por el cuerpo, inmovilizándolo y dejándolo fijo contra la pared. Mateo estaba asustado, pero sabía que sería peor si gritaba.
-¿Eres el druida de aquí?, ¿a qué orden perteneces?- dijo el hombre con una mirada fría y penetrante.
-…No soy druida,-contestó Mateo forcejeando inútilmente.
-¿Entonces quién es el vigilante de esta área?
-Soy yo,- dijo Mateo mirando fijamente a los ojos al extraño.
-Pero no eres un druida.
-No, pero sé que tú si lo eres,- dijo Mateo decididamente- y sabía que en algún momento uno de los tuyos vendría.
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10 comentarios:
*Corre por todos lados* Omaigot omaigot omaigot!
jajajaja, ok voy a tomar eso como feedback positivo.
Mary ann, no se como habran sido los romanos en la gramatica nazi, pero el 7 tiene 2 palitos. Eso te pasa por leer demasiado asterix.
eeh...siiii...es...queeee...esteeee...era para ver si estaban poniendo atención xD
Piedad!
Aviso de utilidad publica:
El chapter 8 saldra el dia domingo por dificultades tecnicas.
Muchas gracias
jajajaja nunca le habían dicho a mi tesis tan bonito, "dificultad técnica" xD
bueno, era eso o salir a repartir fichas y decir "venga mañana, se cayo el sistem"
ajajajaja lo siento, no estás tan guapo :p
Ojalá así estuvieran tochos, así sí vuelvo.
En el aviso al lector nuevo, falta acento al capítulo. *corre*
por eso dice 99,9% aprobado por la gestapo gramatical.
otro dia lo arreglo, porque es un mapa de bits
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