miércoles, 6 de enero de 2010

Capitulo 12

XII

La mañana era fresca y liviana, el aire era fácil de respirar y la sensación que había en el ambiente era clara. Habían pasado varios días desde la última vez que Franco visitara a Aníbal, la cabeza del joven párroco estaba muy despejada pero en constante transformación, por dentro aún digería a pedazos la información que le había entregado Aníbal. Le costaba un poco estar de acuerdo con una idea ecológica, siendo que su religión no era de lo más acorde con el tema.
Era domingo, día de misa, todo estaba preparado como de costumbre, Franco estaba muy confundido respecto a la homilía, no tenía muy claro de qué hablaría, pero no le tenía miedo a la improvisación. Vestía su hábito como era la costumbre, el alba de color blanco bajo la casulla verde, y tomó la estola del mismo color, diciendo:
-Devuélveme, Señor, la túnica de la inmortalidad, que perdí por el pecado de los primeros padres; y, aunque me acerco a tus sagrados misterios indignamente, haz que merezca, no obstante, el gozo eterno, - respetando la oración que debía pronunciar al ponerse la prenda.
La iglesia estaba llena, pero lo suficiente para que haya asiento para todos, como era habitual. Inició la ceremonia normalmente con, Pedro, un niño de doce o trece años, pecoso y de pelo corto castaño claro como su monaguillo.
La ceremonia se inició como de costumbre, cuando llegó la lectura del evangelio, escogió algunos pasajes de la vida de Jesús como modelo, pero mientras se acercaba a los últimos párrafos, se preguntaba de qué trataría su sermón y no lograba tener una idea clara, estaba todavía bastante confundido con todo lo sucedido. Por momentos sentía que perdía la fe, pero cuando levantó la vista al terminar la última frase de la lectura, logró divisar a un hombre al fondo de la iglesia, de pelo largo tomado, aseado y vestido lo más elegante que podía dentro de su miseria, mirándolo sonriente. En ese momento se dio cuenta de lo que tenía que decir:
- Somos todos, personas que viven en la modernidad, llena de comodidades. Lejos de que esa comodidad sea buena o mala, rica o pobre, estamos todos viviendo aquí por gracia del Señor de la misma manera, - Franco comenzó a atar cabos entre lo que había presenciado con Aníbal y la persona que era, - pero nos hemos olvidado de algo muy importante, nuestro hogar, el hogar que nos prestaron para recorrer nuestro camino de regreso a los cielos; no hemos sido los mejores visitantes en nuestro paso aquí, hemos quitado y destruido lo hermoso de este mundo y su naturaleza en nombre de nuestra propia comodidad, y esa comodidad está matando el planeta. Caminan soberbios por la calle ignorando no sólo la miseria humana, si no la miseria de sus hermanos menores, los animales, las plantas, las flores, el aire y todo aquello que el Señor creó para mejorar nuestras vidas.
Aníbal y la multitud que visitaba la iglesia estaban impactados con la pasión con la que Franco decía estas palabras.
-Nuestro Señor, y no sólo él, nuestros hijos, sus nietos, y generaciones futuras nos juzgarán a nosotros y a nuestra época por la manera como tratamos a nuestros hermanos menores, por cómo ocupamos y destruimos todo lo que quisimos en pos de una insaciable ansiedad por comodidad – Franco se dio una pausa para respirar y ordenar mejor las ideas.
- Jesús dijo “ámense unos a los otros” y el mensaje ha sido traspasado de todas las maneras hacia ustedes que lo han adoptado de gran forma, pero qué poco se habla del otro mensaje, el mensaje que entiendes cuando ves a Jesús, que prefería predicar en espacios abiertos, rodeado de naturaleza, que hablaba de un Dios que tenía espacio no sólo para nosotros, sino también para todas las criaturas que habitan este planeta. Así que no se olviden de que no sólo son hijos de Dios, recuerden que son hermanos de todo lo que existe en este planeta, así que vivan bien, pero vivan pensando en aquellos que no tienen nada más que su propio pelaje, pero que incondicionalmente viven con ustedes, moviéndoles la cola aunque en su hogar estén pasándolo mal, aquellos que brindan una caricia incondicional sin siquiera pedir nada a cambio, sólo su afecto, cariño y cuidados.
Franco alargó su sermón hablando del lugar del humano en el planeta de maneras muy sutiles, porque en el fondo comenzaba a entender que si Aníbal lograba mover las plantas, él podía mover a las personas. No había mucha diferencia entre ellos dos a final de cuentas, ambos eran nexos entre elementos, si Aníbal era un nexo entre la vida, la fuente y los animales y plantas, Franco era un nexo entre la gente, su fe y su Dios.
Al terminar la ceremonia, se notaba que había causado efecto en la gente, muchos hablaban entre ellos sobre el sermón, existían detractores, como en todas las cosas, pero de esos no vale la pena hablar. Aníbal se retiró silenciosamente, y con agrado vio cómo la gente que salía comenzaba a acercarse a los perros callejeros, y los niños les acariciaban y los peros respondían con la más humilde postura de cariño, con las orejas atrás y la cola moviéndose a cien por cien. La gente comenzó a reflexionar sobre el lugar de los animales y las plantas en su vida, claro que no fue un cambio drástico ni fuerte, pero se fue gestando de a poco.
Aníbal se retiró caminando muy sutil y tranquilamente hacia su casa, estaba muy feliz con la mirada y perspectiva que veía que Franco había adoptado. La tarde pasó en calma, Aníbal se dedicaba a recolectar semillas, hurgueteaba en la basura y buscaba en los rincones por restos de manzanas, tomates, o frutas para plantar. Encontró varias que le ayudarían, tenía ya dispuestos muchos maceteros hechos a partir de botellas desechables, cajas de cartón y otros recipientes. Fue plantando las semillas cuidadosamente, haciendo un agujero en la tierra con la punta del dedo índice previamente humedecida, luego depositó las semillas una por una en la cantidad de maceteros que tenía preparados.
La noche llegó callada, casi imperceptible, Aníbal solamente levantó la vista por la ventana y notó el tono oscuro de la noche paseándose en la calle. Hacia su rutina como siempre, cosas como limpiar el piso con una escoba improvisada con ramas amarradas a un palo más grande, que a pesar de todo, en funcionamiento no tenía nada que envidiarle a cualquier escoba tradicional.
Ya cuando eran alrededor de las once de la noche, Aníbal se sentía agotado y las ganas de dormir comenzaban a susurrarle en el oído que debería ir al rincón de la casa que ocupaba como cama; aún quedaba demasiado trabajo en la casa para que pueda parecer una casa.
Repentinamente la escena fue resquebrajada por el ruido desesperante de golpes en la puerta, al abrirse, mostró el rostro del padre Franco con la respiración agitada y una expresión de urgencia muy fuerte:
-Tienes que venir conmigo, Aníbal, creo que sólo tú puedes ayudarme,- la voz del padre Franco sonaba resquebrajada entre la respiración entrecortada de alguien que obviamente había llegado corriendo.
-¿Qué sucede? - preguntó Aníbal, asustado.
-Sucedió algo, ven conmigo, creo que sólo tú puedes ver esto,- dijo Franco con una mirada que urgía a Aníbal a acompañarle.
-Pero, explícame,- respondió Aníbal.
-Ven conmigo y te explicarás tú sólo cuando veas lo que tengo que mostrarte, es urgente - replicó Franco como pudo, mientras intentaba recuperar el aliento.
De inmediato, Aníbal tomó una frazada larga color café que le había regalado anteriormente Franco y se la puso en el cuerpo como túnica para protegerse del frío que traía la noche. Aníbal cerró la puerta con los jalones que requería, no se preocupaba de la ausencia de la cerradura, no había nada para robarse dentro de su casa.
Ambos hombres caminaron apresuradamente, Aníbal sentía mucha curiosidad por la urgencia de Franco, no alcanzaba a dilucidar qué cosa podría un padre católico necesitar de él.
Al llegar a la iglesia que se erguía imponente por entre las pequeñas casas que la acompañaban, no habían hablado una sola palabra, Aníbal buscaba alguna respuesta externa, pero sólo podía ver la cara de preocupación en Franco.
Franco le dijo a Aníbal que pasara silenciosamente, y Franco también lo hizo al tiempo que cerraba cuidadosamente la puerta de la iglesia para mantener el silencio reinante. La iglesia podía ser un lugar bastante siniestro en la oscuridad de la noche, la luz de la luna y la calle entraban tímidamente por los ventanales y vitrales que decoraban la iglesia.
-¿Qué es lo que tengo que ver? - preguntó Aníbal inmediatamente al estar adentro, lo que Franco inmediatamente interrumpió haciendo “shhh” y llevándose el dedo índice a la boca con una mirada severa.
-Está por aquí en algún lado - respondió Franco.
-¿Qué cosa? - aún la curiosidad mataba a Aníbal, que no dejaba de escudriñar a su alrededor.
-Hoy, mientras barría la iglesia en la tarde, comencé a escuchar ruidos que venían desde el confesionario - comentó Franco mientras caminaba lentamente hacia al altar mirando hacia todos lados.
De pronto ambas miradas se dirigieron hacia el repentino sonido de pisadas corriendo por el lateral oscuro de la iglesia.
- Cuando abrí el confesionario me encontré con esto.
Entre las sombras y lugares oscuros se perfiló la silueta pequeña y muy andrajosa de una persona.
-¿Un niño?,- preguntó Aníbal - un niño jugando en el confesionario no es algo muy anormal, ¿o sí?
- No es eso lo extraño,- respondió Franco susurrando- lo que me llamó la atención en ese momento es que no quería salir de ahí.
La silueta se acercó un poco más al punto en que la luz de la luna le dio en la cara y la figura de un niño de seis o siete años se hizo evidente, su rostro estaba completamente sucio, pero en las mejillas se dejaba ver una línea limpia que mostraba que había estado llorando mucho. El pelo lo tenía completamente blanco y medianamente largo, pero notablemente sucio, y sus ropas estaban muy rotas e inmundas.
El niño inmediatamente se tapó los ojos cuando la luz le pegó en el rostro, y emitió un sutil quejido con pena, retirándose inmediatamente hacia la pared oscura de la iglesia.
-Eso es anormal, debo revisarlo- dijo Aníbal.
-Es eso lo que quiero que hagas.
-¿Te dijo de dónde es? - preguntó Aníbal en voz baja.
-Es otra cosa que quiero que hagas, pregúntaselo tú mismo.
Aníbal se acercó muy lentamente donde el niño que estaba evidentemente asustado, por lo que Aníbal dijo inmediatamente:
-Hola amiguito, mi nombre es Aníbal y no quiero hacerte daño, sólo quiero acercarme para ver qué es lo que te sucede.
El niño no emitió sonido alguno desde su oscura silueta, Aníbal entonces se acercó decidido, e impactado pudo percibir que el niño gritaba y lloraba desesperadamente, pero de su boca no salía sonido alguno. Aníbal inmediatamente le tomó las manos y percibió que las tenía hinchadas.
-Mírale los ojos,- dijo Franco, acercándose cautelosamente a su vez.
Aníbal se paró junto al niño y se arrodilló para verle los ojos, el niño parecía sentirse un poco más tranquilo y trataba de hablar pero no salían sonidos de su boca.
Al observar los ojos detenidamente, un humano cualquiera no habría visto nada, pero para Franco y Aníbal había algo mas, dentro podían verse destellos de luces, sutiles, golpeándose, líneas corriéndose entre sí.
-Es peor que cualquier cosa que te hayas imaginado, Franco,- dijo Aníbal.
Inmediatamente Franco haló a Aníbal hacia atrás y le dijo silenciosamente.
-Ten más cuidado con tu diagnóstico, no lo asustes más de lo que está,- reprendió Franco a Aníbal.- Es un bicho, ¿verdad?, no quise enviarlo a un hospital u orfanato porque sabía que nadie lo entendería.
-Hiciste bien, nadie entendería lo que tiene y su vida estaría destinada en ser un caso medico para que la medicina de ustedes disecara en nombre de la ciencia,- dijo Aníbal crudamente,- pero te equivocas, no es un bicho, son muchos, quizás lo peor que he visto en mi vida, está infestado.
-¿Tú crees que se pueda recuperar?- dijo Franco.
-No sé si totalmente, pero tomará tiempo, deberemos hacer algo con él.
-¿Qué propones? - dijo Franco.
-No es bueno que se quede en la iglesia, es demasiado oscura, hay un par de bichos que se harán más fuertes con mantenerlo aquí,- dijo Aníbal.- Tendrás que enviarlo a otra casa donde lo reciban.
-¿Quién lo querrá recibir? - dijo Franco acertadamente, reprimiendo a Aníbal y dejando caer sobre él una severa mirada.
-¿Mi casa? - dijo Aníbal aterrado, leyendo las intenciones de Franco, - estás loco, yo no tengo paciencia para niños, además mi casa no es un lugar habitable para un humano aún.
-Te das cuenta que si envío a este niño a cualquier lado lo condenaran de por vida, y nosotros tenemos que vivir sabiendo que fuimos los únicos que pudimos ayudarlo, de hecho, que tú podrías ayudarlo, - dijo Franco con una mirada más severa,- y no hacer nada, pudiendo hacer todo, te acerca a la responsabilidad de la desdicha de este niño.
Ambos hombres se miraron fijamente, y Franco desde su posición dura, golpeaba con la mirada a Aníbal, quien lo miraba pensativamente.
-Está bien, que se quede conmigo, pero sólo hasta que se recupere,- cedió Aníbal, pataleando como niño.
-Muy bien, tengo un par de colchones que llevaremos y unas frazadas, mañana le llevaré la ropa que encuentre.
-¿Tienes algo de flor de lavanda? – lo interrumpió Aníbal.
-No es el mejor momento para que pienses en la fragancia de tu casa Aníbal,- contestó duramente Franco a lo que Aníbal no pudo evitar reírse.
-Es para curar al niño, me ayudaría con un par de bichos.
-Creo que tengo un poco en el jardín de la iglesia, mañana lo llevo.
-Sería bueno que lo trajeras ahora, Franco, es bastante simple y podríamos ayudarlo en este momento- explicó Aníbal quien era ahora el que miraba con dureza a Franco.
-Voy por ello entonces, no tardo,- dijo Franco saliendo de inmediato hacia el jardín de la iglesia a buscar lo que necesitaba.
Aníbal se acerco al niño y siguió observándolo, y al verlo nuevamente a los ojos descubrió algo que le quitó el aliento, una silueta púrpura paseándose por ambos ojos y girando en forma elíptica. Era un bicho del cual conocía muy poco, pero sabía que podía ser peligroso si no se controla, aunque realmente no tenía muchos estudios sobre él.
Al momento regresó Franco, sosteniendo varias flores de lavanda en su mano, cerró suavemente la puerta de la iglesia y se acercó rápidamente a Aníbal, quien recibió de inmediato el encargo.
-Aquí están,- dijo Franco- ¿para qué las usarás?
-Para ver si puedo combatir contra un bicho,- dijo Aníbal, quien comenzó a aplastarlas y juntarlas haciendo una bola - desde ahora, necesito que no digas nada, pero nada, estrictamente nada, ¿me oíste? Mantén la boca cerrada, pase lo que pase- sentenció Aníbal más severo que nunca.
Se acercó al niño lentamente y puso la lavanda cerca de su nariz.
-Necesito que huelas esta bolita de lavanda muy fuertemente.
El niño, temblando, acercó obedientemente su nariz a la mano de Aníbal con la bolita de lavanda que despedía su fuerte fragancia. Respiró varias veces y cuando inhaló por quinta vez, el niño comenzó a temblar fuertemente.
-No dejes de respirar pase lo que pase – le indicó Aníbal.
El niño continuó aspirando la lavanda de la mano de Aníbal, aunque mostraba evidentes signos de dolor; de pronto encogió sus brazos sobre su vientre y comenzó a tener arcadas muy fuertes, y que iban en aumento. Franco estaba asustadísimo, pensaba que el niño caería muerto en cualquier momento al ver que tenía los ojos en blanco y la evidencia de dolor era conmovedora para cualquiera, pero sabía que debía dejar esto en manos de Aníbal.
Finalmente, el niño levantó la cabeza y abrió la boca como si un gran vómito fuera a salir de él, pero en su lugar comenzaron a asomarse tentáculos y líneas muy finas de color ambarino por su boca, eran muchos, Franco dio un par de pasos hacia atrás de la impresión.
Aníbal giró para recordarle severamente a Franco, con un gesto de su dedo, que no debía abrir la boca.
El ser que comenzaba a salir desde la boca del niño era bastante grande, era un de color amarillento muy brillante y de entre sus tentáculos comenzaba a salir algo muy parecido a un pulpo, que emitía un sonido ensordecedor que asemejaba a un chillido vibrante.
Al salir totalmente, cubrió toda la cabeza del niño y sin aviso alguno saltó hacia la cara de Aníbal, quien permaneció inmóvil y firme, al tiempo que se acercaba la bola de lavanda al rostro. El bicho parecía odiar rabiosamente el olor de la lavanda, e inmediatamente se desprendió y quedó flotando en el aire, girando sobre su propio eje. Franco estaba atónito pero sabía que no debía abrir la boca por razones obvias.
El objeto permaneció ahí girando y chillando hasta que de pronto dejó de emitir sonido alguno. y se desvaneció lentamente en el aire. El niño estaba tendido, muy débil, en el suelo.
-Ese bicho se llama Chitetaro, y se alimenta asiduamente de la voz de un humano, ahora el niño debería poder ser capaz de hablar- explicó Aníbal, mientras guardaba la bolita de lavanda en su bolsillo.
El niño evidentemente estaba casi durmiendo, pero se podían escuchar sus leves quejidos, signo que su voz estaba regresando. Aníbal le puso su frazada para cubrirlo y le hizo una suave caricia en el inmundo cabello.
-¿Cómo se llaman tus padres?- preguntó Franco.
-No sé,- respondió el niño muy débilmente entre sollozos.
-¿Eres de aquí?- volvió a insistir Franco.
-No lo sé.
-Tiene un bicho muy raro que se llama Minmenio - dijo Aníbal, interrumpiendo el interrogatorio - y se traga los recuerdos de una persona, pero es muy exótico, nadie ha podido estudiarlo muy acabadamente.
-¿Y cuál es la cura? - preguntó Franco.
-Ese es el problema, no la tiene,- dijo Aníbal.- pero eso lo veré en su momento, ahora hay que curar sus ojos, no puede ver la luz, porque tiene un bicho alimentándose en los ojos -llevémoslo a mi casa para que duerma, hoy ha tenido demasiado para su cuerpo, todo será un proceso lento.
Cubrieron la cara del niño con una frazada para evitar que le llegara luz y salieron de la iglesia camino a casa de Aníbal quien cargaba a la criatura en brazos, mientras ésta comenzaba a dormir. Franco llevaba algunas frazadas extras para improvisarle una cama por esta noche en el lugar.
-Si no recuerda de dónde viene, ¿cómo podremos reubicarlo en algún lugar?- preguntó Aníbal caminando a paso rápido.
-Yo puedo encontrarle un lugar para vivir o un hogar substituto una vez que este más estable y pueda integrarse al resto del mundo - respondió Franco mientras caminaban.
-¿Y si no puede integrarse? - dijo Aníbal,- piensa que él desde ahora podrá ver bichos y cosas de otros planos que el resto no puede percibir.
-Lo resolveremos a medida que los problemas se presenten,- dijo Franco, a lo que Aníbal lanzó una mirada comprensiva.
Aníbal estaba sorprendido de la madurez con la que Franco había tomado todo este problema, tomando en cuenta que el joven párroco recién alcanzaba los treinta años. Pero ya había demostrado con creces ser una persona lo suficientemente inteligente como para poder tomar las decisiones correctas en momentos oportunos.
-¿Cómo le llamaremos mientras? - preguntó Aníbal - tenemos que llamarlo de alguna manera, no le diremos “niño” por siempre.
-Buen punto - dijo Franco, reflexivo- ¿tienes alguna idea?
-Llamémoslo Aníbal, me gusta mi nombre - dijo Aníbal, a lo que Franco no pudo dejar de reírse y a la vez lanzarle un inevitable,
-No, pensemos algo nuevo.
-Tú tienes más nombres en la mente, digo, te sabes la biblia al revés y al derecho, ahí hay miles de nombres que puedes ponerle.
-Bueno, lo llamaremos Mateo, porque significa hombre de Dios,- dijo Franco tras pensarlo un poco - además vino a nosotros de manera única, y no sabemos de dónde viene, así que es un buen nombre.
-No me gusta, Aníbal segundo habría sido mejor - rezongó Aníbal, - pero tú sabes más de estas cosas, así que mejor que sea así, que se llame Mateo.




1 comentario:

Hely dijo...

Ándale, ahora se explican muchas cosas y se generan más preguntas, más de las que tenía antes.

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Créditos:

Historia original: Sebastián Leonardo