domingo, 6 de diciembre de 2009

Capítulo 6


VI

La cara del padre Franco mostraba un descuadre mental de una proporción considerable. No estaba seguro de lo que estaba siendo testigo, el hecho de que el piso estuviera casi reluciente en menos de un día se encontraba fuera de toda lógica en la cabeza del joven párroco. Sin siquiera llegar a consentírselo a sí mismo, ya creía que esto era una obra mágica, de brujería o de fuerzas extrañas, su mente estaba siendo invadida por pensamientos sobrenaturales, y sólo sobrenaturales, de un solo click su cabeza había abandonado el pensamiento científico y racional al cual estaba acostumbrado a aferrarse.

En una milésima de segundo ocurre una cantidad incontable de pensamientos en la cabeza de una persona, igual sucedía en la de Franco, y estos pensamientos sólo hacían preguntas. ¿Sacó la tierra solo?, ¿cómo?, ¿con qué?, ¿quién lo ayuda?, ¿vecinos?, ¿usó los animales?, ¿pero dónde está la tierra entonces?... ¿por qué no está en el patio?, ¿se la comieron los animales?, y las preguntas rebotaban en una nada eterna. El rostro de Franco dejaba ver que no podía entenderlo, no era un hecho impactante, pero era un hecho que realmente le había sacudido su conciencia de la realidad. En proporciones estándares es como algo que estaba allí, y después de una noche desapareció.

La sensación le llegó al estómago al darse cuenta que las paredes estaban bastante limpias, el mal olor se estaba marchando y estaba mutando en un olor profundo a tierra de hojas.

Aníbal se le quedó mirando durante la milésima de segundo en que el universo giró hacia el otro lado en la cabeza de Franco, y le pregunto amablemente:

-¿Y qué le parece?, ¿cómo se ve?- Aníbal sonreía mientras metía las manos los bolsillos de su ajado pantalón café oscuro.

-¿Cómo logró esto?... ¿qué clase de ayuda tuvo para lograr esto? - la mente aguda de Franco estaba tratando de agredir directamente la garganta de Aníbal para lograr alguna respuesta concreta, – no me gusta ser prejuicioso y soy bastante racional, pero ¿es esto alguna clase de brujería… o magia?

Aníbal lanzó una carcajada gigante al viento, de esas que requieren ponerse una mano detrás para permitir a la espalda arquease y poder reír más a fondo.
-Supongo que sí, es magia. Explíqueme qué entiende como magia,- dijo Aníbal totalmente sereno.

La pregunta era tan simple, pero a la vez tan compleja para Franco que poco podía decir.

-…Un hecho sobre natural… que no se puede explicar,- dijo Franco inocentemente pero con una mirada tenaz sobre Aníbal, quien la esquivaba serenamente.
- ¿Sobrenatural? Qué extraño término… ¿qué significa? - dijo Aníbal agudizando su mente.
- Supongo que es un hecho que no se puede explicar con las leyes naturales, o que es ajeno a la naturaleza.
- ¿Y tú crees que conoces a toda la naturaleza?... ¿no será que la naturaleza no te conoce a ti?
- Está tratando de esquivar mi pregunta Aníbal, quiero saber cómo logro esto,- dijo Franco, bajando un poco la guardia, algo le decía que la respuesta estaba dispuesta a ser revelada si se hacia la pregunta correcta.
- Magia, definitivamente magia,- dijo Aníbal con una sonrisa en la cara, mientras caminaba hacia el patio.
- ¿Magia?... ¿Brujería? …¿Algo que ver con Satanás?... respóndame por favor.- La paciencia del padre Franco no era una maravilla cuando se trataba de enigmas.
Aníbal se detuvo como si ya se hubiera hartado de la conversación, se dio vuelta y encaró a Franco.
- Dígame, señor Franco, cuando un mago saca un conejo de su sombrero, ¿es magia?- Aníbal quedó mirando seriamente a Franco quien contestó.
-Sí, lo es, pero no es lo mismo que esto…
- ¿Lo dices porque no tengo un sombrero y un conejo en la mano? - dijo Aníbal gravemente, interrumpiendo cualquiera que fuese la respuesta que Franco hubiera querido lanzar.
- El mago toma su sombrero, lo golpea con su varita y saca un conejo tomándolo de las orejas de dentro del sombrero, más allá del truco que utilice para realizarlo. Ustedes llaman a eso magia porque dentro de sus mentecillas no pueden explicar la lógica de cómo un conejo puede salir de un sombrero racionalmente, entonces inmediatamente etiquetan ese vacío de conocimiento como “magia”.

Franco trato de esbozar alguna palabra para no ser humillantemente callado, pero Aníbal aún tenía más.

- Si quiere ver esto como magia, o brujería, o con el nombre que quiera, me da lo mismo… sólo le voy a decir esto, ¿le gusto el conejo? - dijo Aníbal con ironía en su voz.
-Ahora páseme esa pala por favor, tengo mucho que hacer,- concluyó Aníbal con voz más relajada.

Franco le paso la pala amablemente, pero con la cabeza en un estado de catatonia. Eran miles de preguntas cruzándose en alto tráfico por su cabeza. Aníbal tomó la pala, la puso en su hombro y se dirigió a la puerta del patio. Al llegar a la puerta se detuvo y dijo con fuerza:

- ¿Me va a acompañar? No podemos discutir puntos de vista si usted se queda en la puerta de entrada.

Franco movió la cabeza para reaccionar y fue caminando hacia donde estaba el patio. Al salir, Franco quedó maravillado, pero a la vez no pudo evitar soltar un silbido por el trabajo que tendrían que hacer. El patio era bastante espacioso y la superficie era inclinada hacia abajo, siguiendo la pendiente natural del cerro donde se ubicaba la casa. La maleza estaba gigante, de más de un metro de alto; los arboles se levantaban humildemente medio enjutos por la falta de nutrientes y algo tímidos entre la hierba, junto a la ventana y puerta del patio había un castaño añoso que se destacaba del resto y proyectaba una sombra pacifica sobre la entrada de la casa.

Ese día, a pesar que situaciones extraordinarias estaban sucediendo alrededor de Franco, y esa era una ocasión perfecta para que Franco desenredara todas sus dudas, la tarde se mantuvo en bastante silencio, con conversaciones esporádicas. Franco se abstraía mentalmente en suposiciones y divagaciones mientras cavaba. Hicieron dos agujeros en la tierra, en uno enterraron la basura orgánica de la casa y en el segundo y más pequeño Aníbal reunió las malezas que arrancaba con las manos ayudado por un par de bolsas que tenia para protegerlo.

- ¿Por qué entierra esta basura… no le hará mal a la tierra?- pregunto Franco humildemente.
- Al contrario, al descomponerse los materiales orgánicos, la tierra se fertiliza mucho mas, se produce composta, que es la materia que toda planta necesita para crecer.

La respuesta fue satisfactoria para Franco, y Aníbal descansaba con justificadas razones sentado bajo el castaño mientras la tarde se marchaba inevitablemente bajo el paisaje carmesí que ofrecía la vista al mar de un cerro de Valparaíso.
Franco tomó la chaqueta larga color café que se había quitado para trabajar, y se la puso entonces Aníbal le dijo:

-Es complejo…
- ¿Qué es complejo?,- preguntó Franco, quien asomó una sonrisa de media boca, ironizado por la situación e interiormente por su constante posición de preguntar.
-Todo – respondió relajadamente Aníbal mientras tranquilamente miraba el cielo tirado en la base del tronco del castaño,- todo es complejo, pero todo puede ser explicado, Franco.
-Pero supongo que no todo puede ser abiertamente explicado,- dijo Franco con cierto desánimo.
-Venga dentro de cuatro noches contando esta,- indicó Aníbal.
-¿Con qué objeto?- preguntó aún desanimado Franco.
- Sacaré más conejos de mi sombrero- dijo Aníbal, con la mirada perdida en las nubes, buscando formas en ellas,-me gustaría que estuvieras aquí, te he observado y creo que estas calificado para ayudarme… realmente ayudarme.
-Soy un hombre de Dios, Aníbal, lo que quiere decir que soy un hombre de una sola fe, no puedes convencerme de involucrarme actos de brujería.
-Me estas hartando con tus etiquetas baratas de ignorante,- el tema de la brujería comenzaba a irritar con facilidad a Aníbal,- además, yo no quiero que dejes de tener fe en lo que creas que es mejor para ti, sólo necesito tu ayuda.
-Entonces, ¿cómo podría ayudarle?, además de ser como dices, ¿cómo podría ayudarte?- dijo Franco con mucho escepticismo.
-Simplemente entendiendo, o comenzando a entender - espetó Aníbal.

Esta respuesta supuso uno más a la colección de cortocircuitos en la cabeza de Franco. Inmediatamente en su mente dijo “no vendré”, pero en lo más profundo de su instinto encontraba fascinante la idea de conocer y resolver el enigma al que apuntaba la presencia de Aníbal, su misteriosa llegada, y su inesperada estadía. ¿Es un brujo realmente?, ¿es un agente del bien, o es un agente de Satanás?, ¿es un lunático con suerte?, ¿un fanático perdido en su fanatismo? De pronto se observo a sí mismo pensando como las señoras, viejas y vecinas que chismeaban las mismas cosas sobre Aníbal, entonces supo que debía contenerse y usar su aguda mente racional para resolver esto y no dejar que el tema agonizara entre prejuicios que aún no tenían fundamento.

Franco se despidió de Aníbal con un apretón de manos y caminó lentamente por las calles, pensando, pensando en lo que vio, en lo que podría ver o presenciar, ¿será un embauco? Su cabeza realmente estaba sobrecargada de preguntas sin respuesta, preguntas que se reproducían entre sí.

Los días pasaron y Franco siguió haciendo su vida como mejor pudo, pero no lograba mentirse a sí mismo, rezó profundamente buscando consuelo en su fe para sus dudas. Recibía a sus feligreses con alegría y escuchaba sus problemas tratando de aconsejar la mejor solución. Pero aún así, su mente estaba demasiado inquieta.

Al segundo día, los pensamientos de Franco se habían vuelto un tornado de conciencia, pero demasiado profundo como para que su fe pudiera acallarlo. Estuvo distraído todo el día, perdía la cuenta del rosario.

Finalmente, el día que había sido citado por Aníbal había llegado, Franco en su mente sostenía un férreo “no” conteniendo una avalancha de “sí” que lo invadía. Ese día Franco se declaró enfermo y se retiró a su dormitorio, con el plan fútil de dormir temprano y así solucionar el problema ignorándolo. Pero el sueño nunca vino, la noche cayó a un ritmo lento, y cuando era casi media noche su mente no podía dejar de pensar en qué sería, o cómo sería lo que él podría ver en la casa de Aníbal. Su mente se paseaba desde las posibilidades más sobrenaturales, hasta las más terroríficas por igual, y sus ojos no podían dejar de mirar el reloj despertador que marcaba las 11:58.

Cuando el reloj marcó las 11:59 Franco saltó de su cama, se llenó de coraje instintivamente y sin buscar un fundamento racional a lo que se disponía a hacer, apartó todos sus pensamientos miedosos y tomó su cuerpo, lo enfundó en una chaqueta, buscó sus calcetines a tientas en la oscuridad escogiendo sin saberlo uno azul y uno gris, se puso mal el alza cuellos. Se calzó de mala manera los zapatos, que fue arreglando mientras salía del dormitorio, caminó por el atrio de la iglesia, donde se persignó al pasar junto a la biblia y se arrodilló por costumbre frente al mueble de madera color caoba que guardaba las ostias para la comunión.

El camino le parecía especialmente largo esa noche, la impaciencia y ansiedad de encontrar respuestas a la colección de poderosas dudas internas de Franco se hacían tan presentes que lo convertían en un ansioso niño.

La respiración se le agitaba cada vez más cuando golpeo la puerta, una vez, y no escuchó movimiento. Trató de mirar por la ventana a medio destruir que estaba junto a la entrada y no vio nada, golpeó otra vez y no obtuvo respuesta. Entonces le pareció escuchar ruido en el patio, y golpeó una vez más, dándose cuenta que la puerta estaba abierta muy sutilmente. En cualquier otra situación no hubiera entrado, pero esa noche no se trataba del Franco habitual, se trataba del Franco hambriento de respuestas. Sin demasiado apremio, abrió la puerta con un par de empujones, ya que estaba descuadrada y se apretaba fácilmente contra el suelo, así que tuvo que aplicar la misma cantidad de empujones para cerrarla.

La habitación estaba oscurísima, pero la puerta al patio trasero estaba abierta y dejaba entrar la luz de una luna llena especialmente esplendorosa esa noche.
Al llegar al umbral de la puerta el espectáculo era algo fuera de lo normal, habría dejado desquiciado a cualquier científico.

En medio del patio estaba Aníbal, cubierto con su habitual frazada a mal traer haciendo unos movimientos extraños, sus brazos iban de abajo hacia arriba con fuerza. Alrededor había tres perros callejeros, que miraron a Franco con desdén para seguir su tarea de aullar a la luna como si estuvieran ofreciéndole una serenata.

El asombro de Franco era de proporciones gigantescas, pero no se comparaba a lo que estaba por venir.

Los árboles comenzaron a moverse sobre su tronco, el castaño que estaba más próximo a Franco comenzó a crujir y emitir un sonido de madera torciéndose, pero sin embargo no se rompía. La hierba que había a su alrededor bailaba y oscilaba al ritmo de una música inaudible, de pronto la tierra comenzó a agitarse.

-Franco, pensé que no vendría, tuve que comenzar sin usted.

Franco no respondió ya que su mundo como lo conocía estaba ocupado colapsándose, pero le quedaba suficientemente lucidez para acercarse un poco al centro del patio. De pronto vio cómo las raíces de los árboles comenzaron a avanzar lentamente y a bailar un poco bajo ese ritmo silencioso. En el lugar donde estaba parado Aníbal, comenzaron a brotar pequeñas plantitas que se asomaban como sonriéndole a quien las llamaba. Era un espectáculo terriblemente hermoso. Franco estaba literalmente con la boca abierta; había cierta parte de su interior que sentía horror y otra que estaba en completa paz.

-¡Brujo!- fue la mejor exclamación que Franco podía hacer.

Aníbal giró la cabeza y con una leve sonrisa le respondió.

-No, druida.

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4 comentarios:

Hely dijo...

Al padre le han de pesar los pantalones jijiji

Lo que es la curiosidad. A espera del próximo.

Sebastardo dijo...

Mary ann, no has alimentado los pescaditos.

Marian dijo...

Nnnnnnoooooooo :'( ya se murieron los pecesitos. Decidíos...o reviso o alimento xD

Sebastardo dijo...

esta bien
los pececitos se pueden comer entre ellos.

sigue con las revisiones

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Créditos:

Historia original: Sebastián Leonardo